El inmenso vacío del pasado

Santiago Alonso


Cuenta Ramón Salazar que su cuarta película nace de la invención de un hilo conductor usado para unir dos fotografías, cada una de procedencia diferente, que lo cautivaron por la carga narrativa que le sugerían. En la primera, extraída del álbum familiar de Serge Gainsbourg y Jane Birkin, una niña pequeña mira de perfil, con mucha atención, hacia algo o alguien que está fuera del encuadre. La segunda, cuyo autor es el fotógrafo Jaime Olías,  presenta a una mujer de espaldas, sumergida hasta los hombros en las aguas tranquilas de un lago. La enfermedad del domingo es, por tanto, la posible historia escondida entre las ideas de ambas instantáneas —el reecuentro lleno de incomodidades y tensiones entre la hija abandonada y la madre que la abandonó— y, al mismo tiempo, la construcción fílmica de las emociones sugeridas por esas imágenes: silencio, ausencia, suspensión y misterio.

Todo se inicia cuando Chiara (Bárbara Lennie) le pide a Anabel (Susie Sánchez) que pase con ella diez días después de llevar treinta y cinco años sin verse ni saber nada una de la otra. ¿Una petición de la hija un poco a modo de resarcimiento o existe detrás una intención oculta? Salazar emprende desde el primer minuto una difícil tarea creadora que, en gran medida, corre paralela al reto afrontado por las protagonistas de su relato. El director debe también gestionar y reducir el inmenso vacío abierto durante el pasado, colocando sólo algunas piezas de un conflicto formado por los rencores de Chiara y las culpas de Anabel, a la vez que señala los muchos fragmentos que posiblemente nunca podrán recomponerse. Jugando constantemente a una combinación de trauma e intriga, despliega además una concienzuda elaboración visual que hace del bosque y la casa de campo donde transcurre la película un foco continuo de inquietudes siempre a punto de estallar.

Brillan las mismas dotes de Salazar como director con vocación eminentemente formalista que habíamos visto en 10.000 noches en ninguna parte. Con la actitud, no muy fácil de encontrar en nuestro cine, de apuesta por el riesgo que ello conlleva. Sin embargo, ha tomado una decisión particular, no muy justicable, en La enfermedad del domingo. Junto al filme, Salazar ha rodado también un corto que cuenta los acontecimientos del día del abandono treinta cinco años atrás, una pieza que no es un simple aperitivo, sino que funciona como prólogo con no pocas claves fundamentales. ¿Por qué no se han incluido esos escasos minutos en el metraje del largo, se exhiben conjuntamente ambas piezas o, al menos, se señala con mayor énfasis la existencia de esa introducción para evitar que el espectador se quede in albis durante varias escenas fundamentales y una sobrecarga de misterio afecte el conjunto? Porque, por ejemplo, un árbol gigantesco con un gran agujero en el tronco donde refugiarse resulta una potente imagen abierta a las interpretaciones, pero al pendiente solitario en una oreja o a las miradas perdidas a orillas del lago, quizás también protector, parece evidente que se les hurtado el significado.



 

LA ENFERMEDAD DEL DOMINGO

Dirección: Ramón Salazar

Intérpretes: Bárbara Lennie, Susi Sánchez

Género: drama. España, 2018

Duración: 112 minutos

 


 

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