Protegerse dando tiros

Santiago Alonso


¿Un remake de la cinta más icónica sobre la justicia sumaria practicada por un ciudadano que, ante la ineficacia de un estado que no le protege del crimen, decide ponerse a dar tiros? Seguramente no es el momento más oportuno estrenar El justiciero en un país donde su presidente, por ejemplo, propone armar a los maestros como solución a las horrendas matanzas en centros educativos. Dicho lo cual, debemos decir que, pese al grito en el cielo puesto por la crítica de Estados Unidos, la nueva versión de El justiciero de la ciudad (1974) tampoco es peor, respecto a los mensajes, que otros títulos similares estrenados allí con anterioridad. Tomando alguna distancia necesaria, la película no nos escandalizará. Eso sí, comprobaremos que Eli Roth, un entusiasta reivindicador de los particulares deleites que proporcionaba antaño el cinéma bis, se ha metido en camisas de once varas al intentar abordar un argumento sustentado de manera insoslayable en un debate que fácilmente puede derivar hacia el derechismo más populachero.

El propósito de Roth consiste en intentar repetir con otro subgénero lo mismo que consiguió con El infierno verde (2013), su homenaje a las brutales películas italianas del filón canibalista: sin renunciar jamás a las maneras salvajotas, hacer una revisión acorde con los tiempos que corren, desactivando los aspectos más claramente cuestionables e introduciendo nuevos temas. En ese sentido, encontraremos en El justiciero anotaciones satíricas nada desdeñables a cuenta de la obsesión enfermiza de una parte de la población estadounidense por los instrumentos de matar con balas (las visitas a la tienda de armas que hace el protagonista, los vídeos que busca por internet) o también una escena lunático-campestre que produce risa y mucho miedo a la vez, donde un señor protege sus tierras fusil en mano. Percibimos que Roth aporta algún elemento serio (la propugnación del juramento hipocrático durante el prólogo), pero es evidente que a la hora de fijar su postura y defenderla se lava las manos. Al final, se limita a dejar las opiniones contrapuestas de dos locutores de radio reales que se interpretan a sí mismos, uno a favor de los sanguinarios defensores urbanos y otro en contra.

Fuera de esto, Roth sigue siendo Roth. Es decir, prepara con destreza las partes ultraviolentas, demuestra mano firme para el suspense o se dedica, en definitiva, a practicar cine peliculesco y referencial. Por ejemplo, tanto la ciudad de Chicago como su vengador están trazados casi al modo de una historieta de superhéroes, y sin duda no es casual la caracterización, capucha incluida, de un Bruce Willis muy en la línea del personaje que interpretó en El protegido (2000). Estos puntos a favor, sin embargo, no resuelven el problema. Filmar oblicuamente el rostro de un Willis enfermo de violencia en el último plano, mientras que Michael Winner lo hacía de frente con el de Charles Bronson en el filme original, no saca al director del atolladero. Y es que quizás el problema radica en que algunos representantes del cine cuya construcción expresiva del discurso parte de la cinefilia acaban topándose, tarde o temprano, con los límites del modelo cuando abordan determinadas perspectivas temáticas.



 

EL JUSTICIERO

Director: Eli Roth

Intérpretes: Bruce Willis, Vincent D’Onofrio, Elisabeth Shue, Camila Morrone

Género: thriller. Estados Unidos, 2018

Duración: 107 minutos

 


 

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