Balada de dos corazones difíciles

Santiago Alonso 


Una misma canción en tres momentos diferentes. El primero tiene lugar en la Polonia de la inmediata posguerra, cuando un grupo de folkloristas, que recorre el país recogiendo cantares y otras manifestaciones musicales autóctonas, graba a un aldeanilla cantando Dos corazones, una hermosa balada sobre amores difíciles, por no decir imposibles. El segundo momento transcurre años después, en el efervescente París de los cincuenta, cuando asistimos a la grabación del mismo tema en clave de lánguido jazz por parte de Zula, la protagonista de la historia. Y la tercera vez que la escuchamos es solo su melodía, tocada dentro de una desesperada improvisación bebop que ejecuta al piano Wiktor, el protagonista. De esta manera cambiante aparece Dos corazones (y no es la única pieza que lo hace así) a lo largo de Cold War, el fantástico nuevo trabajo de Pawel Pawlikowski, una película que funciona en sí misma como la hermosísima transposición cinematográfica de la clásica y atemporal balada popular que narra las cuitas de dos enamorados enfrentados no solo al mundo que les ha tocado vivir, sino igualmente a la inestabilidad y las incompatibilidades de la propia relación. En el caso presente las turbulencias tienen como escenario el bloque socialista de la segunda mitad del siglo XX.

Inspirándose, según ha declarado, en la personalidad de sus padres y manteniendo solo algún hecho biográfico, el director traza las idas y venidas de la pareja mientras moldea a su conveniencia la música y el tiempo, esto último mediante una impecable narración hecha a base de elipsis. El arrebatador viaje cinematográfico que nos propone Cold War está proyectado bajo los mismos presupuestos estéticos de Ida (2013), y de hecho, a pesar de las diferencias argumentales, se puede afirmar que ambas películas forman un díptico compacto con el que Pawlikowski ha regresado a su país natal —conviene recordar que su carrera se había desarrollado hasta ahora en Reino Unido— y forjado a la vez un estilo muy diferente a todo lo que había rodado antes.

Otra vez junto con el director de fotografía Lukas Szal y los diseñadores de producción Katarzyna Sobanska y Marcel Slawinski (imprescindible es destacar su labor), el cineasta obra el milagro de hacer una película palpitante que parece beber directamente de los sustratos artísticos que dieron forma al espíritu general de los distintos nuevos cines europeos allá por los cincuenta y sesenta. A años luz de vacuos esteticismos, el blanco y negro de su estilo fotográfico aporta una veracidad genuina a Cold War; y el empleo del formato 1: 1.33 (comúnmente conocido como pantalla cuadrada) se plasma con sabiduría, aprovechando al máximo sus posibilidades mediante la composición, la profundidad de campo y, solo cuando es necesario, el movimiento de la cámara.

No menos determinantes son el trabajo que hace Joanna Kulig interpretando a Zula y un final que marca la principal diferencia de Cold War respecto a Ida. En la anterior película, Pawlikowski empañaba la excelencia durante los diez últimos minutos de metraje, porque apenas aportaban nada a lo ya contado; para esta ha rodado un cierre fabuloso: no es coda ni estrambote, sino el soberbio compás final al que la triste balada ha conducido a los protagonistas.



 

COLD WAR

Dirección: Pawel Palikowski

Intérpretes: Joanna Kulig, Tosz Kot, Borys Szyc

Género: drama, musical. Polonia, Reino Unido, Francia, 2018

Duración: 88 minutos

 


 

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