Entrevista con la directora de ‘El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados

Santiago Alonso 


Regresaba de su viaje triunfal a Nueva York a bordo del Sussex. Por fin, después de una vida luchando para que se le reconocieran sus cualidades de compositor, Enrique Granados (1867-1916) lo había conseguido. Pero hacia las 14.50, cuando la monumental embarcación cruzaba el canal de la Mancha, todo se truncó repentinamente. Un submarino alemán torpedeó el Sussex, cuya proa se hundió muy rápido. Entre los fallecidos se encontraban Granados y su mujer Amparo. El mar se tragó sus cuerpos.

Tomando como título una de las seis piezas para piano de la suite Goyescas, la directora Arantxa Aguirre rescata en el documental El amor y la muerte la figura de Enrique Granados. Por una parte divulga el relato biográfico, desde el nacimiento hasta el trágico y repentino final. Por otra, ayuda a devolver la música al público, para que la disfrute y la sienta viva, reuniendo varias versiones a cargo de artistas (músicos clásicos y flamencos, bailaores y cantaores) como Rosa Torres-Pardo, Evgeny Kissin, Nancy Fabiola Herrera, Carlos Álvarez, Rocío Márquez o Juan Manuel Cañizares. Arantxa nos habla sobre el proyecto durante una conversación que se inicia como continuación natural de otra previa, que tuvo lugar cuando presentaba su anterior trabajo.

 

Hace un año, antes de que se estrenara Dancing Beethoven, hablamos de la escasa repercusión de estas películas. No es que no tengan público, sino que el panorama cultural les impide llegar a la primera línea. ¿Cómo fue el estreno y el posterior recorrido?

Para mí ha sido un milagro. No podía esperarlo. Ha ido bastante bien en salas. En Barcelona estuvo cinco meses en los cines Balmes con una sesión diaria. Ha roto mis esquemas porque yo vengo del pico y pala, de muchos años de trabajo duro en este tipo de proyectos. Como te dije entonces, estoy convencida de que existe gente que aprecia esto. El gran problema es que no se entera de que existe. La publicidad y el ruido mediático van por otro lado. Un pena. Trabajos de este tipo son, en cierto modo, actos de resistencia contra un ruido y un estruendo que no comparto. Con Dancing Beethoven se abrieron una serie de puertas y esta película se va beneficiar de ello.

La pregunta más fácil que puedo hacerte es, tal vez, la más compleja de contestar. ¿Por qué Enrique Granados? ¿Por ser una figura fundamental tan desconocida?

Sí, precisamente por eso. Es en sí mismo algo triste, pero ante lo que yo me froto las manos. Qué oportunidad. Una magnífica historia tan cinematográfica en todos los sentidos, tan apasionante, tan significativa y que no está contada. He trabajado en muchos documentales fuera de España, algo que te enriquece, aunque también te sientes siempre como una extranjera. Tenía ganas de trabajar con mi propio patrimonio y mi propia cultura. Si no conoces tus raíces ni las tienes presentes, si no sabes de dónde vienes, mal vas a poder hablar de otras cosas.

¿Cuál fue el siguiente paso?

Una figura fundamental ha sido la pianista Rosa Torres-Pardo, que es también coproductora. Había hecho con ella hace años una película sobre el padre Soler, otro compositor español, del siglo XVIII. El hombre se había pasado toda su vida componiendo en su celda del monasterio de El Escorial y no quedaba ni un retrato de él. Hacer una película con esos mimbres es como subir el Everest, un desafío ímprobo. Gracias a la energía y las ganas de Rosa me metí en el proyecto, que salió airosamente adelante, y aprendí muchísimo. Y luego, después de Dancing Beethoven, era difícil mantener el nivel, pues ahí contaba con la Novena Sinfonía, un coro, cuerpos de baile… todos materiales muy espectaculares. Para El amor y la muerte tenía que arreglármelas para encontrar otro tipo de estímulos visuales, como la animación. ¿No tengo un coro? Pero sí a Ana Juan, una ilustradora maravillosa.

La directora Arantxa Aguirre

¿Por qué elegiste un biografía lineal de Granados? ¿Te planteaste otras posibilidades?

Podía haber hecho flashback con el final, pero después de eso ¿qué más vas contar? Es un final inesperado, brutal, trágico. Opiné que era la mejor manera de acabar y eso me obligaba a seguir cierto orden, también para que fuera más tremendo el corte brutal del destino. Una vida que discurría y, de un segundo para otro, fue interrumpida. He querido reconstruir esto, la injusticia del destino.

Y pensar en qué se habría convertido si hubiera sobrevivido. Porque estaba en el punto más alto de su carrera.

En su mejor momento creativo. Lo dice en esa carta conmovedora, cuando está en el Metropolitan de Nueva York. Siente que está empezando, que todo está por venir.

¿Todo lo narrado en off lo has extraído de sus cartas?

Sí, son las cartas. Tuve la suerte de que Mirian Perandones editara la correspondencia epistolar de Granados con motivo del centenario. Nosotros llegamos un poco tarde, pero nos permitió contar con ese libro, que para mí significó una visión fundamental. Porque oyes a Granados directamente, sin intermediarios. Es lo que el escribía a sus amigos, su voz.

