Irene Bullock


Josef von Sternberg propone un interesante y revelador juego de espejos en La última orden (The Last Command, 1928). De hecho, hay un flashback (que se convierte en el centro de la película)  que arranca cuando el protagonista, un extra de Hollywood, Sergius Alexander (Emil Jannings), se mira en un espejo mientras se maquilla. La imagen que devuelve es la de un hombre vencido que se encuentra en un vestuario de extras en Hollywood en 1928. A través de su propio rostro reflejado, Alexander retrocede a su pasado. Sus recuerdos le ubican en los momentos previos a la Revolución rusa, en 1917. Sergius Alexander es un poderoso general, primo del mismo zar, que no obstante es crítico con el poder zarista. Se muestra preocupado tanto por el destino de sus hombres en la Primera Guerra Mundial como por los aires revolucionarios que soplan en la sociedad que le rodea. Sergius Alexander cree firmemente que solo el amor a Rusia puede superar todos los obstáculos.

En La última orden nadie sale bien parado. En una original propuesta de cine dentro del cine, Sternberg dirige una trama donde, si bien no dibuja una Revolución rusa épica (hay sombras en la aristocracia zarista, pero también en los dirigentes revolucionarios), deja además una mirada desgarradora sobre el capitalismo salvaje en el interior de la industria del cine. El punto de vista  que prevalece en esta historia es la de Sergius Alexander. En 1917 conocemos a un hombre altivo, seguro de su poder y orgulloso. Aunque  es cierto que ve  pomposidad alrededor del zar y es consciente de su mal gobierno, no desciende a  otras capas sociales  para ver o analizar el daño y las injusticias  que vive el pueblo. De hecho él se beneficia de todos los privilegios habidos y por haber de su clase. Piensa que se puede calmar la situación política y social siendo buen patriota. Es un personaje con luces y sombras: trata de mirar por sus hombres y se atreve a contradecir las órdenes del poder zarista, pero, sin embargo, también es cruel, violento y se aprovecha de su poder. Años después, nos lo encontramos como alguien decrépito, enfermo y con temblores continuos… Se ha convertido en un anciano humillado que trata de trabajar como extra en un sistema cruel. La película ofrece una respuesta a cómo ha llegado a esa situación.

Hay otros dos personajes claves en la trama: el director de cine Lev Andreyev (William Powell, el futuro detective Nick Charles, en un rol totalmente diferente al de la serie El hombre delgado) que le contrata para una película; y una joven revolucionaria, Natalie Dabrova (Evelyn Brent), que surge del recuerdo del pasado del protagonista. Los dos unirán sus destinos con el general zarista. Con Lev Andreyev hay otro interesante juego de espejos, y él será el punto de unión del pasado y el presente de Sergius Alexander. Cuando empieza La última orden, encontramos a Lev Andreyev como un director poderoso de Hollywood, que viene de Rusia, que está mirando malhumorado las fotografías de varios extras. Todos los que le rodean tratan de adularlo.  No encuentra lo que quiere para su siguiente película, una recreación de la Rusia de 1917, en los momentos previos de la revolución. Hasta que de pronto se queda mirando fijamente una fotografía: ha reconocido a alguien. Da la vuelta a la fotografía y mira el reverso. Ahí aparece el nombre de Sergius Alexander y una ficha donde se da una breve información sobre él. El extra se presenta como un general ruso, primo del zar y con «poca experiencia cinematográfica»; y se ofrece para trabajar cobrando unos pocos dólares. Andreyev pide que se le localice y que se le proporcione un uniforme de general. El ayudante de dirección  llama por teléfono al extra, que vive en una lúgubre pensión, y le cita a las seis de la mañana al estudio.

