La secta del bien


Al inicio de Perder la razón (2012), el anterior largometraje del belga Joachim Lafosse, se mostraba el final de la historia narrada, nada más y nada menos que la imagen de un avión de carga que introducía en su interior cuatro féretros infantiles antes de despegar hacia Marruecos. Ya desde el principio de Los caballeros blancos, comprobamos que una especie de lógica interna une a ambas: comienza con otro avión bastante similar que aterriza en el continente africano y del cual vemos salir a un grupo de adultos en busca de niños que más adelante deberán viajar en el interior del aparato rumbo a Europa. El recurso podría ser un nota de autor sin más, pero lo cierto es que este relato de europeos llevando a cabo una intervención humanitaria en el corazón del África central, una aventura entre el suspense y la crónica de hazaña casi bélica, supone toda una ampliación del estudio sobre las buenas intenciones que había realizado Lafosse en Perder la razón. Los espacios se expanden hacia exteriores panorámicos, los personajes se multiplican hasta formar una coralidad sustanciosa – del doctor que ayudaba a un joven marroquí y a su familia pasamos a una ONG con proyectos de envergadura – y el planteamiento adquiere una mayor profundidad, una complejidad de veras operante. La buena noticia es, pues, que no hay indefiniciones ni vacíos como sucedía en aquella, sino una ejecución ejemplar del planteamiento.

Lafosse vuelve a tomar un caso real como punto de partida. Y de nuevo prefiere la descripción atenta de los acontecimientos a la narración per se. En Los caballeros blancos la cámara hace seguimiento a los componentes de una organización solidaria que tiene tan solo un mes para completar en Chad una difícil operación: recoger y sacar del país un gran cantidad de niños huérfanos no mayores de seis años, a fin de entregarlos a familias que han tramitado solicitudes de adopción. El presidente de la ONG (un Vincent Lindon excelente otra vez más) es el centro, compuesto por un cúmulo de energías y contradicciones a punto de estallar a cada secuencia, en torno al cual orbitan una serie de trabajadores, voluntarios y colaboradores externos que permiten presentar una amplia gama de conciencias y los respectivos problemas morales a los que llevan el compromiso, el ansia por hacer el bien, los límites reales de la generosidad y la acción que impulsa, pero también la propia postura ante lo justificable y ante lo que no lo es, los extravíos hacia el fanatismo prácticamente de secta, el dinero como arma, el egoísmo de clase e, incluso, las conductas regidas aún por un colonialismo como estado mental que no acabó de disolverse.

Sin simplificaciones, sin maniqueísmo, Los caballeros blancos es una película repleta de recovecos – excelente y significativo, por ejemplo, el contrapunto que ofrecen los dos colaboradores del grupo, el piloto y la intérprete, no pertenecientes al primer mundo – y consigue así (debería conseguir) el propósito de generar debate entre los espectadores. Apenas deja respuestas porque su incómodo resultado es otro: colocar a los espectadores ante unas pautas de comportamiento que, en mayor o menor medida, no sentirán ajenas, como la ambivalencia, la manipulación, el refugio en la mentira. Sirven para explicarlas las relaciones entre Europa y África. O cualquier otra de poder a cualquier escala.


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LOS CABALLEROS BLANCOS

Dirección: Joachim Lafosse

Intérpretes: Vincent Lindon, Louise Bourgoin, Valérie Donzelli, Reda Kateb

Género: drama. Bélgica, Francia, 2015

Duración: 112 minutos

 


 

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