Santiago Alonso


Una rutina establece el sentido y la dramaturgia de la película El silencio del mar (1949). En un pueblecito de la Francia ocupada, la invasión y la resistencia se escenifican cada noche entre las cuatro paredes de un salón, al calor del fuego de la chimenea. Los soliloquios del militar alemán que se aloja en la casa chocan contra el muro de silencio levantado por unos anfitriones a la fuerza. Y una misma despedida se repite jornada tras jornada: «Les deseo buenas noches». Los dos franceses, tío y sobrina respectivamente, cuyos nombres jamás serán mencionados, han decidido luchar de manera pasiva contra los nazis, permaneciendo mudos y mostrando la mayor de las indiferencias –firmes en su indignación y desprecio– cuando el oficial baja de su habitación a cumplir lo que podría parecer una mera convención social sin más. ¿O intenta quizás congraciarse y compensar de alguna manera el reparto de papeles que les ha asignado la contienda? Lo cierto es que el indeseado teniente Werner von Ebrennac revelará poco a poco una sensibilidad que los resistentes no esperaban. Su sorprendente sentimiento de admiración hacia la cultura gala parece sincero. ¿Es el enemigo, entonces, la fiera que suponían?

Es imprescindible señalar la casi total fidelidad de la cinta al homónimo librito original en que se basa. Que no era precisamente un título cualquiera. Bajo el seudónimo de Vercors, el ilustrador y escritor Jean Bruller publicó en 1942 Le silence de la mer, un pequeño volumen con una tirada de 350 ejemplares. Gracias al boca a boca y las multicopistas, la obra cobró al instante un gran éxito. Se distribuyó por la Francia libre de De Gaulle y también circuló clandestinamente, con todas las vicisitudes y riesgos que ello conllevaba, por la ocupada. Recordando este último hecho comienza el gran Jean-Pierre Melville la adaptación a la pantalla realizada siete años después, con un prólogo donde vemos la entrega callejera entre dos desconocidos de una maleta que contiene, junto a otras publicaciones de la Resistencia, el libro escrito por Vercors. Las manos de quien lo ha recibido abren sus páginas y la literatura muta en imágenes.

Lo que sigue a continuación es uno de esos escasísimos y arrebatadores debuts que sorprendentemente parecen cristalizar virtudes fraguadas a lo largo de una carrera previa. El director solo había rodado un cortometraje (24 heures de la vie d’un clown, 1946) antes de concebir y preparar la realización de una pieza tan bien definida en su concepto y con un ajuste impecable entre contenido y forma. Lejos todavía de la inmersión en el policiaco y el proceder casi fetichista, según marcarán unos amores por el cine de gánsteres norteamericano que lo situarían poco después sobre la cumbre del polar con títulos como Hasta el último aliento (1966) o El silencio de un hombre (1967), Melville demuestra ya, y de manera rotunda, una genuina destreza de autor cuando define el estilo para su película.

Ya desde el inicio, mediante la imagen simbólica de un poste que señala a la derecha un camino de subida y a la izquierda otro de bajada, el mismo por el que llega y se marcha el alemán, Melville establece el recurso del contraste como la figura que determina y explica prácticamente cada una de sus acciones cinematográficas. La idea emana, sin duda, de la historia de Vercors –las palabras de viva voz y los silencios; la  humanidad del huésped y la barbarie de sus colegas militares; el cuento de La bella y la bestia; el deseo de cultura común aniquilado por la realidad–, pero el director la intensifica aportando toda una serie de contraposiciones  estilísticas que rodean los monólogos de von Ebrennac y la voz en off del señor francés. Encontramos contraste en la luz que despide el fuego y la sombra que proyecta el alemán cuando se aproxima a calentarse; también en la luz y la sombra sobre los rostros de los tres personajes. Por un lado están los perfiles y por otro los planos de frente. Entre los rostros y los detalles de las manos. Hay contraste entre los soliloquios y los latidos del péndulo dentro del silencio. Entre las pocas escenas al aire libre (naturalistas, documentales) y un primoroso trabajo de puesta en escena en interiores dentro de un espacio muy limitado. Está la iluminación natural y la artificial, la inserción de planos picados sorpresa cuando abundan los contrapicados…

Además, un factor debía diferenciar necesariamente la película del texto original y Melville lo tuvo muy presente: era imposible  soslayar siete años después el conocimiento pleno acerca del horror del Tercer Reich que no se tenía cuando Vercors escribió el libro. El cineasta lo resolvió añadiendo de su cosecha dos escenas bastante impactantes. La mejor es un magnifico plano secuencia que recoge la conversación de von Ebrennac con un amigo. El encuadre, de tipo general, recoge a ambos y la cámara se acerca despacio al retrato de Hitler, se detiene un tiempo en él y realiza el recorrido inverso, todo mientras al oficial le relatan la naturaleza y el funcionamiento, circunstancias que ignoraba, del campo de exterminio de Treblinka. En la otra, lejana quizás de la sutilidad general del relato, la demolición del protagonista germano se consuma cuando otros militares le conminan a no dejarse influir por su amor a Francia. «Crearemos un Reich para los próximos mil años y lo primero es destruir, es  nuestro derecho y nuestro deber», le dicen.

Sencillísima, ajustada a una idea de claridad cristalina y certera a la hora de trazar la psicología de los personajes, El silencio del mar debería figurar definitivamente en el elenco de películas que tratan con mayor hondura la Segunda Guerra Mundial. Es una lección sobre cómo narrar a partir del minimalismo y el ambiente, aparte de que constituye lo que hoy llamaríamos una ejemplar producción indie, pues Melville la hizo completamente al margen de la industria nacional. Permanecen incólumes su antibelicismo y la capacidad para tocarnos el ánimo que tiene un von Ebrennac inmerso en su turbación –qué difícil es olvidar la extraña e imponente interpretación de Howard Vernon, repleta de matices pese a su hieratismo muy a lo Boris Karloff–, así como el sentir que desprenden el mutismo y las miradas de la pareja francesa.


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Puedes ver El silencio del mar en FILMIN


Fotografías: A contracorriente films

Una versión reducida de este texto se publicó en la Revista Insertos el 15 de septiembre de 2016


 rep.FILMIN

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