La grandeza de un coloso 


Mucho se ha hablado en este ambicioso sumario stalloniano acerca del muy especial ojo clínico de la estrella a la hora de elegir papeles y, sobre todo, de rechazarlos. Al preguntarle en una entrevista televisiva reciente qué película le gustaría no haber hecho nunca, la actualización italoamericana del dios Apolo (como en una ocasión le denominó Román Gubern) respondió rauda y segura: Rhinestone. Y, acto seguido, desveló dos clásicos del cine de los ochenta que declinó hacer para encabezar dicha producción: Tras el corazón verde (Robert Zemeckis, 1984) y Superdetective en Hollywood (Martin Brest, 1984). Desde el momento de su estreno, Rhinestone fue masacrada por crítica y público. Los premios Razzies –los archiconocidos y archidiscutibles anti-Oscar de Hollywood– galardonaron a su protagonista como Peor Actor del Año. El guionista original, Phil Alden Robinson, escribió a la prensa al año siguiente para quejarse de los grandes cambios que Stallone había hecho sobre su, al parecer, gran obra. Y Stallone… Bueno, Stallone fue Stallone y le echó la culpa a todo el mundo restante (aunque concediendo una de sus bulas papales a Dolly Parton) para finalmente explicar, tiempo después, que la película fracasó por las mismas razones por las que “nadie querría ver a John Wayne en una farsa surrealista”.

En realidad, la historia es la de siempre. Nos encontramos en la época de Flashdance (Adrian Lyne, 1983) y Footloose (Herbert Ross, 1984), evoluciones naturales y serias del éxito de Grease (Randal Kleiser, 1978) y Fiebre del sábado noche (John Badham, 1977), en cuyo universo Stallone ya ha podido indagar dirigiendo la secuela de ésta última, Staying Alive: La fiebre continúa (1983). Stallone, autoconvencido hombre del Renacimiento, ve extraordinariamente atractivo un proyecto que se presenta, de entrada, como la adaptación cinematográfica de una canción. Con un grupo de seguidores eminentemente masculino para sus Rocky Balboa y John Rambo, una apertura a otro género podía abrirle paso hacia un segmento distinto del público, diagnosticando finalmente que le ha llegado el momento de crear el romance musical mejor y más épico del mundo conocido. Llama al director de El graduado para que la haga. Llama a Whitesnake para que le escriban unos temas. Se entrega en cuerpo y alma. Hasta que, como ya es costumbre, el estudio de turno (en este caso, Fox) le convoca en sus oficinas para pedir que modere su entusiasmo. Los ejecutivos han decidido convertir Rhinestone en una comedia.

Como con todo en esta vida, para acceder a la verdad ontológica yacente en Rhinestone hay que contemplarla en perspectiva, lejos de todos esos egos ciclópeos, periodistas adictos al sabor de la sangre y miembros de jurado graciosetes que impiden ver el bosque. Y si para algo se puso en marcha esta improvisada Enciclopedia por Fascículos de la Historia Moderna Desde la Obra de Sylvester Gardenzio Stallone™, fue para examinar sus episodios en perspectiva. De modo que toca resolver esta cuestión que atañe hoy a nuestras vidas mismas: ¿es realmente Rhinestone tan mala?

Para empezar, un poco de trasfondo. El punto de partida del argumento de Rhinestone, que solo Dios sabe qué relación guarda con la canción en la que dice basarse, es una apuesta entre el dueño de un local de estética vaquera (con un público muy exigente) llamado Rhinestone y una de sus estrellas (interpretada por Dolly Parton): si ella es capaz de convertir a un tipo vulgar (Stallone) en un gran cantante de country, él le liberará del contrato al que la tiene atada. Si no, su contrato aumentará cinco años más, ¡e incluso quizás tenga que acostarse con él! Efectivamente, como muchos lectores habrán notado, estamos en el mismo terreno cultivado antes por autores como Ovidio o George Bernard Shaw: se trata de una revisión de otro mito griego a través de la piel de Sly, Pigmalión, poco después de haber representado éste al dios de la guerra Marte –de nuevo, remitiéndonos a palabras de Gubern– en el papel de Rambo.

Pese a haber pasado al imaginario del cine como un tipo hierático, serio, poco dado a mover los músculos de la cara que no tiene paralizados, a principios de los ochenta Stallone todavía le tenía gusto al histrionismo. Sus algo pesados personajes de La cocina del infierno (Sylvester Stallone, 1978) o Evasión o victoria (John Huston, 1981) lo atestiguaban, así como cierta sobrecarga dramática y lacrimógena en alguna otra de sus actuaciones. La composición que hace en Rhinestone es, directamente, su opa hostil al trabajo de Jerry Lewis: una interpretación demencial, gritona y bastante pasada de revoluciones. Aunque esta vez hemos de darle la razón que casi nunca nos parece que tiene, al menos, en sus excusas y declaraciones públicas. Stallone está soberbio en Rhinestone, que, vamos a decirlo ya, es una comedia graciosa y muy eficaz, cimentada sobre un concepto de insana locura que el actor entiende y espolea a la perfección.

