Retrato del artista espontáneo

Santiago Alonso 


«Los trabajos creados en soledad y nacidos de impulsos creativos puros y auténticos (donde las preocupaciones por la competencia, el aplauso o la promoción social no existen) son, gracias a esto mismo, más valiosos que las obras de los profesionales». Así defendía el pintor y escultor Jean Dubuffet el Art Brut  en el prólogo («Place à l’incivisme») del catálogo de la exposición colectiva de 1967 que organizó en el parisino Museo de Artes Decorativas. Él mismo acuñó el término tras leer a Hans Prinzhorn, el psiquiatra que se dedicó a estudiar la obra plástica de enfermos mentales, y proponer una valoración entusiasta de cierto arte producido por no profesionales que, de una u otra manera, se hallan en los márgenes, bien porque están ingresados en psiquiátricos o encerrados en cárceles, bien porque son autodidactas de todas las edades, ancianos con una gratificante afición o inadaptados en general.

Dubuffet profundizaba en la idea celebrando el «trabajo de personas no contaminadas por la cultura artística y en las que el mimetismo, contrariamente a lo que sucede bajo impulsos intelectuales, apenas cobra importancia, de modo que los autores obtienen todo (argumentos, elección de materiales, medios, ritmos, modos de trabajo…) de su interior más recóndito y no de los estereotipos dictados por el arte clásico o el que esté de moda». Y esto es justo lo que quiere llevar a la pantalla Nils Tavernier trazando el relato biográfico del cartero Ferdinand Cheval (1836-1924), uno de los más destacados representantes del arte marginal gracias a su Palais Idéal, la fantasiosa construcción que levantó él solo durante 33 años en su pequeña localidad del departamento francés del Drôme.

Es interesante comparar El palacio ideal con otras películas que versan sobre los procesos creativos de los artistas plásticos —desde la clásica El tormento y el éxtasis de Carol Reed hasta estrenos más recientes como Mr. Turner de Mike Leigh, la filmografía sobre el tema ofrece títulos apasionantes—, precisamente debido a que ni la figura de Cheval ni la ejecución que llevó a cabo de su obra se ajustan a los patrones de, como expresó Dubuffet, la «cultura artística». Aquí reside la dificultad ante la que se encuentra Tavernier: el gran misterio de Cheval consiste en entender de dónde sacaba un cartero, bastante profesional además, la inspiración para dedicar todos sus ratos libres a transportar piedras del campo y, con la ayuda de mortero y cemento, colocarlas de tal manera que compusieran una fabulosa estructura de 25 metros de largo por 14 de ancho, una altura de 11 metros y una superficie total, sumando sus galerías interiores y terrazas, de casi 350 metros cuadrados. Solo se dan pinceladas al respecto, por ejemplo la lectura de artículos sobre un lejanísimo Oriente que él reinterpretó a su manera, y poco más.

Tavernier, quien como realizador ha dedicado gran parte de su trabajo a los documentales, opta en su cuarto trabajo de ficción por primar el reflejo del trabajo y la actitud contemplativa de Cheval sobre la narración. Los hechos que cuenta son pocos (en comparación con otras cintas de tipo comercial como esta), y los presenta sin detenerse mucho en ellos, aunque tengan casi siempre una índole dramática que suele explotarse en los relatos biográficos comunes. La película se concibe, por tanto, como el estudio psicológico de un tipo asocial —durante una de las pocas veces que oímos al actor que lo interpreta, un notable Jacques Gamblin, el mismo Cheval declara que él nunca se ha sentido igual que los demás— y de sus silenciosas rutinas mientras reparte el correo por el campo, contempla los paisajes o está manos a la obra con el palacio. Quizás otros narradores se habrían aventurado a desentrañar de modo arriesgado e impetuoso el misterio, o seguramente se habrían fijado en el tema, bastante desaprovechado por Tavernier, del sacrificio de quienes rodean al creador (la figura de su segunda esposa, que interpreta Laetitia Casta), pero El palacio real termina funcionando muy bien como trabajo de cine didáctico, dicho esto en el mejor de los sentidos posibles. Además, tal vez se esté retando al público con las numerosas miradas de Gamblin al infinito. ¿Había algo o no en el horizonte contemplado por Cheval?



 

EL PALACIO IDEAL

Dirección: Nils Tavernier.

Intérpretes: Jacques Gamblin, Laetitia Casta, Florance Thomassin.

Género: drama, biografía. Francia, Bélgica 2018.

Duración: 105 minutos.

 


 

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