Otra noche más en la morgue

Santiago Alonso 


Existen varias secuencias memorables en el cine de terror que transcurren dentro de un depósito de cadáveres, un espacio donde ciertas aprensiones se le disparan sin dificultad a cualquier persona. Encontramos ejemplos en las italianas Tensión (Armando Crispino, 1975) y El más allá (Lucio Fulci, 1981). Asimismo hay clásicos que directamente hacen de ese último lugar de tránsito, antes de que la tierra cubra nuestros cuerpos o las llamas los incineren, su escenario principal, como la muy gore y divertida Re-Animator (Stuart Gordon, 1985). Hace dos temporadas nos llegó incluso una propuesta originalísima, La autopsia de Jane Doe (André Øvredal, 2016), cuyo mecanismo narrativo iba al compás de una intervención forense paso por paso.

En realidad todas estas historias siempre se rigen por la premisa de que los muertos, tarde o temprano, debido a una u otra razón sobrenatural, resucitarán y atacarán a quienes tengan la mala suerte de encontrarse allí, casi siempre trabajando. Por eso, ante un largometraje que anuncia un nuevo paseo macabro por una morgue, uno espera que sus responsables vayan a plantear algún tipo de hecho distintivo que se salga de lo ya visto. El primer prólogo de Cadáver no presagia nada bueno al presentar ¡una escena de exorcismo!, con todos los típicos elementos de una temática exprimida ya hasta el aburrimiento. A continuación, el segundo prólogo tampoco da muchas esperanzas: una chica con serios traumas emocionales cree que lo mejor que puede hacer es trabajar en el turno de noche del depósito de un gran hospital, y mientras le explican todas sus labores intuimos que están anticipando sin gracia lo que sucederá durante la próxima hora y pico: cómo se generará la tensión, dónde sucederán los sustos, qué equivocaciones cometerá la protagonista, qué puertas se abrirán, por qué esquina aparecerán las sombras… El largometraje no ofrece ni una idea visual, una singularidad narrativa o un desparrame fílmico que justifique la atención del público. Bueno, hay una escena con la compuerta de una cámara frigorífica que se zampa a un guardia de seguridad, pero al final, viendo el conjunto, quedan patentes los pocos esfuerzos hechos para camelarse al espectador, ni siquiera al menos exigente de la sala.



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