El origen de todos los misterios

Santiago Alonso 


Cuando la BBC estrenó en 2018 la nueva versión de La mujer de blanco, el inmortal clásico decimonónico de Wilkie Collins, varios comentaristas manifestaron en medios británicos su perplejidad ante el tratamiento que se le había dado al formidable conde Fosco, el principal villano y sin duda el personaje más memorable de toda la novela. Y las críticas no iban nada desencaminadas. Se acusaba a los adaptadores de haberle dado al italiano Riccardo Scamarcio, un actor de complexión corriente, el papel de un señor al que se describía así: «as fat as Henry the Eighth himself». Eso por no hablar del evidente rejuvenecimiento de veinte o treinta años en su aspecto. Solo para hacernos una idea «cinematográfica»: Sydney Greenstreet (El halcón maltés, Casablanca) interpretó a Fosco en la adaptación de 1948.

Según algunos comentarios jocosos, el nuevo conde parecía el miembro de un grupo pop adolescente a lo One Direction (la verdad sea dicha, Scamarcio tampoco encaja en esa imagen), como si lo hubieran sometido a una dieta drástica. Se les reprochaba a los adaptadores que esta transformación, siguiendo un canon contemporáneo de lo supuestamente atractivo, no solo sugería cierta intolerancia (¡mayor que la victoriana a fin de cuentas!), sino que destruía buena parte de la muy singular atracción mutua que surge entre el conde y Marion Halcombe, una de las dos heroínas y el otro grandísimo personaje que idea Collins.

Estas reacciones indican que los británicos no se toman a broma la adaptación de sus clásicos. Lo demuestran las continuas adaptaciones al cine y la televisión, casi siempre con gusto y rigor, pensando en el espectador contemporáneo pero sin pervertir la esencia del original. Mismamente, la anterior versión de La mujer de blanco producida por la BBC data de 1982, mientras que la cadena ITV estrenó otra en 1997. Y eso que conviene señalar que llevar a la pantalla la primera obra maestra de Collins (después de este libro vinieron Armadale y La piedra lunar) supone un reto particular debido a una dificultad añadida que no presentan otras novelas célebres, pongamos por caso las escritas por Jane Austen, las hermanas Brontë o Charles Dickens. Es un hecho que va más allá de la fidelidad a la narración, algo no particularmente complicado de reflejar, o de haberse planteado modificar el aspecto físico y algunos comportamientos de un personaje. Se trata más bien de lidiar con la naturaleza textual de la obra, basada en una multiplicidad de narradores, pues Collins concita más de una decena de voces dispares, mediante diarios, relaciones de los hechos solicitadas a los personajes y otros documentos. Y no solo eso: también se trata de considerar el lugar que ocupa como referencia pionera en la historia de las letras universales. Esta incuestionable medalla guarda relación con que la lectura de las cerca de ochocientas páginas muestra, según se van pasando, una trasmutación que nos conduce desde unos presupuestos argumentales con pinceladas góticas y bastantes elementos melodramáticos hasta un relato de pura índole policiaca (diferente, por cierto, a las propuestas analíticas y deductivas que acababa de crear Poe pocos años antes con su personaje Auguste Dupin), un tipo de historia que ningún occidental de la época había podido leer antes de tener en sus manos La mujer de blanco.

¿Cómo plantear una conversión fílmica del regalo que nos hizo Collins, el alumbramiento de ciertos paradigmas pertenecientes al género detectivesco, incluso en su versión más negra y social? Seguramente es casi imposible trasmitir a un espectador ese prodigio artístico (el parto en directo de un género) cuando ya habrá visto infinitas tramas policiacas en su vida, pero en cualquier caso, por una u otra razón, como desafío resulta estimulante pensar en imágenes el ingenio de Collins. A dicho desafío parece que se han enfrentado de manera muy consciente la guionista Fiona Seres y el director Carl Tibbets con La mujer de blanco de 2018, miniserie de cinco episodios, con una duración de una hora cada uno, que hace poco ha estrenado en España la plataforma Filmin.

La concepción general del conde Fosco es el principal demérito de un trabajo que se recomienda disfrutar intentando no acordarse mucho de la novela, aun cuando el argumento casi permanece tal cual: tenemos al joven profesor de dibujo que se traslada a Casa Limmeridge para enseñar a la sobrina del señor Fairlie y a la hermanastra de esta, a la misteriosa dama que se aparece por los páramos, al peligroso baronet Sir Percival Glyde, etc. Pese a los dos o tres cambios con los que el lector torcerá irremediablemente el gesto (¡falta el inolvidable epílogo en París!) lo mejor de este trabajo pasa por que Seres y Tibbets parecen no haberse contentado solo con la consabida maestría en la ambientación y en la palabra muy bien dicha (y muy bien pronunciada) que suelen caracterizar las producciones británicas de este tipo.

Ambos proponen, por ejemplo, una interesante solución a la cuestión de la polifonía textual al incluir al nuevo personaje del escribano, quien toma testimonio a los protagonistas en el intento «de armar el caso» y termina apropiándose de una parte de las tareas detectivescas que cumplía Walter Hartright en el original. Y en lo concerniente a la denuncia que la novela contenía sobre la posición legal tremendamente desventajosa que una mujer casada tenía respecto al marido, y las puertas que dicha circunstancia abría a los peores abusos, el mensaje se renueva con diligencia y sin desnaturalizar el concienzudo tratamiento de los personajes femeninos por el que se distinguía el novelista victoriano. Jessie Buckley (Judy, la serie Chernobyl) compone una Marian Halcombe tan atrayente y peleona como la que aparecía en las páginas del libro; mientras que Olivia Vinall, cuya presencia en pantalla suscita a menudo una extraña sensación incómoda, un punto bastante a favor, interpreta a Laura Fairlie y Anne Catherick, dos personajes que los adaptadores tratan con un cuidado especial.

Tibbets se aplica en ofrecer una puesta en escena fuera de conceptos televisivos habituales, si bien cabe decir que cuando llegamos al cuarto capítulo percibimos que el realizador se ha encerrado un poco en su propia rutina estilística. De cualquier modo, es indudable cómo imprime un sello propio a La mujer de blanco, privilegiando unos planos generales donde la composición deja las figuras humanas en la mitad inferior y un gran espacio libre en la superior, como si así se aprisionara aún más a los personajes bajo las extrañas desventuras que sufren. A ello se suma la primorosa iluminación natural de interiores, principalmente con velas y  estrechos haces de luz provenientes de las ventanas. En definitiva, seguro que la miniserie establecerá una confrontación con las experiencias lectoras de quienes hayan disfrutado a Collins, pero sin lugar a dudas toca unas teclas entre lo oscuro y lo etéreamente misterioso muy satisfactorias. Avisados están los apasionados tanto de las historias de época como de las intrigas al estilo decimonónico.


Puede ver LA MUJER DE BLANCO en Filmin



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