Yo soy la verdadera Claudine

Santiago Alonso 


En su libro Mi aprendizaje (1936) y en la primera edición de las novelas de Claudine publicadas con su nombre, Colette contó cómo había empezado a finales del siglo XIX a trabajar de escritora fantasma bajo las ordenes de Monsieur Willy, con quien estaba casada. Y señalaba también que esa petición conyugal con nulo reconocimiento hacia su persona la llevó, paradójicamente, a adquirir la rutina de escribir y a emprender después su futura carrera en las letras, porque hasta el momento había carecido de vocación literaria. Todo empezó el día que el esposo le pidió que narrase sus recuerdos de colegiala y ella lo hizo, sugestionada, además, por la utilización de unos cuadernos parecidos a los viejos cuadernos escolares, como si fuera una adolescente que hacía sus deberes. El texto se convirtió años después en la novela Claudine en la escuela (1900), publicada con la única firma de Willy, y supuso un bombazo editorial sin precedentes que tuvo cuatro continuaciones. Recordemos: Claudine fue un modelo de chica libre según los valores nuevos para un siglo nuevo, inspirando, incluso, modas y costumbres entre las jóvenes francesas.

No es, ni mucho menos, el único episodio en la vida de esta ilustre escandalosa que daría para un sugerente relato biográfico, aunque sí es el que, tal vez, ejemplifica mejor la idea de la mujer que conquista una personalidad propia a despecho de una sociedad regida por hombres que, incluso, le niegan la autoría de su voz. Así lo vio el tándem formado por el matrimonio Wash Westmoreland y Richard Glatzer (este último solo en funciones de coguionista, pues falleció un año antes del rodaje), diríase que casi como retrato femenino inverso al de su anterior cinta, la cruel Siempre Alice, donde precisamente, a causa del Alzheimer, la personalidad de la protagonista se iba disolviendo. Colette intenta, en ese sentido, activar toda la carga reivindicativa que tienen los hechos. Su concordancia con las actuales actitudes de liberación de la mujer la hace más que pertinente. La elección del discurso, entonces, interesa. Lo malo es lo poco estimulante que resultan tanto la académica dirección como un guion, paradoja que se repite a menudo en muchas películas biográficas, abrumadoramente convencional cuando se habla de un individuo que no lo fue.

Una muestra de la escasa soltura dramática cobra evidencia en muchas intervenciones de los personajes, tan cortas y tajantes que casi les faltaría un hashtag, lo cual viene a recalcar que se ha desaprovechado la oportunidad de ofrecer al espectador alguna idea con una elaboración mayor a la de plantar sin más un lema. Al final, todo el peso acaba recayendo en otros creadores: están los intérpretes —Keira Knightley aporta una consistencia muy particular a cualquier película de época; Dominic West hace una notable y en absoluto plana caracterización de Willy— y, después, quienes han concebido la ambientación. Solo los lugares, los objetos y los trajes confieren un poco más de vida a Colette.



 

COLETTE

Dirección: Wash Westmoreland.

Intérpretes: Keira Knightley, Dominic West, Eleonor Tomlinson, Denise Gough.

Género: drama, biografía. Reino Unido, Estados Unidos, 2018.

Duración: 111 minutos.

 


 

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