¿Y la recopilación de cuadros y fotos?

Una labor de búsqueda inmensa. La documentalista Lucía Laín hizo una labor soberbia. Había mucho material. Yo no quería esa sensación de fotos medio malas, de poca calidad de imagen, sino mucha brillantez para que aguantará en pantalla grande, y también se sumó el proceso de limpiar y colorear. Al poner el color, de repente, el personaje vive. Las personas que se han encargado han hecho un trabajo de chinos.

Una de las señas de identidad Dancing Beethoven era lo multiciplinar. Y aquí, aparte de los números musicales y la danza, has conjugado el uso de una cámara o la música con otras disciplinas.

Ahora que me he metido en el mundo del modernismo he comprobado que es algo que le viene muy dado y le corresponde a la historia, la unión entre las artes. He tenido suerte de que algunos contemporáneos de Granados fueran Ramón Casas, Santiago Rusiñol o Francisco Miralles, una serie de pintores que eran sus amigos y estaban descubriendo una manera nueva manera de pintar. Una riqueza que me he traído.

En las imágenes fijas, como fotos o algunos cuadros, has hecho algún tipo de intervención, pero casi siempre mínima.

Cada tema pide su tratamiento. No pide lo mismo Granados que Beethoven. Granados era una persona elegante, con un sentido refinado de entender el arte. Entonces yo tenía que seguirlo. La elegancia es la contención, y por ahí iba el aire que me pedía el personaje.

Has acercado mucho la cámara. Al contrario de otros trabajos, donde había mucho plano general para abarcar los cuerpos en movimiento, has trabajado mucho con el detalle. Pienso, por ejemplo, en el teatrillo de figuras diminutas.

Sí, también me lo pide la música, es más intimista. Granados no solo era compositor, sino también pianista que empezó en un salón, y eso te obliga a un tratamiento también más de salón. La sutileza y el registro de Granados tenían que acompañar mis elecciones.

Me han gustado mucho los momentos en los que está presente la mezcla entre cine y pintura, un poco a la manera de gente como Luciano Emmer. Como la escena con la maja desnuda y la cámara recorriendo su pierna.

La verdad es que es mi parte favorita de la película. El cine y la pintura tienen mucha relación porque son dos artes visuales, pero, claro, el cine tiene movimiento. Por eso se lleva tan bien con la danza. La pintura es estática. A la pintura le puedes conseguir un movimiento que no sea gratuito, mover la cámara por mover la cámara. En ese plano que tú dices en concreto, el perfil de la Maja para mí representaba un paisaje, un horizonte. Dos artes pueden darse la mano para contar otra cosa.

Y cuidas la dirección, como haces en los planos y contraplanos, arriba y abajo, de las escaleras de París.

El documental es una vía muy rica y muy fértil del cine. A mí me da pena que la gente diga: «es documental, pero está bién». Pero ¿Cómo que pero? El documental por sí mismo tiene un enorme valor. Los reportajes televisivos, hechos muy deprisa, han pervertido la noción que se tiene del género. «¿Cuándo vas a hacer una película?» ¿Perdón? ¡Es que esto es una película!

Uno piensa inevitable en cómo es este país, en cómo trata su cultura, cuando la primera persona que habla en El amor y la muerte, un experto en el compositor, es estadounidense.

Vamos a ver, la única biografía en el mercado estaba en inglés, escrita por este hombre. La única que existía. Se habían hecho antes algunas en los cincuenta, pero los autores no vivían, y era un tipo de escritura… Walter Aaron Clark es un psicólogo muy prestigioso que vive en Los Ángeles, se ha dedicado a la música española y tiene otra biografía sobre Albéniz. La de Granados es seria, en el sentido moderno, con notas, referencias. Pues es lo que hay. Pero me parece también que tiene un punto bonito que los demás vengan a interesarse por lo nuestro, igual cuando voy yo a hacer algo sobre Beethoven.

En definitiva, hay que ver este documental como un acto de justicia.

Sí, un acto de resistencia. En vez de protestar y quejarme, porque no me gusta quejarme, hago cosas. Esa es mi forma de resistir a lo que no me gusta.

El año pasado hablabas en los mismos términos.

Tenemos un patrimonio poco conocido y hay varias actitudes. Una decir que qué desastre este país. Y otra, vamos, qué bien, hay cosas que contar.

¿Qué ha pasado con tu idea de preparar algo sobre Galdós, una figura, como comentábamos, injustamente tratada por la cultura y la sociedad?

Es un caso muy flagrante.

Y que no ha prendido la chispa en la gente que hace hoy cine. Por ejemplo, Dickens, las hermanas Brontë, Wilkie Collins y etcétera, funcionan en Reino Unido como un patrimonio cultural que pasa a las películas, las series… No veo a nadie adaptando a Galdós aquí y ahora. Si no me equivoco el último fue José Luis Garci.

Pues es una pena, porque los ingleses aprenden así. Los narradores del XIX se caracterizaban por el dominio de contar una historia. Si tú no bebes de esas fuentes, eres tonto. Galdós es un gigante. Todas sus novelas, todos sus Episodios… Si no vas a las fuentes te estás limitando a ti mismo. Esa riqueza de personajes, el plantel de secundarios… Te pone delante a la humanidad.


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