En proceso de reconstrucción


El primer largometraje de Enrique Baró, La película de nuestra vida, es una de esas cintas que pertenecen a las llamadas películas de metraje encontrado. Este género cinematográfico, que ha sido muy empleado como técnica narrativa dentro del cine de terror (y no sólo, afortunadamente), se ha convertido en seña de identidad de una nueva generación de cineastas españoles (León Siminiani, Luis López Carrasco o Sergio Oksman, brasileño de trayectoria cinematográfica en nuestro país) preocupados por los procesos de reconstrucción identitaria a partir de la manipulación de los materiales encontrados. Con un alto grado de componente autobiográfico, la cinta de Baró se adentra en los rincones de su propia historia para componer un relato de alcance colectivo: un presente transitado por recuerdos del pasado y los miedos que acompañan al tiempo futuro.

A caballo entre el documental y la ficción, el trabajo de Baró se sirve de imágenes de vídeos caseros, fotografías y recortes, un material en herencia a modo de legado familiar. Con formato similar al empleado por Oksman para contar Una historia para los Modlins, la apuesta del realizador se acerca más en lo narrativo a la idea que se escondía en el último largometraje del brasileño, O’futebol: los encuentros entre él mismo y su padre para rellenar los huecos que la distancia y el paso del tiempo habían provocado en la memoria (aunque, en este caso, el director no realice ningún papel y solo el padre de Baró tenga presencia como uno de los protagonistas).

Baró conjuga los distintos niveles en los que opera la memoria, sirviéndose del lenguaje cinematográfico, para aproximarse al mundo de las realidades posibles con su tiempo correspondiente: las que existieron y perduran en las filmaciones domésticas (las imágenes de archivo, el pasado), las que teatraliza con la participación de un especialista de cine (el futuro) y las que muestran los momentos de dramatización con los protagonistas (el presente). La doble temporalidad que lleva implícito trabajar con metraje encontrado, permite complicar la linealidad del tiempo de la narración al reformular el material anterior y crear nuevos significados. Así, el diálogo se establece a partir de las decisiones formales (y arriesgadas) de un director que sitúa en el mismo plano de realidad a tres generaciones, tres personas que pudieran ser sólo una, conectadas por el lugar que han compartido en el presente, en el pasado y… ¿en el futuro?

Esta particular manera de aferrarse al pasado (o de contar una historia, recordarla y hacerla perdurar) quizá tenga su análoga expresión en aquello que se produce al cantar una canción de karaoke. Al elegir una canción que es conocida, se repite una letra que se sobrescribe en pantalla e indica cuándo hay que cantar, dando como resultado una versión similar pero distinta de la canción original. No hay copia, ni plagio, ni falsificación, ni tan siquiera reproducción. La canción se convierte en el hilo conductor que conecta temporalidades distintas, generando nuevos significados a partir de lo que ya forma parte de uno mismo. Quizá no sea casualidad que una canción de karaoke sea la manera de finalizar la película de nuestra vida.



 

LA PELÍCULA DE NUESTRA VIDA

Dirección: Enrique Baró.

Intérpretes: Teodoro Baró, Nao Albert, Francesc Garrido.

Género: ensayo fímico, experimental, drama. España, 2017

Duración: 81 minutos.

 


 

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