Cuando el libertino se convirtió en pelele

Santiago Alonso 


Corría el año 1759 cuando una joven de 13 años llamada Marianne de Boulainvilliers entró acompañada de su tía en una joyería del Palais Marchand de París. Un par de hebillas con piedras brillantes incrustadas habían atraído su atención. 3 luises no era un precio particularmente desorbitado, pero excedía la posibilidades económicas de la familia a la que pertenecían ambas. La señora de la tienda tensó la situación al ponerle las hebillas en la mano a la adolescente y hacer una rebaja. Fue un momento embarazoso porque la tía se negó a comprarlas. Justo en ese momento se acercó un caballero que estaba en la tienda y se ofreció a regalarle el par de joyitas a mademoiselle Boulainvilliers. El responsable de la galantería no era otro que Giacomo Casanova. El gran seductor, sin embargo, no imaginaba que cuatro años más tarde habrían de tener los dos un segundo encuentro muy diferente. Fue en Londres, donde la joven, siendo ya conocida como Marianne de Charpillon, ejercía la prostitución e intentaba relacionarse con la clase alta para alcanzar el estatus de cortesana. Él no la recordaba, aunque ella sí lo reconoció enseguida; él quedó absolutamente prendado y ella se aprovechó de esta circunstancia al máximo. Durante meses, Marianne jugó como quiso con el aventurero véneto, dejándolo siempre con la miel en los labios en cuanto parecía que finalmente se iba a entregar para que el hombre satisficiera su apetito carnal. Así lo dejó escrito el burlador burlado: «Fue en aquel día fatal de septiembre de 1763 cuando comencé a morir y dejé de vivir».

Tal y como demuestran títulos tan dispares en su propósito como Infancia, vocación y primeras experiencias de Giacomo Casanova, veneciano (1969) de Luigi Comencini o Casanova (1976) de Federico Fellini, fijarse en el legendario libertino ofrece un abanico amplísimo de posibilidades, pues muchos fueron los hechos que conformaron su biografía y diferentes los prismas desde los que se pueden observar. El capítulo londinense que ha elegido Benoît Jacquot para rodar Casanova, su último amor constituye a todas luces un buen ejemplo, desde el momento en que al conquistador de mujeres le dieron a probar una buena cucharada de su propia medicina, con todas las connotaciones psicológicas y culturales que ello conllevaba.

La idea es atractiva, pero la nada grata sorpresa viene cuando se comprueba que la premisa se ha malogrado estrepitosamente y resulta casi imposible encontrarle un sentido a la obra. ¿Se llega a concretar un enfoque determinado? Casi nunca, porque a) no se alaba ni se cuestiona al personaje, y la exposición de su crisis existencial es plana y fría; b) la descripción de los usos sociales tiene muchos puntos de interés, pero no son suficientes para sostener el relato; c) una buena cantidad de los episodios tomados de Historia de mi vida, el texto autobiográfico escrito por Casanova, se explican mal, como el de las hebillas, y otros muchos, los más escabrosos, se desechan; d) por un pudor que no se acaba de entender, Jacquot puede poner sin problemas a un señor defecando, pero se limita a enseñar solo dos o tres culos (uno es el del protagonista) y un par de pechos; y e) de filmar una cópula o cualquier otro acto sexual, ya ni hablamos.

Lo peor, con todo, de Casanova, su último amor es comprobar cómo un actor de la talla de Vincent Lindon aparece perdido en pantalla. El director y los guionistas no le dan casi en ninguna secuencia los suficientes elementos para que asimile el carácter del personaje y emprenda la composición del mismo. Le sucede algo similar a Stacy Martin (Nymphomaniac), pese a sus esfuerzos: como oscuro objeto del deseo, resulta tan pocho como el conquistador que queda atrapado en la trampa.



 

CASANOVA, SU ÚLTIMO AMOR

Dirección: Benoît Jacquot.

Intérpretes: Vincent Lindon, Stacy Martin, Valeria Golino.

Género: drama. Francia, 2019.

Género: 98 minutos.

 


 

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