Posteriormente, durante el flashback (que transcurre en 1917), se descubre que Lev Andreyev trabaja  junto con Natalie Dabrova y que son «actores que actúan para las tropas, pero los tienen fichados como revolucionarios». Sergius Alexander los llama a su cuartel para que pasen un control de pasaportes y decide entrevistarlos en su despacho. Andreyev se presenta como el director del teatro imperial de Kiev, pero los dos chocan hasta tal punto que Alexander golpea al joven revolucionario y manda que lo encarcelen (después, este  huirá en una rebelión en la prisión). Para Natalie Dabrova tiene otros planes, pues se siente atraído por su belleza. Y la convierte en su acompañante,  la chica no duda en seguirle el juego. Quizá sea la oportunidad para acabar con él, desde dentro del poder militar zarista.  Pero ocurre lo inesperado: una historia de amor imposible.

Años después, el espejo devuelve otra imagen. Como hemos dicho, el general es un extra humillado y enfermo, mientras que el joven revolucionario es un director de cine de éxito totalmente integrado en un agresivo sistema capitalista. Un director de cine que está realizando una película sobre la Rusia de 1917. Y ese director terminará mirando con otros ojos al general, aunque al principio le contrata para vivir una especie de justicia poética. Curiosamente los dos personajes más antagónicos, finalmente se encontrarán en un plató de cine, y empatizarán más que nunca en una historia de caídas y redenciones.

Bendito trávelin

Hay un Josef von Sternberg anterior a sus magníficas y barrocas películas junto a Marlene Dietrich. Durante el periodo silente, se mostró como un cineasta con mirada especial y personalidad arrolladora. En su primera película, The Salvation Hunters (1925), creó una historia dedicada a los desheredados de la tierra, donde derrochó sensibilidad y añadió unas gotas de cine social. Después, puso los cimientos del cine negro y de gánsteres en La ley del hampa (1927) y Los muelles de Nueva York (1928). En ellas se apreciaba su cuidado y maestría en la recreación de atmósferas. Y en La última orden ya se evidencia su imagen desencantada y cínica sobre Hollywood, pues no tuvo una buena relación con la meca del cine. Fue una convivencia compleja que le colgó el cartel de cineasta maldito y complicado.

En la película, un intertítulo avisa: «La cola del pan de Hollywood». Y aparece un ejército de hombres, tras la verja del estudio, esperando poder trabajar. Es la cola de la puerta de atrás del sistema de estudios: los extras. Ahí está Sergius Alexander, entre la masa, para prepararse para una jornada laboral. Y La última orden no presenta la imagen glamurosa de Hollywood, sino que se fija en los de abajo. Así, en un espectacular trávelin lateral, vamos viendo cómo este ejército de hombres supervivientes lucha por conseguir  las prendas y objetos  de su vestuario. En una cola eterna, entre gritos y empujones, van pasando por distintas ventanillas donde otros empleados, impávidos, les dan las distintas partes de sus disfraces: uniformes, calzado, gorras y sables. Y a Alexander le arrolla esa tropa de hombres que termina subiendo unas escaleras para llegar hasta unos vestuarios donde deben vestirse y maquillarse. Sus compañeros no muestran ninguna sensibilidad hacia  el anciano, bastante tienen con lo suyo, allí es un sálvese quien pueda, no hay solidaridad alguna entre ellos. Es más, uno le reprocha su temblequeo continuo. Y otro, ante la burla de todos, le quita a Sergius una medalla que ha sacado  ceremoniosamente de una caja y que pretende colocar en su disfraz. Cuando el que se la arrebata le pregunta que de dónde ha surgido esta reliquia, él responde que se la regaló el zar. Y todos se ríen a carcajadas de él. Una vez que recupera la medalla, se mirará al espejo para maquillarse y volverá, con su memoria, al pasado.

