Momentos cotidianos de la humanidad

Santiago Alonso 


Cuando se estrena una película de Roy Andersson, sucede lo mismo que con algunas exposiciones de un artista admirado que demuestra poseer un estilo bien definido: aunque ya sabemos cómo pinta, seguramente vamos a quedar otra vez subyugados ante sus nuevos cuadros. También porque, aparte del símil, hablar de pintura es más que pertinente, pues el director sueco consiguió cristalizar con su Trilogía Viva lo más parecido a una estimulante impureza (ateniéndonos al concepto de impuro según André Bazin) que da por resultado una muy particular pintura cinematográfica o, si se prefiere, un cine pictórico. En ese sentido, Sobre lo infinito está filmada siguiendo el mismo esquema de Canciones del segundo piso (2000), La comedia de la vida (2004) y Una paloma se posó a reflexionar sobre la existencia (2014).

Los 78 minutos de la cinta contienen la consabida sucesión de encuadres estáticos, uno solo por escena, que reflejan un universo donde se entremezclan la cotidianidad, el absurdo y el ambiente onírico. La imagen siempre presenta una apagada tonalidad pastel y el aire sacado de una instantánea preapocalíptica (o puede que post). Los planos generales siguen componiéndose con una rigurosidad medida al milímetro, y la profundidad de campo constituyendo un elemento clave del conjunto. He aquí, otra vez, los lacónicos personajes de rostro pálido que apenas se mueven. Y no falta, a cada instante, una perpetua exploración existencialista.  A veces, esta lleva al llanto, y a veces a la risa; a menudo, se siente como una bofetada.

¿Supone Sobre lo infinito, entonces, una simple repetición? Sí… y no. Porque su autor, como les sucede a muchos pintores y asimismo a muchos poetas, parece que, parafraseando a Ruben Darío, se pasa la vida entera persiguiendo una forma que no encuentra su estilo. Es fascinante observar la evolución de Andersson, cuya puesta de largo, la sorprendente Una historia de amor sueca (1970), estaba cortada con los patrones del cine checoslovaco de la época, según él mismo ha declarado. Después entró en una crisis creativa, que terminó cuando el realizador encontró acomodo en la publicidad, un refugio donde poco a poco ha gestado la marca por la que ahora se le conoce. Something Happened (1987), una polémica pieza inacabada sobre el sida que le encargó el Ministerio de Salud y Seguridad Social de Suecia, y el tremendísimo cortometraje Word of Glory (1991) representan los pasos decisivos que conformaron el modus operandi anderssoniano y su índole reflexiva, el uno y la otra afinados sucesivamente en la trilogía.

Es cierto, el cineasta ya dio con la forma, pero quizás no del todo y aún continúa la búsqueda a sus 76 años. Ahora se propone depurar su cine al máximo, reducir a la más expresiva de las esencias los significados contenidos en sus cuadros vivientes. Aún más si cabe. Asociándose con una voz femenina en off que, a modo de la mítica Sherezade, cuenta y completa mediante pocas palabras lo que se ve, el sueco minimiza hasta el extremo la parte narrativa correspondiente a cada segmento. Sobre lo infinito es una colección de haikus audiovisuales que albergan una pincelada, una semilla. Y en muchos casos se consigue pintar varias anécdotas cotidianas de la humanidad donde, en realidad, palpitan las locuras globales de este perro y, alguna vez también, maravilloso mundo. Para muestra tres botones magistrales: a) la escena quizás más lírica de todas, con unos amantes abrazados que sobrevuelan una ciudad europea destruida por la guerra; b) la interminable fila de prisioneros atravesando una llanura bajo la nieve, camino de Siberia; y c) el baile que se marcan tres chavalas delante de un chiringuito: como en el inolvidable final de Las noches de Cabiria de Fellini, cumple un poco con una función vivificante y salvadora.



 

SOBRE LO INFINITO

Dirección: Roy Andersson.

Intérpretes: Bengt Bergius, Anja Broms, Jan-Eje Ferling, Martin Serner.

Género: drama. Suecia, Alemania, Noruega, 2019.

Duración: 78 minutos.

 


 

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