Una Sherezade sobre la marcha

Santiago Alonso 


Así explicaba Ignacio Ramonet en su obra La golosina visual el cine militante como género grave y aburrido: «Suele impedir que el Eros (ese residuo hedonista de Mayo del 68) acceda a un discurso fílmico cimentado en la Injusticia, sostenido por la Emoción y saturado de Dolor; un discurso que, amputado de su función lúdica, se desliza sin querer hacia la política y se inserta de hecho en la viscosa contingencia del pathos». Quien se acerque al primer volumen de Las mil y una noches, tal vez pensando que hallará una adaptación de cuentos pertenecientes a la preciosa recopilación oriental, se llevará un chasco: se va a topar de primeras con lo que parece una pieza de ofensiva política al estilo de aquellas que hace décadas filmaban profesionales al servicio de comités de operarios.  Son imágenes con grano, rodadas en 16 mm, de los trabajadores sobre los muelles de los astilleros, mientras las locuciones relatan la masacre que sufre el sector. Estamos en Portugal y la introducción se presenta como un capítulo más del ensañamiento de la crisis la última, la interminable, la de casi todos con nuestros vecinos.

La segunda sorpresa viene enseguida. A los cinco o seis minutos, el director Miguel Gomes aparece en pantalla, ahogado en un mar de dudas. Y huye al instante, ante el agobio de no saber qué hacer con su proyecto, si debe documentar los urgentes hechos de la guerra económico-social que viven sus compatriotas o relatar una plaga de abejas que tiene lugar allí cerca; si debe obedecer a la responsabilidad de captar con la cámara lo que acontece o fabular maravillas. Gomes sale corriendo, desaparece literalmente de campo y abandona la cinta, mientras los miembros de la huérfana troupe intentan atraparlo. Y la carrera también justifica narrativamente la forma que cobrará la película: el capitán abandona el barco a las primeras de cambio y una misteriosa Sherezade la misma de siempre, pero dentro de otro contexto y con historias muy diferentes a las que contaba en el libro  se hará cargo de todo el resto, cuento tras cuento y dure lo que dure.

En todos los sentidos, Gomes ha hecho un filme sobre la marcha. Ha empleado un año en rodarlo, sin guion y agrupando episodios que ideó, ensayó y concretó, según transcurría el tiempo, un Comité Central que él presidía. El director de Tabú retorna a los engranajes (¿es necesidad o postureo?) del metacine y a las miradas interiores de la sociedad portuguesa, adoptando las maneras (¿sintiéndolas o meramente aludiendo a ellas?) sesentayochistas que superaron los esquematismos del cine militante, tal y como recalcaba Ramonet, cuando ciertos cineastas empezaron a no sacrificar argumentos, opiniones personales o alientos líricos por obnubilaciones dogmáticas.

El resultado sobrepasa las seis horas y la obra se ha fraccionado en tres volúmenes. Se tituñan El Inquieto, El Desconsolado, El Encantado. Aparte de la introducción al relato marco del conjunto, El Inquieto contiene tres narraciones. Apenas ofrece interés Los hombres empalmados, que versa sobre el hechizo mágico que les cae a los miembros de los miembros de la «troika». La historia del gallo y del incendio posee otra dimensión emocional, pero también una duración excesiva para lo que cuenta. Y, por último, está El baño de los magníficos, el episodio mejor construido y con mayor contenido, una hora larga que, además, imbrica en la historia central tres testimonios diferentes sobre el paro, construyendo una estructura de relatos dentro de relatos propia del referente literario.

¿Será Gomes gramsciano o un gran juguetón sin más? ¿Le conmueve de veras el malestar social o pesa más en su acción el querer presentarse como cineasta cinéfilo que disfruta armando metarreferencias, una tendencia que constituye un signo de nuestro tiempo? ¿Es posible conjugar y modular satisfactoriamente ambas actitudes? ¿Son estas necesariamente incompatibles? ¿Explicarán y entretendrán a la vez las películas de la trilogía? ¿Aguantarán las dos siguientes tan peculiar narrativa? ¿Se tambaleará el conjunto? Muchas son las preguntas. Si el propio director no tenía respuesta alguna al principio del volumen uno, menos todavía quien teclea las presentes líneas, que solo ha visto uno de los cuadros del tríptico. Una película y, de momento, una crítica sobre la marcha. «¿Adónde el camino irá?».


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LAS MIL Y UNA NOCHES: VOL. 1, EL INQUIETO

Dirección: Miguel Gomes.

Intérpretes: Miguel Gomes, Carloto Cotta, Adriano Luz, Crista Alfaiate, Luísa Cruz.

Género: drama, comedia, documental, experimental. Portugal, Francia, Alemania, Suiza, 2015.

Duración: 125 minutos.

 

 


 

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