El amor es el verdadero mal

Yago Paris


En una de las primeras escenas de The Love Witch, la protagonista, Elaine (Samantha Robinson), conversa con una amiga sobre la manera de encarar las relaciones de pareja. La hipererótica Elaine expresa que está dispuesta a hacer todo lo que haga falta —encantamientos, manipulaciones y asesinatos incluidos, como descubriremos más adelante— con tal de encontrar el amor, aunque a cambio tenga que someterse a los deseos (sexuales) del hombre. La interlocutora, escandalizada ante una actitud completamente adscrita al heteropatriarcado, le responde con indignación, sin darse cuenta de que por el camino se está mostrando como un personaje pacato, simplón, tremendamente fácil de alterar, y con un discurso que no supera el nivel de complejidad de una consigna utilizada en una manifestación.

Anna Biller, la mujer orquesta de esta función —directora, guionista, productora, montadora, compositora, diseñadora de vestuario y escenarios, además de pieza fundamental en el desarrollo de la fotografía—, no pierde el tiempo a la hora de expresar su posición acerca del activismo feminista: si esperas encontrar una palmadita en la espalda viendo esta película, has venido al lugar equivocado. La aproximación al movimiento social por parte de la cineasta es incómoda, compleja, provocadora, llena de matices y contradicciones. O lo que es lo mismo, un buen sopapo en la cara al feminismo mainstream de la cuarta ola.

The Love Witch, recientemente estrenada en la plataforma de vídeo bajo demanda Filmin, es un complejo mecanismo metacinematográfico de múltiples capas de lectura. La cinta funciona, al mismo tiempo, como homenaje y reformulación de la serie B, desde los filmes de terror de brujería hasta el sexploitation, pasando por el cine negro más pulp. La propuesta es claramente autoconsciente: errores de montaje de imágenes o de sonido; interpretaciones fuera de tono, pobres o sobreactuadas; anacronismos, etc. Hay infinidad de detalles que nos indican que existe un juego voluntario de imitación de la puesta en escena de este tipo de cine, pero dicha aproximación se hace desde el amor al género, como reivindicación de la genialidad trash, y no como parodia paternalista. Biller no solo conoce el cine que imita, sino que lo ama, y al mismo tiempo es capaz de trasladar la estética y las maneras de este tipo de cine que se desarrolló durante los años sesenta y setenta,  aplicando por el camino la mirada femenina y feminista de nuestro tiempo.

La realizadora explora los roles de género, exponiendo a las mujeres como poderosas y despiadadas, frente a ridículos e inútiles varones. En este sentido, el uso del amor resulta revelador: las mujeres, enganchadas al amor, harán todo lo posible por encontrarlo, y lo conseguirán porque son más inteligentes que los hombres, aunque tengan que jugar bajo las reglas de una sociedad machista. En el caso de la bruja protagonista, su estratagema consiste en desarrollar una serie de pociones con las que hechizar a sus pretendientes. El problema es que el plan no sale como estaba previsto, y uno a uno estos van muriendo. Una de las ideas más brillantes de la cinta consiste en exponer que los hombres, educados para carecer de emociones, fallecen porque son incapaces de gestionar el maremágnum de sentimientos que el brebaje les provoca. Teniendo esto en cuenta, resulta especialmente significativo que el protagonista masculino sea inmune al encantamiento porque, literalmente, es incapaz de tener emociones. Se trata, por tanto, de una socarrona y certera crítica a la construcción de la masculinidad, pero, lejos de conformarse con la autocomplacencia, Biller coloca la verdadera provocación, el verdadero cuestionamiento, en las figuras femeninas, unos personajes que no queda claro si son feministas, antifeministas, las dos cosas a la vez u otra cosa.

Por si esto fuera poco, existe una capa de lectura todavía más profunda, que en este caso atañe a la sociedad en su conjunto. El amor sobrevuela toda la cinta puesto que es el verdadero asunto sobre el que quiere reflexionar la cineasta. A la hora de investigar acerca del amor romántico, la crítica reformista que propone el feminismo se centra en cómo este fomenta una serie de dinámicas de género que provocan la sumisión de la mujer. Como resultado, se habla de amor romántico patriarcal. Esta aproximación es, precisamente, lo que viene a poner en cuestión Biller. Como incide el teórico Israel Sánchez en su ensayo Agamia, que se incluye dentro del libro colaborativo (h)amor1, el concepto de amor romántico patriarcal «casi nos invita a pensar que, si pudiera eliminarse lo patriarcal, merecería salvarse lo romántico». Por caminos totalmente diferentes, Biller y Sánchez llegan al mismo destino, que consiste en el cuestionamiento de la base, de lo que entendemos por amor, y no de las maneras de aplicarlo, lo que a su vez conlleva una crítica al pensamiento feminista a este respecto. Esto se observa en la construcción de la protagonista, quien, aunque aparentemente triunfadora, en realidad es víctima de sí misma. En última instancia, Elaine vive esclava del amor, en un bucle irresoluble de sufrimiento que es fruto de una manera perniciosa de entender la interacción humana.


Puedes ver THE LOVE WITCH en Filmin


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THE LOVE WITCH

Dirección: Anna Biller.

Reparto: Samantha Robinson, Gian Keys, Laura Waddell, Jeffrey Vincent Parise, Jennifer Ingrum, Lily Holleman, Dani Lennon, Stephen Wozniak.

Género: terror, comedia, sexploitation. Estados Unidos, 2016.

Duración: 121 minutos.

 


 

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