Entrevista con el protagonista de Casi 40

Santiago Alonso 


En 1996, David Trueba debutó en la dirección de largometrajes con La buena vida, una mirada a la adolescencia como etapa decisiva del aprendizaje humano caracterizada por ser un cúmulo de sinsabores y pérdidas. Encontró a sus dos protagonistas en institutos de secundaria. Eran Fernando Ramallo y Lucía Jiménez, quienes, tras esa primera experiencia tan satisfactoria, emprendieron sus respectivas carreras dentro del mundo de la interpretación. Los tres se han reunido ahora de nuevo y estrenan una peculiarísima road movie que lleva el revelador título de Casi 40, una producción cinematográfica de guerrilla en torno a dos personajes que, después de muchos años sin verse, recorren juntos las carreteras de España y unos lugares de provincia que el mismo Trueba ha tratado recientemente en la novela Tierra de campos.

Él estaba enamorado de ella. Ella fue cantante de éxito hasta que lo acabó dejando. Él le ha conseguido a su amiga unos bolos en librerías y bares, y ella ha accedido a tocar, tomándose unas vacaciones guitarra en mano. Canciones, diálogos y paisajes delante de una cámara. La constatación de que el tiempo ha pasado, de que sigue pasando y de que pasará. Con estos elementos se construye un relato cinematográfico con la finalidad de que la pareja protagonista compruebe «qué ha pasado en el otro al cabo de tanto tiempo», nos explica Ramallo nada más comenzar una charla durante la cual se percibe su sincero e incondicional entusiasmo por el proyecto. Y continúa: «La peli habla sobre todo del presente. Se mencionan el pasado, las cosas que se han perdido y, sobre todo, lo que se ha olvidado, pero no es un retrato nostálgico».

 

Casi 40 aúna tres reencuentros. En primer lugar, el de la historia, es decir, el de vuestros personajes. Después está el de los espectadores con los dos actores que conocieron en La buena vida. Y por último, el profesional, dentro del rodaje, de vosotros dos con el director.

Con David sí que había trabajado más veces después. En la serie ¿Qué fue de Jorge Sanz? participé en un capítulo especial. Algún corto he rodado con él. A Lucía hacía tiempo que no la veía, pero hemos mantenido contacto los tres, en presentaciones de algún libro de David o de alguna película de Lucía. Siempre hacíamos por vernos. Y como ha dicho ahora David, pues nos ha encontrado más mayores, mejores como actores, aunque, precisamente por ello, con más trucos de actores. Lo difícil ha sido quitarlos para la película. Me obsesionaba haber hecho La buena vida porque pensé que, sin tener nada que ver con esta, para la gente sí existe el recuerdo.

A eso me refería, es automático pensar en ella.

Claro. A nosotros nos pasaba en el rodaje también. Cuando veía a Lucía, sobre todo hacia el final, recordé La buena vida y eso, claro, está en la película. Lo que pasa es que no es necesario haber visto aquella porque esta se va a entender igual.

He leído, no sé si será verdad, que David no ha vuelto a ver La buena vida desde entonces.

Sí, eso es verdad. La vio cuando la montó y la llevó a festivales, y en el estreno, pero no la ha vuelto a ver. A mí me pareció curioso, también me sorprendió.

¿Tú la viste antes del nuevo rodaje?

Cada vez que la ponen en la tele la veo. (Risas)

Fernando Ramallo en una escena de Casi 40

¿Cuál fue tu reacción cuando te contactó para un nuevo proyecto?

Fue muy natural. David nunca te dice: «¡Ey!, hay una película que quiero que rodemos…» De hecho esto no se sabía qué iba a ser. Si película, documental… La han llevado a Málaga, ha ganado el premio del jurado y eso lo hace todo más profesional y que tengamos distribuidora, pero en principio era algo que habíamos rodado entre nosotros al margen de la industria y por un capricho personal. A mí me apetecía muchísimo. Llevaba mucho tiempo sin hacer cine. Y Lucía igual, Lucía ha estado haciendo mucha televisión, pero cine nada.

Ante un proyecto tan particular, ¿cómo os preparasteis? ¿Hubo algún tipo de rutina concreta fuera de la habitual?

Bueno, fue aprendernos el texto y luego todo muy de improvisar con los lugares. Al ser un proyecto tan personal te permitía ir al sitio que David tenía planificado en la cabeza para rodar, y si no le gustaba, la luz no era bonita o no tenía el paisaje que él esperaba, pues íbamos en la furgoneta y buscábamos otro sitio. El rodaje fue una experiencia de vida. Íbamos en la furgoneta los personajes y los actores, todo mezclado.

¿Hicisteis un rodaje seguido o hubo interrupciones?

Como siempre pasa en el cine, no fue en orden cronológico, porque dependíamos de las localizaciones, pero sí, fue seguido. Nos montamos en una furgoneta y cuando acabó el rodaje nos volvimos a Madrid.

