Les deseo buenas noches


La guerra en una estancia. La invasión y la resistencia entre cuatro paredes, cada noche, al calor del fuego en la chimenea. Monólogos nocturnos, que pasan a adoptar la forma y la conciencia de un confesión, frente a un muro de silencio por parte de quienes no miran pero acaban escuchando, y una despedida, jornada tras jornada. “Les deseo buenas noches”. La espina dorsal de El silencio del mar recoge una rutina, la que establecen tres personajes: el teniente alemán Werner von Ebrennac y los dos habitantes de la casa donde se aloja, una hombre a las puertas de la tercera edad y una joven, tío y sobrina respectivamente, cuyos nombres jamás se mencionarán. Corre el año 1941, es la Francia ocupada. Estamos en un pueblecito rodeado de bosques y los dos franceses del triángulo han decidido resistir ante el invasor permaneciendo mudos, mostrando la mayor de las indiferencias – el desprecio, la indignación, la firmeza en realidad – cuando el oficial baja al salón de los anfitriones forzosos a cumplir lo que podría ser convención social sin más, o tal vez una manera de acercarse a los franceses, de congraciarse incluso. El indeseado revelará poco a poco una personalidad que los resistentes no esperaban.

La adaptación a la pantalla que Jean-Pierre Melville realizó en 1949 de Le Silence de la mer, librito escrito por Vercors – seudónimo del ilustrador y escritor Jean Marcel Adolphe Bruller – e hito literario que se imprimió y circuló clandestinamente durante la ocupación, es uno de esos sorprendentes debuts que parecen tener detrás un filmografía, un camino hacia la autoría que avala a su responsable, y sin embargo no es así. Un cortometraje (24 heures de la vie d’un clown, 1946) nada más había rodado el director antes de emprender la realización de una pieza de idiosincrasia tan definida y particular, con un acople tan preciso entre contenido y forma. Está lejos todavía la inmersión en el policiaco y los procederes casi fetichistas, según marcarán sus amores por el cine de gánsteres norteamericano, que lo situarían, poco después, sobre la cumbre del polar, pero Melville demuestra ya (y de manera rotunda) destreza genuina al definir un estilo para su película, dejando al menos en la tendencia hacia cierto grado perfectamente medido de abstracción un rasgo que sí encontraremos más adelante dentro de su obra.

Si hay algo sobre lo que se sustenta el film, es la aplicación por sistema de los contrastes: como ideas que explican la historia y como prácticas que determinan la acción cinematográfica de Melville. Contraste entre los monólogos en los que von Ebrennac expone su amor por Francia – soberbia presencia muestra Howard Vernon, difícil de olvidar su extraña interpretación, repleta de matices pese al hieratismo a lo Boris Karloff– y la voz en off del francés narrándonos lo sucedido. Entre la humanidad del huésped y la barbarie del invasor. La bella y la bestia. La cultura y la aniquilación. El paneuropeísmo y el horror que practicó el Tercer Reich. El deseo y la realidad. La esperanza y la cólera. La luz que despide el fuego y la sombra de quien se aproximan a calentarse, la luz y la sombra sobre los rostros. Las buenas noches y el adiós. Entre los perfiles y los planos de frente. Los vacíos y los gestos, las caras y las manos. El silencio y los latidos del péndulo. Las escenas al aire libre y el trabajo en interiores, que ofrece un dinamismo esencial dentro de una habitación muy poco en relación con el teatro. La iluminación natural y la artificial. Los planos picados y contrapicados. Contraste entre los caminos a un lado u otro del poste que aparece en pantalla.

Sencillísima, ajustada a una idea de claridad cristalina y certera a la hora de trazar la psicología de los personajes, El silencio del mar debería figurar definitivamente en el elenco de películas que tratan con mayor hondura la Segunda Guerra Mundial. Es una lección sobre cómo narrar a partir del minimalismo y el ambiente, aparte de constituir lo que hoy llamaríamos una ejemplar producción indie, pues la hizo Melville completamente a los márgenes de la industria nacional. Y sobre todo, permanecen incólumes su antibelicismo y la capacidad para tocarnos el ánimo tanto un von Ebrennac inmerso en el turbamiento como los sentimientos que desprenden el mutismo y las miradas de la pareja.


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EL SILENCIO DEL MAR

Dirección: Jean-Pierre Melville

Intérpretes: Howard Vernon, Nicole Stéphane, Jean- Marie Robin

Género: drama, bélico. Francia, 1949

Duración: 88 minutos


Fotografías: A contracorriente Films


 rep.

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