La crisis económica, un problema de las entrañas

Yago Paris


La manera más habitual de abordar la crisis económica suele ser desde la perspectiva laboral. Numerosas películas narran las vivencias de personajes desamparados por el sistema, que se enfrentan al drama del desahucio —Techo y comida (2015)— a la lucha desesperada por conservar su puesto de trabajo —Dos días, una noche (2014)— o a la necesidad de emigrar a otros países para ganar algo de dinero —Hermosa juventud (2014). Pero hay otro enfoque posible, igual de relevante para los personajes que pasan penurias económicas, pero menos abordado en el medio cinematográfico, a pesar de que, en realidad, son las dos caras de una misma moneda. Es el caso de filmes que se centran en las secuelas psicológicas que sufren los personajes debido a la crisis. En dichas historias, la falta de dinero se convierte, más que en el centro del relato, en el telón de fondo que justifica lo que se narra. Un ejemplo paradigmático, por la manera de abordarlo y por la profundidad de sus reflexiones, es Gente en sitios (2013), cinta en la que Juan Cavestany aplica las bases del poshumor al retrato de una España inoperante, cuyos habitantes, entre otras cosas, llegan a olvidar cómo se camina o cómo se bebe un vaso de agua.

En la misma línea que Cavestany, pero con un enfoque diametralmente opuesto, Laura Ferrés aborda en Los desheredados —premio al mejor cortometraje en La Semana de la Crítica en la pasada edición del Festival de Cannes— la deriva personal del dueño de una empresa de autocares que está a punto de cerrar. El mayor interés del proyecto se sitúa en el set de rodaje: Pere Ferrés, protagonista del cortometraje, es el padre de la directora, se interpreta a sí mismo y la historia que vive es real. Aunque el film es de ficción, se sitúa en la frontera con el cine documental, lo que da lugar a un constante juego metacinematográfico. En todo momento sobrevuela la idea de que lo que ocurre es real, circunstancia que se intensifica por la sensación de verosimilitud, a pesar de que la autora recurra a una puesta en escena alejada del naturalismo y la estética documental. La construcción del encuadre está pensada al detalle y no escasean planos cargados de simbolismo y poesía visual —especial mención merece la poderosa escena en la que el protagonista baila en una discoteca al ritmo de Mi fábrica de baile, de Joe Crepúsculo—, recursos más habituales en el cine de ficción.

Aunque la situación económica que atraviesa el personaje es delicada, ésta siempre queda en segundo plano, como si fuera un mero contexto con el que justificar lo que realmente se quiere contar, que es la crisis existencial que sufre Pere. Con 53 años y después de una vida entera dedicada a su empresa, el cierre inminente abre ante él un panorama de desolación emocional. Incapaz de reciclarse en otra profesión —especialmente porque el mercado laboral no se lo va a permitir a su edad— y con sucesivos fracasos amorosos a sus espaldas, Pere deambula sin rumbo por no lugares —parkings de extrarradio, el local de su empresa, polígonos industriales— y es retratado con planos fijos, lo que refuerza la sensación de bloqueo mental que el personaje sufre. Sin caer en melodramatismos y con varios y afortunados golpes de humor a lo largo del metraje, Los desheredados arroja luz sobre el retrato de la crisis como un asunto de las entrañas.


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LOS DESHEREDADOS

Dirección: Laura Ferrés.

Reparto: Pere Ferrés.

Género: Drama. España, 2017.

Duración: 18 minutos. 

 


 

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