Cine para ser admirado

Yago Paris


El cine de David Lynch es eminentemente visual, pero este creador multidisciplinar, quien ha expandido su obra a terrenos como el de la música, es consciente del poder del sonido en el arte audiovisual. El autor estadounidense navega los turbios pantanos del subconsciente a través de una meticulosa puesta en escena, a la que acompaña una banda sonora que refuerza el poder de las imágenes convirtiendo sus cintas en auténticas sinfonías de lo siniestro. Algo muy similar se podría extraer del trabajo de Robert Eggers en El faro. En su segunda película, el responsable de La bruja rueda en tétrico blanco y negro, a la vez que usa el formato de pantalla cuadrada, un viaje hacia la locura, donde el diseño de sonido, a cargo de Damian Volpe, eleva el conjunto al grado de pesadilla. El trabajo de Volpe ejerce una función similar a la que encontramos en las obras de Lynch, pero con una diferencia crucial: mientras películas como Carretera perdida o Mulholland Drive mantienen su consistencia en ausencia de sonido, en el caso del filme de Eggers se visibilizan la carencias de la obra, que se deshilacha en una serie de secuencias poderosas individualmente, pero no del todo coherentes entre sí como conjunto. Resulta imprescindible cuestionarse a qué se debe esta situación, si se quiere comprender con mayor profundidad qué es exactamente El faro.

Poner en duda la valía de Robert Eggers como creador de imágenes y de atmósferas parece estar fuera de lugar. Como ya demostró en su debut en el largometraje, es imponente su capacidad para sacar jugo al aislamiento de sus personajes, que son sometidos a ambientes de asfixia emocional que manifiestan el lado más oscuro del ser humano. También como responsable del guion de su nueva obra, en este caso junto a su hermano Max Eggers, el realizador reduce el número de personajes a los dos trabajadores (Willem Dafoe y Robert Pattinson) que se encargan de mantener en funcionamiento el faro en una pequeña roca en medio del mar de la Nueva Escocia del siglo XIX. Un oleaje de perenne agresividad, un viento inclemente y una lluvia que no cesa pondrán contra las cuerdas la salud mental de dos personalidades destinadas a la confrontación. En esta ocasión el director recupera la estética del expresionismo, con F. W. Murnau o Fritz Lang manifestándose en cada uno de sus planos. La propuesta formal se apoya en la tensión dramática para elaborar desde el terror psicológico un muestrario de planos sombríos, misteriosos y sugerentes, que apabullan, como si Eggers hubiera decidido trasladar los ambientes de la Convenience Store de Twin Peaks: The Return al imaginario marino.

Este tipo de películas, que conquistan con facilidad a buena parte del público ofreciendo caramelos visuales irresistibles, corren el riesgo mortal de caer en la vacuidad, como si no hubiera nada más allá de la imagen deslumbrante. El crítico Ángel Quintana afirma en las páginas de Caiman Cuadernos de Cine que «tras la propuesta técnica de Eggers, no existe una verdadera coherencia en el uso de la puesta en escena, ni ninguna reflexión sobre cómo llegar a establecer una auténtica plástica de la desolación», y aunque quien esto escribe considera desproporcionada semejante enmienda a la totalidad, sí resulta necesario plantearse cuáles son las intenciones reales del autor de El faro. Y lo cierto es que, si uno consigue abstraerse de la espectacularidad visual de la cinta, encontrará fácilmente una dispersión narrativa que no deslegitima, pero sí enmohece el discurso.

Aspectos como la pérdida de la razón, la confrontación entre seres condenados a la aniquilación, toda la mística marina y su potencial para el terror, o, como señala Eulàlia Iglesias en El Confidencial, el uso metafórico de las lentes del faro, no como «guía para los perdidos en la oscuridad», sino como armas «que deslumbran y distorsionan la percepción de los protagonistas», están presentes en el relato, pero da la impresión de que el autor quiere tratar muchos temas y apenas llega a desarrollar en profundidad ninguno de ellos. Esto se refleja en su dimensión más extrema en una última media hora que consiste en una repetición de situaciones que no aumenta su relevancia por acumulación —es decir, que reduce su potencial por repetición. Por todas las virtudes expuestas en el texto, quien lo firma considera que El faro debería ser una de las películas más relevantes de 2020, pero también ve necesario plantearse qué ha llevado a Eggers a crear una obra «más pensada para ser admirada que para ser disfrutada».


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EL FARO

Dirección: Robert Eggers.

Reparto: Willem Dafoe, Robert Pattinson, Valeriia Karaman.

Género: drama. Estados Unidos, 2019.

Duración: 110 minutos.

 


 

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