Lo que era una historia de barrio

Santiago Alonso 


En un bocadillo del prólogo de Dream Team (2013), la novela gráfica que protagoniza un chaval valenciano que es la estrella del equipo de fútbol de su barrio, el guionista Mario Torrecillas y el dibujante Artur Laperla manifiestan a las claras sus intenciones: retratar «un mundo de extrarradio donde los niños muchas veces son más responsables que los padres». La llegada de un ojeador del Arsenal y una posterior mentira piadosa del chico desencadenan los enredos, pues este cuenta que lo ha fichado la escuela del club inglés. La finalidad no es otra que animar e intentar sacar del hoyo a su padre, un macarra bebedor y pendenciero que arrastra una vida desastrosa. Costumbrista al estilo berlanguiano, tal y como declaran los mismos autores, y apostando a la vez por el realismo, pero sin resultar tremendista ni gris, la obra muestra magníficamente sus cartas ya desde la primera plancha, con una sola viñeta a toda página que muestra un sucio descampado, con unos bloques de viviendas a lo lejos, y un cielo muy azul de fondo. El sencillo dibujo, tirando hacia una figuración de trazo infantil, contribuye igualmente a que los serios temas que se tratan no tengan como vía de representación la habitual estética de la marginalidad de muchos relatos con protagonismo popular.

No resulta extraño que Dream Team llamara la atención de Julien Rappeneau, un guionista especializado en adaptar textos ajenos y con larga trayectoria dentro del thriller (las notables Asuntos pendientes y Zulú) que, curiosamente, en su nueva faceta como director, busca materializar un cine comercial de corte amable que no caiga en el buenrrollismo o la sentimentalidad facilona. Más o menos cumplió el objetivo con su ópera prima, Rosalie Blum (2015), basada en las historietas de su compatriota Camille Jourdy. Y ahora, al rodar Una pequeña mentira, pretende algo similar, trasladando el relato de Torrecillas a la Francia de provincias. Sin embargo, la operación esta vez no le ha salido especialmente bien. La causa no guarda relación, desde luego, con el cambio geográfico o lingüístico, sino más bien con que Rappeneau haya desechado casi todas las connotaciones sociales que atesora la obra original y diluido su vital tono costumbrista por aproximarse demasiado a un modelo estandarizado de cine familiar.

Las escasas menciones a las antiguas luchas sindicales del padre (François Damiens), con alguna escena donde entrena a su hijo (Maleaume Paquin) en una fábrica abandonada, y las intervenciones de la asistenta social (Lætitia Dosch) se antojan pinceladas insuficientes para pintar un paisaje humano que se equipare al extrarradio que aparece en Dream Team. Es como si Rappeneau evitara que cualquier atisbo de discurso de veras inquieto  le arruinara la función. De acuerdo, la cinta plantea con tino un canto final a favor del colectivo frente al individualismo, pero no recoge muchos guantes que asoman entre las páginas del tebeo. El francés rehúsa cuestionar, sobre todo, lo que precisamente no es una mentira pequeña ni piadosa: el fútbol actual, puro negocio mediático; promesa de fama y riquezas que acaba alejando del sentido del deporte a los chavales.



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