Imágenes intercambiables

Yago Paris


El cine de terror estadounidense cotiza al alza en el panorama actual. En los últimos años, el público y la crítica han reaccionado con entusiasmo a toda una serie de películas de este género, elaboradas por autores que exhiben unas señas de identidad muy marcadas en cuanto al aspecto formal, dando como resultado la preponderancia de una estética tremendamente estilizada. Esta nueva corriente dentro del terror se ha etiquetado como elevated horror, un término con el que se identifican obras de género que, a juicio de cierta cinefilia y crítica de cine, sí valen la pena y ofrecen algo más que puro entretenimiento. Esta mirada clasista, prejuiciosa y basada en el desconocimiento del género, da a entender que al terror hay que inflarlo de estética y de subtextos para convertirlo en gran cine. Dicha aproximación define en mayor o menor medida a algunas de estas obras, filmes más o menos cuestionables. Del mismo modo que se han producido cintas que ofrecen un conocimiento extenso del género y lo reformulan con inteligencia (It Follows, Déjame salir), también se han creado películas donde la propuesta funciona solo a ratos, a fogonazos, donde el autor parece más preocupado por que la cinta sea admirada que disfrutada (El faro, Hereditary). Y en los casos más problemáticos, como es de Gretel y Hansel, el terror parece un pretexto para elaborar una visión autoral ególatra que se fundamenta en el lucimiento del director a costa de unos tropos genéricos que se manejan de manera estereotípica.

La nueva cinta de Oz Perkins, de reciente estreno en diferentes plataformas de streaming, adapta el célebre cuento Hänsel und Gretel, escrito por los hermanos Grimm. Tanto el director como el guionista, Rob Hayes, toman el potencial perturbador habitual en las narraciones de los autores alemanes y lo trasladan al terreno del terror sobrenatural, donde la construcción de las imágenes juega un papel fundamental. Por un lado destaca la composición de los encuadres, que se sustenta en simetrías y planos frontales en gran angular; por otro, el cuidadísimo trabajo de iluminación por parte del director de fotografía Galo Olivares. El conjunto da lugar a una cascada de imágenes arrebatadoras, de un tremendo preciosismo siniestro. El acompañamiento musical, obra de Robin Coudert, termina de cerrar el círculo tenebroso al añadir melodías synthwave herederas de John Carpenter, lo que sirve de potente nexo de unión con otra cinta de terror hiperestético como Beyond the Black Rainbow.

Gretel y Hansel es por tanto un ejercicio formal descomunal, pero esto en ningún caso la convierte automáticamente en una película valiosa. El principal problema de la obra es la carencia de sentido, de un norte que guíe cada instante del metraje y cada decisión de puesta en escena. Esto se manifiesta a través de la elección de recursos visuales y de la monotonía narrativa. La actitud del cineasta recuerda, en otro tipo de películas muy diferentes,  a la de Tom Hooper, un enamorado del preciosismo inherente al gran angular que es incapaz de entender las ideas y los matices que dicho recurso visual transfiere a la imagen. Perkins rueda exactamente igual una escena en interiores que una en exteriores, una escena de transición que un punto de giro, un instante feliz que uno terrorífico. Como realizador demuestra estar más preocupado en dejar claro su virtuosismo como autor que en dar forma, sentido y ritmo a su historia. En cierta manera recuerda a un director como Michael Bay, quien también rueda exactamente igual cualquier escena de cada una de sus películas, sin que importe el tono, el ritmo, la emoción o el género cinematográfico de la escena en cuestión. Pero hay dos diferencias clave a este respecto. Por un lado, Bay expone abiertamente que la historia es una excusa para desarrollar una montaña rusa de experiencias efímeras que poco tienen que ver con el lucimiento autoral, sino más bien con el entretenimiento del espectador —a diferencia del «terror elevado», que se fundamenta en transmitir la sensación de que se trata de un cine de gran profundidad reflexiva—. Y, por otro lado,  lo más importante: Bay es capaz de entender tan bien el poder de seducción del encuadre y de la duración de cada plano que consigue que el ritmo no se resienta a pesar de su monotonía —algo que, de hecho, ha perdido en sus últimas dos películas.

El resultado final de Gretel y Hansel recuerda mucho a la reconversión que ha sufrido la ficción televisiva, donde se ha malinterpretado ofrecer un producto más cuidado en la producción con elaborar de una obra más profunda y valiosa desde el punto de vista cinematográfico. La película de Perkins es, en cierta manera, la imagen especular de El cuento de la criada, uno de los casos más extremos de estilización narrativa en la pequeña pantalla. En ambos casos se trata de imágenes de impacto efímero y preciosismo vacío, que parecen decir mucho, pero que en el fondo apenas calan. Esto se observa en un aspecto fundamental que condiciona ambas creaciones: todas las imágenes son tan parecidas que resulta difícil diferenciarlas, como si fueran intercambiables.


Puedes ver GRETEL Y HANSEL en Filmin, a partir del 24 de julio


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GRETEL Y HANSEL

Dirección: Oz Perkins.

Reparto: Sophia Lillis, Alice Krige, Samuel Leakey, Jessica De Gouw, Ian Kenny, Charles Babalola, Abdul Alshareef, Loreece Harrison, Beatrix Perkins, Manuel Pombo Angulo.

Género: terror. Estados Unidos, 2020.

Duración: 99 minutos.

 


 

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