¿Hay alguna escena en particular que, al parar la cámara, tú pensaras lo bien que había salido? Después te digo cuál es la mejor, según mi opinión.

Una me costó mucho y es de las que más me gustan, cuando ella cuenta lo que le pasó con el grupo. Yo no la miro mucho, estoy como de espaldas, en una especie de restaurante. Había muy poco contacto visual y salió muy bonito. Pensé que iba a ser un momento muy bueno. Y luego, obviamente, la escena importante del final. Tengo la impresión de que esta nace siendo ya una peli de culto. Suena un poco pretencioso, pero es lo que pienso. Dentro de diez años seguirá teniendo algo especial. Y esa escena es la que la transforma en algo más de culto, ¿no?

Entonces coincidimos. Es la que te iba a decir. Esa escena es estupenda. Los dos en la habitación y ella te canta la nueva canción…

Ahí hubo magia. Y ahí sí que recordé La buena vida, en la que hay una escena donde Lucía tiene la guitarra y yo la miro completamente enamorado. Además, David lo ha hecho muy bien. Hay momentos en los que yo aparezco y estoy de espaldas. Y para un director eso es arriesgar, dar así importancia a uno de los personajes. El espectador, todo el mundo, se va con Lucía y hace que se entienda la película y el viaje de su personaje.

Sin desvelar nada a quienes nos lean, la escena de cierre, dos o tres más adelante, también me parece estupenda.

David deja siempre muy abiertas las películas. Y no tienen moraleja. No quiere aleccionar. Para que cualquier espectador se identifique o no.

Y hablando de las canciones, ¿cómo organizasteis los conciertos?

A ver, los sitios donde cantaba Lucía eran reales. Nosotros decíamos que estábamos rodando algo. No había tiempo de ensayar o preparar el rodaje contratando figuración. La gente pasaba por ahí y se quedaba si quería verla cantando. Y eso se grabó.

Fernando Ramallo y Lucía Jiménez en Casi 40

Vuestros personajes representan dos personalidades contrapuestas que, sin embargo, a mi modo de ver, también pueden coincidir a veces en un solo individuo. A Lucía le gusta pensar a veces en el pasado, pero no se queda en él y siempre mira hacia adelante. Tu personaje sí siente añoranza del pasado y practica siempre un discurso quejumbroso. No sé, me dio por pensar que quizás representan dos impulsos existentes dentro del mismo David, si bien siempre gana la primera faceta, como se comprueba leyendo sus textos u oyéndolo hablar.

Habría que preguntárselo a él. Nosotros hemos hecho un poco lo que él quería ver. Supongo que cuando un director hace una película, todos los personajes hablan un poco de él.

¿Y tú eres más ella o el tú de la ficción?

Pues no lo sé. Tengo parte de los dos. Lucía es más Lucía, ¡seguro! Porque es una persona muy positiva y alegre en la vida real. Yo sí que tengo esa parte nostálgica y más, bueno, que echa de menos cosas. Sí, quizás… Pero también tengo la parte de Lucía, sobre todo ahora que me he hecho mayor. Uno no puede estar siempre en la nostalgia, porque al final se pasaría la vida recordando.

Hablemos del personaje de la periodista. Hay una pulla amable hacia alguna de las manifestaciones de la profesión…

¡Ah!, pues eso nos lo ha preguntado mucha gente. David lo hace con todo el cariño porque muchos amigos suyos son periodistas y él, además, estudió la carrera. Ahí él quería hablar más de las cosas pequeñas, los pueblos y los lugares donde puede empezar todo. Esta periodista de provincias, entre comillas, como se explica ahí, representa el modo en que empiezan todos, ¿no? En David siempre hay una parte de cachondeo, pero es sano. Los momentos de mayor comedia son las escenas con esa chica, haciendo crecer la peli muchísimo.

Tu carrera se centra ahora en el teatro y has estrenado una obra de la que eres también autor, Compañía en alta mar. Tengo entendido que es una pieza crítica con el gremio de los actores. Por otro lado, también sueles manifestarte públicamente acerca de la situación de la cultura en España.

Bueno, lo del IVA cultural ya se va a tocar y esperemos que eso repercuta positivamente en las producciones o en el precio de la entrada de cine. Pero luego, desgraciadamente, esta es una profesión muy egoísta. Yo tengo gente maravillosa que conozco del mundillo, pero mis mejores amigos no lo son, porque no confiaría en ellos (Rie).