Siguiendo la estructura de una película de artes marciales, el grueso de Rhinestone lo representa el entrenamiento del héroe, situado normalmente en un lugar de retiro donde éste debería hallar los secretos del don que busca adquirir. Tratándose de una película de country, ese lugar no es otro que Tennessee, la cuna del género y lugar de nacimiento tanto en la ficción como en la realidad de la maestra de Stallone en la película, Dolly Parton. Quién sabe si por una de sus famosas condiciones de ser claramente centro de atención –como se discutió en Halcones de la noche (Bruce Malmuth, 1981) o Evasión o victoria– o, simplemente, por los muchos cambios que introdujo él mismo en su reescritura del guion, aunque Dolly Parton se encontrara en su pico de popularidad y estrenara varias canciones de éxito en la película, nadie debería cometer la ingenuidad de pensar en un protagonismo compartido: Stallone es, con diferencia, quien acapara la función. Sus desastrosos intentos de cantar, de adaptarse al lenguaje y a los modos sureños, o su final dominio del arte del country (que no es tal: lo cierto es que también canta regular cuando se supone que el personaje ya canta bien) son lo que queda en la memoria como puntos álgidos de una película evidentemente formularia, pero que funciona de principio a fin.

Bob Clark, el director de las dos primeras entregas de la saga Porky’s (1981–1983), se ajusta bien a las virtudes de un proyecto que podría haber hecho saltar por la borda a cualquier otro en el cargo, explotando a las mil maravillas la faceta cómica de su actor y complementándola con ingeniosos chistes de montaje y puesta en escena: los animales de la granja alterándose cuando Stallone canta, la sintonía de El llanero solitario con la intro alargándose más de la cuenta por el tiempo que le lleva subirse al caballo, o el choque civilización-campo en escenas como la del protagonista buscando aterrado un taxi en la niebla, al estilo de Un hombre lobo americano en Londres (John Landis, 1981). Los ambientes country también están muy bien recogidos, tanto en lo cotidiano como en lo folclórico (el bar, las actuaciones), e incluso se logra la química entre Stallone y Parton, conquistando insólitas ráfagas de encanto como la bellamente fotografiada escena donde la cantante toca la guitarra mientras su partenaire escucha desde el umbral de la puerta. La película además parodia sus figuras, con Dolly Parton asumiendo el rol de repartidora de puñetazos.   

Rhinestone juega la carta del dislate temerario y gana. En sus casi dos horas de duración, al Potro Italiano le da tiempo a hacer cosas como asaltar a caballo la Torre Trump (en serio: el villano de la película vive ahí), interrumpir un funeral cantando a grito pelado el Tutti Frutti de Little Richard, o lidiar argumentalmente con el derecho de pernada como ningún espectador posterior al siglo XV podría haberse esperado. A pesar de que la excentricidad de la propuesta, la inexistencia de un target concreto al que dirigirse o la profunda antipatía que Sly despertaba en amplios sectores demográficos convirtiese la película en un fracaso enorme, Rhinestone es una gran comedia para reivindicar y ensalzar como parte de esa filmografía oculta que su protagonista denigra sin razón (otro ejemplo destacable sería la gran Yo, el halcón, de Menahem Golan, realizada dos años más tarde). En otro error histórico casi a la altura de la nominación a Kubrick por El resplandor, los Razzies redondearon la tropelía de castigar a un magnífico Stallone otorgando también el galardón a Peor Canción a la increíble Drinkenstein, un tema compuesto por Dolly Parton sobre un monstruo adicto a la cerveza, que constituye una de las cimas absolutas de la película. Dejamos a juicio del lector si la tonada merecía semejante reconocimiento, mostrando para finalizar el momento de Rhinestone en el que Stallone la interpreta. Budweiser, you’ve created a monster! 



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RHINESTONE 

Dirección: Bob Clark. 

Guion: Phil Alden Robinson y Sylvester Stallone. 

Intérpretes: Sylvester Stallone, Dolly Parton, Richard Farnsworth, Ron Leibman, Tim Thomerson, Steve Peck, Penny Santon. 

Género: comedia, musical. Estados Unidos, 1984. 

Duración: 111 minutos.

 


 

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