Nueva política contra el terror del monstruo


Las secuelas que dejó en el ánimo de la sociedad japonesa el terrible terremoto y posterior tsunami de 2011, con el accidente nuclear de Fukushima como miedo culminante, ya aparecían reflejadas en Una familia de Tokio, la versión-homenaje a un clásico tan rotundo como Cuentos de Tokio de Yasujiro Ozu que había empezado a realizar Yoji Yamada antes de la tragedia y completó añadiendo comentarios a tales acontecimientos con el propósito de acentuar el pesimismo y el malestar por la deriva del Japón actual. En ese sentido, no extraña que nuevamente el remake de otra referencia cinematográfica emprenda el mismo camino y ahonde en la crítica, mucho más cuando se trata del relato nacional de ciencia-ficción por excelencia sobre el pánico y la catástrofe colectivos, y con fortísimo eco de las devastaciones reales: el primer Godzilla (titulado en nuestro país Japón bajo el terror del monstruo), que creó Ishiro Honda en 1954 y remitía a Hiroshima y Nagasaki. Sesenta y dos años después, Shin Godzilla se agarra al presente y copia lo que las filmaciones mostraron al mundo hace cinco años. Aparecen las columnas de fuego y humo, el brutal amontonamiento producido por el arrastre del agua y los puntos de vista a pie de calle, entre los ciudadanos que huyen. Y el film no se conforma con las imágenes.

Anunciaba algo diferente la vuelta del monstruo al país de origen, tras haber sido raptado por Hollywood, habida cuenta que anda detrás Hideaki Anno, el responsable de toda una deconstrucción de los subgéneros kaiju y mecha –ciencia-ficción con grandes bichos y con grandes robots, respectivamente– a través de la serie de anime Evangelion. Y vaya si ha sido así, pues el regreso dejará a los no japoneses con dos palmos de narices, ya que la relectura opta por una senda bastante alejada de las que habríamos podido presumir. Más allá de cualquier diferencia estética o fantástica respecto al Godzilla original o la veintena de ellos que le siguieron en las diferentes sagas hechas hasta la fecha, este renacimiento lleva al límite de las posibilidades el objetivo de emplear la aparición del gigantesco destructor como mera excusa para contar otra cosa. Tanto, que aquí no hay subtextos que valgan: son texto todos los segmentos que no muestran al monstruo radiactivo en pantalla, y equivalen a la mayor parte del metraje. Lo certifica, por si no había quedado claro, un penúltimo plano que coloca al protagonista, el joven secretario gubernamental a quien nadie hacía caso, de pie y como faro de la nueva esperanza, camisa blanca y corbata al viento, mientras que la bestia radiactiva queda atrás, muy atrás, pequeñita y en un muy segundo plano. Porque, agárrese el personal, todo se trata de incitar al nacimiento del nuevo homo politicus nipón.

Las escenas de gabinetes y la tensión dramática en los despachos del poder dan forma al grueso del libreto. Lo cierto es que la propuesta posee su gracia y se sigue con bastante interés, hasta que al decimosexto o decimoséptimo encuentro, habiendo ya visto a Godzilla y varios destrozos – momentos presumiblemente a cargo del co-director Shinji Higuchi –, la función empieza a cobrar un tono anticlimático que revela su auténtica naturaleza: un cursillo acelerado de nueva política como remedio a la ineficacia de la vieja. Se comprenden las razones, quizás, para su éxito de taquilla en Japón, entre una población indignada por la gestión y el ocultamiento informativo durante los sucesos de 2011, pero al resto les dirá poco el panfleto y solo puede interesarles la carga geopolítica. Aparece el ajuste de cuentas histórico con los Estados Unidos y, aunque se incluyen peculiares matizaciones — ¿simpatía por Francia?; ¿acercamiento a China? –, una vez más comprobaremos cómo los orgullos patrióticos del país del sol naciente reclaman el resarcimiento por el sufrimiento vivido y, ay, olvidan el horror que provocaron.


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SHIN GODZILLA

Director: Hideaki Anno, Shiingi Higuchi

Intérpretes: Hiroki Hasegawa, Yutaka Takenouchi, Saromi Ishihara

Género: ciencia-ficción, acción. Japón, 2016

Duración: 120 minutos

 


 

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