Tristeza y sosiego en el corazón de la madre

Santiago Alonso 


La francesa Lisa Azuelos alcanzó tanto éxito en 2008 con LOL, su tercer largometraje, que incluso dirigió cuatro años después el remake estadounidense. Como comedia sobre la relación y los conflictos entre una madre y una hija que estudiaba en un instituto parisino de ambiente burgués, la original estaba contada con bastante desenvoltura, pero también con excesiva cordialidad y muy poco mordiente. En ella, la directora y guionista aunaba la visión adulta de la edad del pavo con la perspectiva juvenil en una época en la que internet ya se había generalizado. Y, haciendo un guiño cinéfilo, añadía además la idea de la confrontación generacional como una cadena que continúa, porque del papel de la madre se ocupaba Sophie Marceau, quien casi treinta años antes había interpretado a Vic Berreton, la chavala de La fiesta (1980) y de su continuación, Quince años recién cumplidos (1982), dos hitos del cine adolescente y sentimental no solo en Francia, sino fuera de sus fronteras. Incrementando el fondo autobiográfico del relato, Azuelos retoma ahora en Mi niña los temas en torno al vínculo madre-hija, un trabajo que parte del impacto que sintió con la escena de Boyhood donde el personaje de Patricia Arquette observa a su hijo marcharse, y que vio justo cuando su hija terminaba la secundaria y se matriculaba en una universidad canadiense. Las grabaciones que tomó con su teléfono móvil de aquellos momentos fueron la base de lo que acabó ficcionalizándose solo a medias, pues incluso la adolescente de la cinta está interpretada por Thaïs Alessandrin, la hija de la realizadora.

A Sandrine Kiberlain, una actriz que se mueve igual de bien en la comedia (9 meses…de condena) y el drama (Violette), le corresponde «hacer de Azuelos», aportando ingredientes quién sabe si propios. Su retrato de madre de cincuenta años que es moderna e independiente, al tiempo que se muestra muy apegada a su talludito bebé (el título original del filme es Mon Bébé), está presentado con un desparpajo y una eficacia que sostienen gran parte de una narración que, en el fondo, es bastante parca en cuanto al argumento. Esto no está dicho como algo negativo, porque la naturaleza de Mi niña es eminentemente introspectiva, algo no muy habitual en un producto de naturaleza comercial de este tipo.

Los numerosos (y vaporosos) flashbacks —que logran ofrecer, aun siendo repetitivos, un toque íntimo y reposado que se agradece—, así como una visión desprejuiciada de las dos generaciones, ayudan al propósito de plasmar cómo pueden convivir los sentimientos de tristeza y sosiego en el corazón de una madre cuando su hija se separa del nido. Ahora bien, lo que sorprende, en este caso sí negativamente, es la alergia de Azuelos a plantear cualquier escena conflictiva o difícil de rodar desde un punto de vista dramático, un buenrollismo exacerbado que no conduce a ningún sitio y parece confundirse con una siempre loable apuesta por las actitudes bondadosas. Tampoco encaja nada bien en el conjunto el poco interés de la protagonista en sus hijos mayores, aunque no con muchos más años. ¿Un guion escrito sin cuidado? ¿O he aquí el apunte autobiográfico menos positivo que la autora no se ha atrevido a abordar y acaba manifestándose desde el subconsciente?




 

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