Muchas películas, una madre y una familia caótica

Santiago Alonso


A menudo, los directores de cine documental y sus derivados experimentales recurren a su propia familia como objeto de estudio para sus obras. Han optado por ese camino los cineastas de alguno de los títulos españoles más interesantes de esta temporada: como Converso, trabajo en el que David Arratibel hacía una especie de terapia de grupo conversacional tras muchos años de sentirse fuera del núcleo familiar debido a la conversión generalizada al catolicismo por parte de los suyos; o como La película de nuestra vida, un filme-ensayo libérrimo, donde Enrique Baró partía de viejas filmaciones domésticas reales para plantear un juego entre la ficción y la no-ficción, entre lo documentado y lo inventado, en el que se hablaba sobre la memoria compartida con los familiares.

Ahora Gustavo Salmerón estrena Muchos hijos, un mono y un castillo, debut como director de largometrajes que comenzó a gestar hace la friolera de catorce años, donde nos presenta a su madre, con la intención de componer un intenso retrato. No faltan tampoco las conversaciones íntimas ni las imágenes del pasado en súper 8, pero al actor no le mueve el deseo de resolver ningún conflicto personal, descubrir aspectos ocultos de la retratada o experimentar con el género documental. Si acaso parece claro que tenía una única certeza cuando comenzó a grabar, y ésta era que la comedia tomada sin adulteraciones de la realidad animaría cada secuencia. O el esperpento, en una versión más cotidiana y amable, tal vez menos feroz, aunque sí manteniendo zonas oscuras entre tanto jolgorio. Porque Julita Salmerón es el motor irradiador permanente de un universo familiar caótico, de esos que hay que ver para creer.

Cuando Julita desayuna durante la primera secuencia, mojando en silencio sus galletas María, se nos revela al instante que su mirada perdida atisba un mundo muy distinto al del espectador. Un mundo donde ella sueña con el cuerpo de José Antonio Primo de Rivera como masa para hacer croquetas, o tiene puesto hasta el verano un belén al que, lógicamente, hay que regar porque las figuritas se asfixian de calor. Julita es una niña grande que, como ella misma dice ante la cámara, ha cumplido sus tres deseos de infancia: tener los hijos, el mono y el castillo que indica el título de la cinta. Ahora encara la edad provecta moviéndose entre unos espacios domésticos que ha ocupado con montones y más montones de objetos, los cuales contienen de manera casi maníaca los recuerdos de toda una vida, mientras unos problemas económicos nunca especificados amenazan su casa. Durante 88 minutos desfilan ante nuestros ojos escenas de locura cotidiana y asistimos a discursos que tienen mucho de descacharrante, pero, al mismo tiempo, dejan entrever a veces una intensa angustia existencial, como cuando la mujer deja las indicaciones precisas para asegurarse de que no la entierren viva el día de su funeral, o entroncan directamente con los horrores de la Guerra Civil, que vivió siendo niña.

En cierta manera, la génesis de Muchos Hijos, un mono y un castillo se emparenta con el síndrome de Diógenes que padece la madre del director – circunstancia esta última que en ningún momento se oculta ni se sanciona–, pues la cinta proviene de la recolección y amontonamiento incesante de vídeos. Detrás del montaje definitivo hay, nada más y nada menos, que 400 horas de material. Y, además, la finalmente estrenada en salas es la versión número setenta y pico. Por eso es muy probable que al espectador le asalte la sensación de estar ante una de las muchas películas posibles y no, precisamente, la mejor articulada, sobre todo respecto a los aspectos contenidos en el título. Julita ha criado a seis hijos, y bastante bien, por lo que parece, pero nada se nos cuenta sobre ese periodo capital de su existencia, salvo el comentario de que al mismo tiempo gestionaba una guardería. Y Julita tuvo un mono, una historia que guarda detrás un significado bastante triste, pero apenas ocupa dos minutos de narración.

Encontraremos, sin embargo, en el extenso segmento que cuenta el desmantelamiento del castillo familiar el relato más significativo y consistente, con el que Gustavo Salmerón demuestra un buen hacer como narrador y en donde veremos en todo su esplendor las dinámicas de comportamiento de este estrafalario grupo humano, siempre girando en torno a Julita. En cualquier caso, haya salido mejor o peor la ordenación del caos, la extraña luz vital de la protagonista desborda cualquier límite. Y también vibran con intensidad la admiración y el cariño que el hijo siente hacia su madre.



 

MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO

Dirección: Gustavo Salmerón

Con Julita Salmeron

Género: documental, comedia. España, 2017

Duración: 88 minutos

 


 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.