Cine-ojo desde la abstracción

Yago Paris


1929 fue el año en que Dziga Vertov presentó la obra por la que pasaría a la historia. El hombre de la cámara era la cumbre de su teoría del cine, conocida como cine-ojo, aquella que busca, en resumidas cuentas, recoger lo que el ojo humano capta. Se trató, pues, de un rodaje sin planificación, guion ni actores, como así explicaba el cineasta al comienzo de la proyección: “Atención, espectador: este film se presenta como un experimento en comunicación cinemática de eventos visibles, sin la ayuda de intertítulos (una película sin intertítulos), sin la ayuda de un guion (una película sin guion), sin la ayuda del teatro (una película sin sets, actores, etc.). Este trabajo experimental aspira a crear un verdadero lenguaje internacional absoluto de cine basado en su total separación del lenguaje del teatro y la literatura”. Vertov hablaba, por tanto, de una de las formas más puras de realización cinematográfica, aquella que se vale exclusivamente del poder de sugestión de las imágenes y del diálogo que se establece entre ellas, así como entre estas y el sonido que las acompaña.

Durante la proyección de La tierra aún se mueve uno tiene la sensación de que su autor, Pablo Chavarría Gutiérrez —cuya anterior obra, Las letras (2015), ganó el premio a la mejor película en la pasada edición del festival Márgenes—, ha tenido en mente el modelo de Vertov a la hora de desarrollar su discurso cinematográfico. La sospecha se confirma en los títulos de crédito finales, en los que se incluyen los intertítulos anteriormente citados. La cinta de Chavarría y El hombre con la cámara son, pues, dos obras que transcurren en paralelo. Sin embargo, un detalle explicita las diferencias entre ambas: mientras aparecen los textos en cirílico, estos se alteran mediante la técnica conocida como glitch, lo que da lugar a su modificación a través de la pixelación de la imagen. La entrada en escena de las nuevas técnicas del cine digital permiten transformar la realidad para alcanzar una nueva dimensión de percepción, como si el cine jugase a ser el medio a través del que revelar una realidad hasta entonces oculta para el público. Mediante la cita cinéfila y el posterior juego metacinematográfico, Chavarría redondea lo que durante los 71 minutos de metraje ha estado cocinando a fuego lento. 

En La tierra aún se mueve, el realizador mexicano parte de los planteamientos del cine-ojo pero se aleja de ellos en dirección contraria. Si la intención de Vertov era influir lo mínimo posible sobre sus imágenes, la de Chavarría es dejar huella en cada plano que filma, ya sea mediante la modificación física (filmar objetos a través de cristales deformantes o mojados, filmar reflejos en el agua, hacer un generoso uso del desenfoque, etc.) o digital (experimentación con técnicas por ordenador, superposición de varias imágenes, etc). Si el director soviético ansiaba el retrato objetivo de la realidad, el mexicano prefiere la abstracción poética, como si abriese un vórtice para contactar con el Más Allá, con la verdadera esencia de su objeto de estudio, la naturaleza, a veces despampanante, a veces peligrosa, pero siempre apasionante. Una propuesta que se contrapone a la vida humana actual, en ambientes urbanos que son filmados sin apenas modificación de la imagen, como si con esto se quisiera transmitir la idea de que el ser humano está lejos de alcanzar una vida plena mientras se mantenga alejado de los ambientes naturales.

En paralelo, otra reflexión, de corte puramente cinematográfico, recorre todo el relato. En un determinado momento, un personaje enuncia lo siguiente en relación a los procesos de destrucción y reconstrucción de los huesos por parte del cuerpo humano: “El hueso es un sistema de relaciones, de movimiento y de reposo entre partículas. […] Yo extraigo reservas de mis huesos, todo el rato extraigo reservas minerales. Hay que imaginarse el hueso en términos de duración y no de espacialidad. En espacialidad, este no es nada, es un esqueleto, es muerte. […] Entonces, el organismo es más un fenómeno de duración que de espacialidad”. Como si Chavarría aplicara la reflexión al film, el autor modifica, fragmenta y resquebraja sus imágenes, en un intento de evitar la espacialidad, el estatismo de su obra. Como si quisiera rebelarse ante la situación, trata de acercarse lo máximo posible a la mutación, al cambio, en un acto desesperado, y condenado al fracaso, de lograr que su cinta sea inagotable y no muera. Las limitaciones inherentes a la filmación de una película obligan a Chavarría a perder la batalla, pero lo que permanece imborrable es el recuerdo del film que queda en la mente de quien se deje mecer por sus desbordantes ideas.


La tierra aún se mueve pablo chavarría gutiérrez crítica festival márgenes


La tierra aún se mueve pablo chavarría gutiérrez crítica festival márgenes

 

LA TIERRA AÚN SE MUEVE

Dirección: Pablo Chavarría Gutiérrez.

Reparto: Eli Zavala, Susana Herrera, Alejandro Alva.

Género: Cine experimental. México, 2017.

Duración: 71 minutos.

 


 

 


Imágenes: Festival Márgenes Online


 

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