Amigos a pesar de todo

Jesús Cuéllar


Mudar la piel se inicia con una toma, la de una cabina del teleférico madrileño suspendida sobre el suelo, que más adelante se repetirá, como se repetirán también las imágenes de los protagonistas del film reflejadas en péndulos deformantes. De ese modo, y con una conversación de fondo cuyo significado no entenderemos hasta mediado el metraje, los autores de Mudar la piel nos indican desde el principio la ambigüedad de su propuesta y de los hechos que narran.

Ana Schultz y Cristóbal Fernández han creado un artefacto fílmico que se plantea inicialmente como una indagación familiar: Ana quiere saber por qué su padre, Juan Gutiérrez, antiguo negociador entre ETA y el Estado español, considera que Roberto, que fue tanto su mano derecha en esas labores de mediación como, a la vez, espía del CESID, sigue siendo su amigo. A través de las conversaciones de Ana con su padre y también con su madre va surgiendo en penumbras el turbio personaje de Roberto y, después de una introducción deliberadamente esquemática a la situación del País Vasco en los peores años de plomo (décadas de 1980 y 1990), los testimonios familiares se entreveran con una realidad política confusa, plagada de muertos, manifestaciones y negociaciones truncadas por culpa de filtraciones interesadas, pero de origen incierto.

Schultz y Fernández «persiguen» a Roberto para que desvele misterios personales y políticos que ni siquiera Juan Gutiérrez tiene interés en desvelar. Se preguntan qué tiene que ganar el exespía al aparecer en el documental, algo que no se preguntan sobre el padre de la directora, actor primordial de la trama y, por vía familiar, de la película. Incorporan a su obra, tal como les aconseja el propio Juan Gutiérrez, los sorprendentes avatares del proceso de filmación, las mutaciones que la cinta va sufriendo con el tiempo a base de salvar obstáculos inesperados. Y en ese proceso Schultz y Fernández se vuelven narradores tan poco fiables como el escurridizo exagente que centra todos sus desvelos e incurren en rocambolescos engaños como los que utilizó Claude Lanzmann para conseguir testimonios de algunos de sus testigos para Shoah (1985).

Está claro que Mudar la piel, consciente sin duda de los equilibrios que un negociador tiene que hacer para reunir a partes enfrentadas, pretende abrir puertas a la interpretación, sin ofrecer una versión unívoca del llamado conflicto vasco. De manera que, lejos de responder a los interrogantes de toda índole que la película plantea, sus directores y guionistas suscitan dudas adicionales, tanto políticas como artísticas: ¿por qué Juan Gutiérrez, que aquí emerge como un sabio humanista, se granjeó la confianza tanto de ETA como del Gobierno español? O ¿es lícito ofrecer al espectador gato por liebre para retratar una realidad, ya sea familiar, política o histórica, que siempre se nos escapará?

Por otra parte, al contemplar esta absorbente película, este crítico se pregunta ¿por qué se acentúa cada vez más la tendencia a utilizar a la propia familia para articular discursos fílmicos, tengan o no trascendencia sociopolítica (como en El pacto de Adriana, de Adriana Rivas; El señor Liberto y los pequeños placeres, de Ana Serret; o Muchos hijos, un mono y un castillo, de Gustavo Salmerón)? ¿Es ésta la respuesta, entre perpleja y analítica, de los cineastas y los artistas en general a ese nuevo mundo en el que la privacidad es una mercancía con la que trafican Facebook o Gran hermano?

En un momento clave de Crónica negra de Jean-Pierre Melville (1972), el comisario interpretado por Alain Delon repite una frase atribuida al mítico policía Eugène-François Vidocq: «Los únicos sentimientos que el hombre ha podido inspirar en un policía son ambigüedad y frustración». Son los mismos que envuelven las complejas realidades que sólo podemos atisbar en esta fascinante película.



 

MUDAR LA PIEL

Dirección: Cristobal Fernández, Ana Schulz

Género: documental. España 2018

Duración: 89 minutos

 


 

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