Ahora estamos generando un sistema con los influencers, los instagramers y todo este jaleo que empieza a tener demasiada importancia, más de la que debería. Nada tiene ningún valor. La de las redes sociales es una burbuja como la inmobiliaria, y nada es real. Esa gente que tiene tantos seguidores, después estrenan una serie o, por ejemplo, una película. Y no hacen el mínimo de taquilla por mucho que alguien que participe tenga setecientos mil seguidores. Hay algún caso, afortunadamente creo que todavía no muchos, en los que están empezando a hacer castings donde entras si tienes más de veinte mil seguidores. Así está el patio. Que pase esto es una faena. Y mucho más preocupante que el IVA cultural.

Fernando Ramallo /Foto: Jorge Fuembuena

No es cuestión de hacer discursos quejumbrosos, como decíamos antes respecto a tu personaje de Casi 40, aunque lo cierto es que las personas en torno a esa edad, por arriba o por bajo, somos los últimos que hemos conocido una serie de cosas que ya no existen.

David, que es una persona muy sabia, ha comentado en las entrevistas que tendemos a idealizar el pasado. Si pudiéramos volver a ese pasado, nos daríamos cuenta de que no era tan bonito. Pero sí, estoy de acuerdo en que había cosas del pasado que yo sí sé que eran mejores. En la industria nuestra viví la etapa, no sé si decir dorada, esa la vivieron Gabino Diego y Jorge Sanz, pero sí una muy buena en la que se respetaba a los actores, se valoraba el talento y las pelis iban a festivales internacionales importantes. Ganaban premios fuera. La industria hace ahora películas y alguna hace taquilla, pero mueren en este país y acaban en las televisiones. Allí tienen muy buena audiencia, pero no van a más. Antes tenían un recorrido larguísimo.

Yéndonos al lado positivo, ¿qué te ha sorprendido últimamente para bien? Alguna película, algún director o compañero…

Yo como ahora ando más metido en el teatro, te puedo decir que está el Teatro Kamikaze. Y en los Teatros del Canal ponen obras muy buenas con programación y autores que vienen de fuera… Y luego están las series, que cada vez son mejores. El ministerio del tiempo es buena. La casa de papel ha encontrado su nicho de mercado. Pero dudo mucho que en el futuro existan los cines. La gente verá las películas en su casa. La industria será algo para internet y las televisiones.

Quizás por esa razón te has refugiado en el teatro.

Eso no pasará en el teatro nunca. Un amigo mío dice que al final los actores serán robots. Y no. No, porque la gente, cuanto más se conecta a las redes sociales y al móvil, más vacía está. En el teatro necesita ver a otra gente ahí arriba que le enseñe sentimientos de verdad. El teatro es primitivo, estaba ya desde que nació el ser humano. No lo pueden eliminar. Con el cine es más fácil. Al formato, me refiero, a las salas de cine. Eso es lo que dejará de existir.

Pase lo que pase, dentro de 20 años o antes volverás a reunirte de nuevo con Lucía y David…

Ojalá, ojalá, pero es imprevisible David. A lo mejor se inventa que no trabajamos en cuarenta años y antes de morir, me llama. O no sé, de repente rodamos el año que viene. Porque David es incombustible. Tiene mucha energía…. Siempre estoy feliz si cuenta conmigo. Además es muy amigo, una persona muy especial gracias a la que sigo en el mundillo. Y a mí me gusta el cine porque hay gente como él. Si no, sería imposible esto, porque las experiencias no han sido muy buenas últimamente. Gracias a gente como David yo quiero seguir siendo actor. Me llamen o no me llamen, yo voy a seguir actuando. El trabajo me lo voy a ganar yo. Soy actor y moriré siendo actor. Eso lo tengo claro.

 


Una escena de Casi 40

 

Terapia y carretera

Más que con las reflexiones sobre el primer amor, como espectador he sentido mucho más cercanas ciertas cuestiones ambientales y generacionales que reconozco por edad, aunque tenga algún año más. No me refiero a nada concreto, sino a una afinidad, algo que identifiqué como familiar.

A mí me tocó también. Yo estaba asustado con esto de cumplir cuarenta. Hay gente mayor que me dice que no, que no pasa nada, pero desde que cumplí treinta y uno ya no sé muy bien la edad que tengo. ¡Tengo que pensarla! La película ha sido algo terapéutico porque me dije que sí, que estaba a punto de llegar a los cuarenta, pero gracias a eso estaba haciendo una película. El póster me gustó porque es muy luminoso. Cumplo cuarenta con peli y con un póster positivo.

Como lo es para el personaje, ¿no?, ese viaje de carretera que se marca con su vieja amiga.

Claro, claro. Al principio él tiene claro que ella está con un futbolista y que dejó la música, por lo que creo que él no tiene expectativas de tener algo con ella. Hace el viaje porque es un antiguo amigo y se siente a gusto solo con estar a su lado en el sillón de copiloto.

 

 


Agradecimientos a Fernando Ramallo; a Paula Álvarez y la gente de Ávalon

Fotografía de cabecera: Jorge Fuembuena


 

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