Nada es para mí

Jesús Cuéllar


En su primer largometraje, Sole, el director italiano Carlo Sironi recoge algunas de las semillas argumentales y estéticas sembradas en sus anteriores cortos, Sofia (2008), Cargo (2012) y Valparaíso (2016). A través de la historia de una muchacha polaca cuyo futuro hijo va a ser entregado, de forma irregular, en adopción, la película reelabora algunas de esas constantes. En el plano argumental: una atención privilegiada a la experiencia de las mujeres jóvenes que, por alguna razón (médica, social, económica), se ven apartadas del conjunto del cuerpo social o son utilizadas por él; un interés en quienes dominan y determinan sus vidas (hombres, mayormente), y en cómo su propia vida acaba viéndose afectada y modificada por esa relación de dominación; y, finalmente, la curiosidad por mostrar de qué manera la vivencia propia o ajena de la maternidad o la paternidad trastoca los personajes. En el plano estético, Sironi se atiene a una absoluta pero eficaz economía visual e interpretativa. Los excelentes actores que encarnan a los dos protagonistas de Sole no son profesionales, y el director italiano plasma la aparente sequedad emocional en la que se ven obligados a moverse situándolos en entornos fríos y prácticamente vacíos, como los de un cuadro de Edward Hopper o una fotografía de Todd Hido, reconocido como influencia por el propio director.

Gran parte de la película transcurre en un piso de una localidad costera italiana en el que Lena (Sandra Drzymalska), inmigrante que sueña con abandonar Italia y trasladarse a Alemania, queda prácticamente encerrada antes de su parto, bajo la vigilancia de Ermanno (Claudio Segaluscio), un joven ludópata y ladrón de motos. Son dos jóvenes que, como gran parte de los personajes de Sironi, nunca se ríen (aquí sólo parece feliz la mujer que va a recibir ilegítimamente el fruto del vientre de Lena). Dos jóvenes que, por diversas razones, acaban estando presos de una situación sin salida y unidos brevemente por un mismo anhelo, frente a un mar que ni alcanzan ni los alcanza. El mar, que aquí funciona como metáfora de la libertad, opuesta al encierro en el que viven los protagonistas, se ve desde el balcón, está a tiro de piedra, e incluso decora irónicamente el propio ascensor del edificio típicamente playero en el que se ubica la vivienda de Ermanno. Como proclama este joven con desesperada resignación ante quien ha encargado esta gestación subrogada o se ha aprovechado del embarazo fortuito de Lena: «Nada es para mí».

Con Sole Carlo Sironi ha construido un tenso y desesperanzado primer largometraje, que saca el máximo partido al minimalismo visual, interpretativo y argumental. Con un entorno y un enfoque que recuerdan a las películas de  los hermanos Dardenne, pero con una cámara mucho más pausada y menos pegada a los personajes, aunque en modo alguno distante, al director romano le interesan las piezas, rotas e imperfectas, de este caótico engranaje en el que vivimos. No tanto quienes se sirven de esas piezas y las utilizan como peones.

En Sole y sus cortos anteriores Sironi sigue a sus personajes hasta las grietas por las que se cuelan o caen. Hablan poco y apenas nada sabemos de sus circunstancias, pero los observamos en un momento crucial, en un breve periodo, y los detalles que conocemos son suficientes para saber que lo que hagan o les hagan condicionará sin duda su vida futura y la de quienes los rodean.



 

SOLE

Dirección: Carlo Sironi.

Intérpretes: Bruno Bruzzi, Sandra Drzymalska, Claudo Sagaluscio, Marco Felli, Barbara Ronchi.

Género: drama, Italia, Polonia, 2019.

Duración: 90 minutos.

 


 

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