El poder de seducción de la imagen

Yago Paris


La filmografía de Quentin Tarantino se mueve entre el fulgor visual y la arquitectura virtuosa de sus guiones. Uno de los casos más representativos lo encontramos en Pulp Fiction, una cinta cuyas imágenes presentan un potencial icónico descomunal, pero que, en última instancia, quedan sometidas a los requerimientos de su libreto —por otro lado brillante. El contraste que permite entender hasta qué punto sus imágenes están limitadas, en cierta manera secuestradas, por la palabra escrita, se observa en los pocos ejemplos donde la imagen le gana la partida al relato. En Kill Bill: volumen I la narración se entrega al poder de sugestión visual, mutando y transitando diferentes géneros con la libertad propia de una cinta de explotación. El caso más extremo de esta manera de entender lo cinematográfico lo ofrece Death Proof, un filme que expone abiertamente su desinterés por la complejidad arquitectónica y el juego con las líneas temporales, renunciando casi al relato, y que se convierte en una escuálida línea argumental a partir de la que construir una estampida de imágenes.

Death Proof, de reciente estreno en Filmin, es la segunda parte del díptico Grindhouse, que el autor de Knoxville desarrolló junto con Robert Rodriguez (quien se encargó de Planet Terror). El proyecto consistía en una revisión de los programas dobles de películas de serie Z que forjaron la cinefilia de ambos creadores. La cinta de Tarantino se divide en dos fragmentos que presentan una estructura narrativa casi idéntica pero que son perfectamente diferenciables debido a que cada una explora géneros diferentes. En ambos casos se muestran las juergas de un grupo de amigas hasta que el personaje de Especialista Mike (Kurt Russell) se cruza en su camino con la intención de asesinarlas. En la primera parte, que en buena medida transcurre de noche, se recurre al subgénero de terror conocido como slasher, como bien señala Noel Ceballos en su crítica, aunque en este caso la herramienta homicida no sea un arma blanca sino un coche especialmente diseñado para el rodaje de accidentes automovilísticos. La segunda mitad, diurna y más lúdica, se convierte en un thriller de persecuciones en la carretera y peleas en medio de la nada, como ocurría, por citar una de las múltiples referencias, en algunas de las películas de Russ Meyer (Motor Psycho o Faster, Pussycat! Kill! Kill!).

Como buena película de explotación que recrea la estética, los escenarios, las dinámicas humanas y el acabado de producción de ese tipo de obras que se crearon durante los sesenta y los setenta, Death Proof es una entrega irrenunciable a la diversión, tanto de los personajes como del creador y del espectador. Y hablar de diversión acaba llevando, tarde o temprano, al placer libidinoso. Las desatadas imágenes, como nunca en toda su filmografía, supuran sensualidad, la de los fetiches de sus personajes, pero también la del mismo Tarantino. Esto se observa en la desvergonzada —en el mejor de los sentidos— dilatación del tiempo, que le permite explorar cada una de las escasas secuencias —cuatro en cada parte— desde todos los ángulos que le apetece, encontrando siempre situaciones sugerentes en forma de impactos visuales. Tarantino se deshace de cualquier (auto)imposición de guion y se entrega a su propio placer, dando lugar a una cascada de imágenes desorbitadas, refulgentes, que no obstante se articulan con brillantez gracias al espectacular sentido del ritmo cinematográfico de su autor.

Siendo el cine de explotación una metáfora más o menos explícita del deseo carnal, resulta estimulante analizar cómo este se manifiesta en las escenas de Death Proof. Atendiendo al personaje que hila las dos tramas, Especialista Mike, la conexión con el Crash de J.D. Ballard es inmediata. La novela y su posterior y brillante adaptación por David Cronenberg exploraban los recovecos de una sexualidad al borde de la defunción a través de fetiches enfermizos como los accidentes de coches y la penetración de la carne por el metal. Teniendo esto en cuenta, no resulta descabellado entender el villano de la cinta de Tarantino como la versión serie Z de lo propuesto por el novelista. Yendo más lejos, y como expuso Jordi Costa en su crítica, ambas mitades pueden entenderse como sendos encuentros sexuales que finalizan en un orgasmo descomunal, siendo la primera mitad uno masculino y la segunda, uno femenino. La primera parte es un preámbulo larguísimo hacia un clímax que dura apenas unos minutos, con la embestida frontal de un violento y enfermizo Especialista Mike. Por su parte, la segunda es una fiesta de más de veinte minutos de metraje protagonizada por otras tres jóvenes, donde hay espacio para todo tipo de aproximaciones al placer. Pocas lecturas narrativas más se pueden extraer de Death Proof, un filme entregado a la diversión sin coartadas, al goce extremo de unas imágenes que no necesitan contar nada para ser brillantes. Sin embargo estas características, lejos de encumbrarla, parecen ser el motivo de su rechazo generalizado. Siendo probablemente la cinta más puramente cinematográfica de Quentin Tarantino, urge que nos planteemos por qué el grueso de la cinefilia y de la crítica de cine la considera la peor obra de su autor, y qué papel juega su minimalista guion en esta apreciación.


Puedes ver DEATH PROOF en Filmin


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DEATH PROOF

Dirección: Quentin Tarantino.

Reparto: Kurt Russell, Rosario Dawson, Vanessa Ferlito, Zoe Bell, Sydney Tamiia Poitier, Rose McGowan, Tracie Thoms, Mary Elizabeth Winstead, Jordan Ladd, Marcy Harriell.

Género: exploitation. Estados Unidos, 2007.

Duración: 114 minutos.

 


 

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