Amor imposible

Y Sergius también rememora su amor imposible con la revolucionaria Natalie Dabrova. En el momento que ambos se  darán cuenta  de que están enamorados, habrá otro espejo en la puesta en escena. Según lo vemos en el flashback, mientras Natalie vive como dama de compañía con el general (y recibe sus regalos, como un lujoso collar de perlas) en el Cuartel General, es invitada a una comida con todos los  oficiales  y será testigo de cómo Alexander recibe una orden desde arriba, le piden que prepare una ofensiva improvisada para que esté presente en ella el zar . El general se niega. Sergius es claro: «Correría cualquier riesgo para evitar un sacrificio innecesario». Dabrova empieza a mirarlo de otra manera. Pero tampoco olvida que está ahí para eliminarlo. Después de la comida, le invita a un café en su habitación. Allí oculta una pistola. El general llega, y después de unos momentos de seducción, ve el arma, pero no dice nada. Sigue el juego.  Y se pone de espaldas a la joven, frente a un espejo. A través de este ve cómo ella le apunta con la pistola y que no puede disparar. Ambos se unen en un abrazo. Y Sergius Alexander le dice que será su prisionera de guerra, «su prisionera de amor»…

El general y la revolucionaria, un amor imposible. Más aún cuando, durante un viaje en tren del general con sus hombres, estalla la revolución. Y en una parada, los revolucionarios se enfrentan al ejército del zar.  Sergius Alexander pretende mantener su estatus, pero no lo logra. Cuando Natalie, que viajaba en el tren con él,  se da cuenta de que lo van a linchar, asume su papel de líder de la revolución, y conmina a las masas a que humillen a Alexander y lo conviertan en el carbonero del tren, y que posteriormente lo juzguen en Petrogrado. Logra salvarlo, aunque a él se le cambia el rostro. Ahora es un hombre humillado y abandonado a su suerte. Una vez en el tren, como carbonero y siendo maltratado por todos, Natalie logra llegar hasta él y le confiesa su amor. Le dice que lo ha traicionado para salvarlo, le pide que huya y le da el collar de perlas para que pueda escapar del país. Sergius Alexander salta del tren, y la última imagen que ve es a Natalie despidiéndose de él. A continuación ve aterrorizado cómo el puente sobre el que pasa el tren en ese momento se desploma y los vagones caen al agua helada…

Exiliados en Hollywood

La película refleja no solo el mundo de los extras, sino cómo la meca del cine se fue forjando con muchos exiliados europeos y de otros países que huían por diferentes motivos (sociales, políticos y bélicos) del Viejo Mundo. Durante la revolución muchos rusos blancos terminaron exiliándose y algunos acabaron en Hollywood. Y parece ser que entre el mundo de los extras había algunos que antes habían sido aristócratas o militares de renombre en su tierra natal (también había mucho pícaro que inventaba historias). En el Hollywood clásico pronto estuvo presente el  universo ruso. Durante los años veinte, se estilaba mostrar en las películas culturas desconocidas, lejanas y exóticas, y una de esas culturas era la rusa. Por eso no es extraño que el director de cine de La última orden esté rodando una película con trama rusa. No deja de ser curiosa la evolución de dicha temática en el cine americano, durante sus primeras décadas: se pasó del exotismo a la conciencia política, sin olvidar las adaptaciones cinematográficas de novelas y relatos de narradores famosos. En el Hollywood clásico no faltaban películas con Rusia de fondo: The Red Dance (1928) de Raoul Walsh, La tempestad (1928) de Sam Taylor, Vivamos de nuevo (1934) de Rouben Mamoulian, Ninotchka (1939) de Ernst Lubitsch o La estrella del norte (1943) de Lewis Milestone.

Buscando información sobre los orígenes de la historia que se cuenta en La última orden, existen varias versiones, y todas son llamativas. Por una parte, Sternberg cuenta en sus memorias (Diversión en una lavandería china) que todo partió de una idea que él mismo puso en marcha, y expresa también que la presencia en los créditos de Lajos Biro como creador de la historia, un dramaturgo y guionista húngaro, era tan solo para justificar su nómina en la Paramount. Además, el propio director narra igualmente la presencia en el plató de varios extras de origen ruso, como refleja la película. Leyendo los créditos de La última orden es importante constatar que como escritor de los acertados intertítulos surge el nombre de Herman J. Mankiewicz, futuro guionista controvertido de Ciudadano Kane y hermano del director Joseph L. Mankiewicz. Y como guionista acreditado aparece John F. Goodrich. Sin embargo, circula otra historia más atractiva, y pone en el punto de mira a Ernst Lubitsch. Parece ser que este realizador contó a Emil Jannings una anécdota personal y que esta idea empezó a  correr por los pasillos de la productora hasta que Biro, quizá, realizara un primer tratamiento. Si es verídica la historia, no deja de resultar muy curiosa: Lubitsch reconoció entre los extras de una de sus películas, El príncipe estudiante (1927), a un propietario de un restaurante que le había confesado  que había sido un general ruso.

