Comprender la modernidad

Yago Paris


Ya desde el prólogo de No es país para viejos los hermanos Joel y Ethan Coen dejan claras sus intenciones. Una serie de planos generales de paisajes propios del western —la naturaleza salvaje del desierto—, donde tendrá lugar la acción, se complementa con el monólogo en off, que vertebra el relato, del veterano sheriff Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), quien defiende la necesidad de conservar los valores tradicionales aglutinados en el ejercicio de la ley. A esta visión se contrapone su contraria, la de la modernidad, que se manifiesta en forma de virulenta infracción de las normas. El caso más extremo de esta segunda vertiente la abandera Anton Chigurh (Javier Bardem), un psicópata que asesina sin motivo aparente, más por el sentimiento de superioridad que le aporta que por el placer que pueda obtener. Por tanto, lo que proponen los autores es similar a lo que tiempo después habría de ofrecer Quentin Tarantino en el clímax de Érase una vez en…Hollywood: una visión positiva del conservadurismo, en tanto defensa de una integridad ética ante las perversiones de ciertos discursos de la modernidad. Eso es aparentemente de lo que pretende hablar No es país para viejos.

Adaptación de la novela homónima de Cormac McCarthy, el filme narra un cúmulo de casualidades, imprevistos y coincidencias en el terreno fronterizo entre Estados Unidos y México, dando lugar al habitual absurdo de los Coen, que en este caso no genera humor  sino hiela la sangre. Cuando Llewelyn Moss (Josh Brolin) encuentra un maletín lleno de dinero y decide apropiárselo, no es consciente de lo que se le viene encima. Chigurh, quien trabaja como asesino a sueldo, y es tan avaricioso como Moss, decide ir tras este para recuperar el dinero, pero no para entregárselo a quienes lo han contratado, sino para quedárselo. En medio de ambos aparecerá Carson Wells (Woody Harrelson), una especie de mediador que tratará de solventar la situación para que el maletín regrese a las manos de quienes inicialmente iban a recibirlo, los directores de una corporación. Mientras tanto, incapaz de comprender, y mucho menos de poner freno al reguero de sangre que se vierte en las calles y los moteles de la zona, el sheriff Bell no puede hacer nada más que observar atónito un mundo que ya no es el que conocía.

Ambientada en 1980, la historia reflexiona sobre las secuelas morales de la guerra de Vietnam, dibujando un panorama de capitalismo salvaje donde ya nada importa, más allá de querer pisarle la cabeza al vecino para escalar en la pirámide social que dicta el dinero. Detalles como que una de las partes implicadas en los actos delictivos sea una gran empresa —la integración del crimen en el sistema—, que Chigurh decida la suerte de sus víctimas con monedas —a cara o cruz— o que Moss, sin ser un personaje esencialmente malo, prefiera llevarse el dinero que darle agua a un moribundo —aunque luego se arrepienta y se meta en un buen lío— exponen un panorama crudo donde violencia y dinero van de la mano y la vida vale menos que nunca. Aunque hable del pasado, la cinta de los Coen está tan pegada a su presente —fue estrenada en 2007— que de manera lúcida anticipa una de las mayores desgracias de una humanidad sumida en la codicia y la inconsciencia como lo fue la Gran Recesión, que comenzó un año después. Sin necesidad de armar un discurso ideológico, los autores resultan tremendamente políticos en su aproximación a la realidad, al mostrar las consecuencias de la modernidad.

Al menos, esa es la idea que se podría extraer a lo largo de la mayor parte del metraje, hasta que una escena clave termina de encajar las piezas del rompecabezas y le da un volantazo al significado del discurso. Un Bell más desconcertado que nunca, que se ha retirado al ver que la situación le superaba, visita a Ellis (Barry Corbin), el antiguo alguacil de su abuelo, también sheriff, en busca de respuestas al sinsentido que ha vivido. Lejos de estar de acuerdo con él, el anciano le explica que la violencia cruda y sin sentido no es fruto de la modernidad, sino que ha sido una de las señas de identidad de la nación que comparten y cuyos valores defendieron con su oficio. Para ilustrarle acerca de esta manera de interpretar el pasado y el presente, Ellis le cuenta la historia de un grupo de indios que mataron a un sheriff, lo que supone un acto tan injustificado, aparentemente fruto de la pura maldad, como el caso que se ha narrado en la película. Si se tiene en cuenta que una de las aproximaciones del western consiste en poner de manifiesto las salvajadas que los blancos ejercieron sobre los indios en nombre del progreso y la civilización, y que esa es la herencia cultural que Bell defiende, quizás sus valores no sean los más inocentes. Siempre existe una narrativa con la que justificar acciones para que luzcan como aceptables, incluso necesarias. Quizás eso explique por qué el psicópata Chigurh justifica sus acciones para ejercer el mal, y por qué, en última instancia, él y el sheriff Bell no sean tan diferentes. Porque si al sistema se le da forma a través de los valores que defiende Bell, y Chigurh es el monstruo que se crea como consecuencia, ¿quién es el responsable de lo que ocurre?


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NO ES PAÍS PARA VIEJOS

Dirección: Joel Coen, Ethan Coen

Reparto: Josh Brolin, Tommy Lee Jones, Javier Bardem, Kelly Macdonald, Woody Harrelson, Stephen Root, Garret Dillahunt, Tess Harper, Barry Corbin

Género: wéstern. Estados Unidos, 2007.

Duración: 122 minutos.

 


 

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