Lo cierto es que, en cualquier caso, el papel de general ruso y su proceso de caída y humillación hasta llegar a extra de Hollywood era un papel adecuado para Emil Jannings, que llegó a Hollywood en 1926 con su buena reputación de actor alemán a sus espaldas. La última orden forma parte, temáticamente hablando, de una trilogía de oro de este actor. Las tres películas tratan sobre hombres que  desde una buena posición social empiezan a caer sin freno, por distintos motivos, y llegan a los últimos escalones sociales. Las otras dos son El último (1924) de F.W. Murnau y El ángel azul (1930), también de Sternberg, donde este habría de descubrir además a Marlene Dietrich. Como curiosidad, Emil Jannings fue el primer actor que ganó un Óscar en la primera ceremonia que se celebró de estos premios, y se lo dieron por dos interpretaciones: uno de ellas por el papel de Sergius Alexander.

La última secuencia

A la vuelta del flashback, el anciano está preparado para rodar su secuencia. Llaman desde el plató a los extras y se refleja claramente un sistema que explota al trabajador, que lo trata con desprecio y sin respeto. El ayudante de dirección (un tipo maleducado y de lo más desagradable) y el mismo director revisan el vestuario de los trabajadores, formados en fila. Y Lev Andreyev «disfraza» a Sergius Alexander como en sus días de gloria,  facilitándole un abrigo como el que llevaba y una fusta. Ambos se reconocen, y Andreyev le suelta: «Llevo diez años esperando este momento,  Su Alteza  Imperial». El director le explica la escena con ironía y frialdad. Le dice que un soldado se rebelará  y que él tendrá que golpearlo. Y añade: «No le hará falta ensayar, usted usa muy bien el látigo». Todo está preparado.

Se encienden las luces, comienza a funcionar un gigantesco ventilador para simular el viento; un pianista toca el himno nacional ruso y la maquinaría cinematográfica se pone en marcha. El extra se mete tan de lleno en su papel, que se lo cree, regresa a su pasado glorioso y lucha, arrebatando la bandera y arengando a sus soldados para que luchen: «¡Hacia la victoria. Viva Rusia!». Y es tal la emoción y el impacto que sufre, que cae desfallecido al suelo. Lev Andreyev va corriendo a sus pies y lo mira con compasión. Es el único que puede entender qué ha pasado. El moribundo le pregunta si han vencido. Y él le responde que sí. Finalmente, Andreyev trata al viejo extra vencido con respeto. Los dos, de alguna u otra manera, han fracasado en la vida y ambos saben de ideales rotos.

La última orden es cine dentro de cine, un juego de espejos fascinante, donde los límites de la representación de la realidad y la ficción se desdibujan para dejar una obra dolorosa e incómoda, pero con una especial belleza melancólica.


 

 

2 Comentarios »

  1. ¡Uff, qué película debe ser esta! Hace tiempo que debería haberle dado una mirada pero ya no lo demoraré más. Suena imperdible y mucho más bajo tu pluma, querida Irene. Como siempre, lograste contagiarme el entusiasmo por la película que comentás (y nuevamente, como casi siempre, se trata de una peli que no he visto).-
    Muchas gracias por la recomendación y por la pasión que le imprimís, Bet.-

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  2. Irene Bullock, al habla
    Estoy prácticamente segura, Bet, de que te va a entusiasmar La última orden. Gracias por tus palabras, me hacen especial ilusión. La película no solo cuenta una historia apasionante, sino que además está muy bien contada. Merece la pena perderse por la filmografía de Josef von Sternberg.

    ¡Un brindis de champán!
    Irene Bullock

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