Desde una perspectiva histórica, cabe afirmar que el videoclip, tal y como lo entendemos en la actualidad, es el triunfo de un paradoja por vía de la acción estética. No hay que olvidar jamás que su finalidad desde siempre fue publicitaria, un apoyo al lanzamiento de una nueva canción o un LP entero que las discográficas fueron integrando cada más en sus campañas de promoción. En ese sentido, las filmaciones de ese tipo siempre existieron, aunque tuvieran naturaleza esporádica y no una condición de indispensabilidad. Como cualquier otro anuncio, empleaban los tres minutos que podía alcanzar cualquier película publicitaria que se hiciera desde los años cincuenta. Había que comprar. Pitillos, chicles, cerveza o una canción, todo estaba a la venta y se vendía de la misma forma, además con la casualidad en el producto sonoro de una duración que se ajustaba como anillo al dedo a la duración del anuncio. Una canción popular, unos tres minutos de media.

Después se perfeccionó la disciplina que tenía como objetivo generar compradores. Se tendía cada vez más hacia la brevedad y claridad. Y un medio, la televisión, aceleraba el proceso según transcurrían los sesenta y los sesenta. Un anuncio para la pequeña pantalla no sobrepasaba ya los treinta segundos. ¿Qué sucedía, pues, con un producto hecho de tiempo? Una canción dura y, si vendes dicha canción, no puedes acortarle el tiempo. Si el ejercicio cinematográfico que entrañaba la práctica del género publicitario se fue ajustando a los cambios y perfeccionó formas y estilo, fomentando así la creatividad, la subcategoría que se encargaba de vender música llegó a la encrucijada al terminar los setenta. Y la encrucijada se resuelve mediante una pequeña revolución que se desarrolla a la par de los canales especializados en la televisión y la industria del video doméstico. La única manera de mantener la duración es ofrecer cine, buscar una entidad certificada y llegar, incluso, a hacer videoarte para un amplio público. Activar, en definitiva, los impulsos estéticos a la busca de una riqueza formal que se destine a un formato concreto. Continúa triunfando la mercadotecnia y gana la expresión artística.

No pretendemos hacer en el siguiente recorrido un raudo resumen de la historia del videoclip ni establecer ningún tipo de canon. Tampoco hablar sobre las vicisitudes actuales en las que la industria ha saltado por los aires y la entrada de internet como agente básico de difusión y consumo. Tan solo recordamos y hacemos notar que este tipo de piezas, las de hace tres décadas o las filmadas ahora, pueden y deberían tratarse más a menudo, en cuanto a su condición de ser un género más, en una publicación que recoja y comente manifestaciones cinematográficas, como es el caso de la nuestra. Seis plumas de la Revista Insertos analizan para los lectores sendas piezas por las cuales sienten predilección.

 

Foo Fighters – Everlong (1997)

Por Mar Nolasco

 

 

En 1997 tenía quince años, acababa de descubrir el Britpop y quería ser cantante. Aquella fue la persona que vio por primera vez el videoclip de la canción Everlong, de los Foo Fighters. En aquel momento no me fascinó el distinto uso del blanco y negro y el color para distinguir la realidad del sueño, ni me reí con la justificación del uso de la transición de agua para introducir los sueños cuando se ve a Dave Grohl tirando de la cadena. Tampoco advertí la referencias al bajista de The Sex Pistols, Sid Vicious, y a su amante, Nancy Spungen, en el primero de los sueños, ni la parodia de la película The Evil Dead (1981), de Sam Raimi, en el segundo. Por supuesto, tampoco me atrajo especialmente la complejidad del montaje paralelo, que no solo combina varios espacios simbólicos sino que también juega con el tiempo. Ni siquiera le encontraba interés a las escenas de los manotazos, recurso que recicló Michel Gondry para su película La ciencia del sueño (2006). Todo eso fue llegando más tarde, pero aquel sábado por la mañana lo que me atrapó fue la escena con el teléfono gigante sonando y cómo Grohl no es capaz de levantar el auricular mientras les destroza los tímpanos. Cómo consigue que mi mente imagine el sonido del teléfono y su volumen es algo que aún me obsesiona.

Gondry dirigió este video en su etapa de mayor esplendor como realizador de videoclips. Sus elaborados trabajos han puesto imagen a la música de Björk, Massive Attack, Beck, Radiohead o The Chemical Brothers entre otros. Aunque, para mi, siempre tendrán un lugar especial sus creaciones para Around the World (1997) de Daft Punk y Fell in Love With a Girl (2002) de The White Stripes. Sin duda, la asombrosa originalidad e imaginación de sus videoclips ha llenado nuestras retinas de imágenes inolvidables que han marcado toda una época, aquella en la que veías antes en los videoclips lo que luego triunfaba en el cine


DJ Cam – Save my heart from the world (2015)

Por Yago Paris

 

 

Al hablar de videoclips, la palabra “montaje” es una de las primeras que aparece en el análisis. Estas piezas audiovisuales de corta duración suelen caracterizarse por un empalme frenético de planos, al que se suma una estilización de las formas y de los colores. En su conjunto, los videoclips suelen ser una oda a la estética por la estética, un desglose de recursos formales a mayor gloria del hedonismo visual. Tal podría ser el caso del vídeo que acompaña al remix que DJ Cam hizo del tema Save my heart from the world (2015).

Sin embargo, en los primeros compases ya se observa que hay un entendimiento del formato, una idea detrás de la explosión de imágenes. Si bien similar en el ritmo del montaje, en lo que se diferencia este vídeo es en el tipo de imágenes usadas. Su autor mete la mano en el cajón de caras B, en la basura audiovisual, y casi por azar pone sobre la mesa una ristra de formatos, estilos y calidades de imagen. Internet ha posibilitado un acceso ilimitado a material audiovisual, que va de lo más casero a lo más profesional, de lo más elegante a lo más sucio, de lo más bello a lo más soez. Como si de una inmersión en las profundidades de la red se tratara, este creador recorre todas las posibilidades que da la imagen, desde el tétrico blanco y negro del cine mudo hasta el posmoderno glitch –imagen digital a la que se le altera el código de programación para obtener errores intencionados en la misma–. El resultado es una cascada audiovisual que recorre la Historia del cine de izquierda a derecha y las categorías cinematográficas de arriba abajo.


Love of Lesbian – Si tú me dices Ben, yo digo Affleck (2012)

Por Mireia Mullor

 

 

Uno de los videoclips españoles recientes que más ha conseguido reventar lógicas mentales es sin duda Si tú me dices Ben, yo digo Affleck, de Love of Lesbian. Si ya el título de la canción no tiene suficiente cachondeo, el video que la acompaña es una mezcla de toques lynchianos, detalles escondidos y un mensaje, nacido, todo sea dicho, de una interpretación puramente personal: la legitimación social del deseo sexual.

Una chica se despierta de repente y experimenta una sensación cercana a Katy Perry en su Last friday night. La habitación está llena de globos y banderitas, una mesa con restos de comida y un maromo excesivamente peludo durmiendo a su lado. Restos de una fiesta descontrolada. Dos elementos sorprenden en estos primeros segundos: un globo de un pez payaso, a lo Buscando a Nemo, y un póster de la película Planeta prohibido. El primero nos acompañará en las escenas de censura: representa a Disney, la fábrica de sueños infantiles donde el sexo no existe. Y el segundo, en contraposición, enuncia una frase que bien podría ser sinónima del mundo sexual, ese tabú prohibido por el mundo social.

La chica se levanta, observa a su amante y suspira. Entonces ve encima de la mesa el tercero de los elementos que determina el sentido y, en definitiva, todo el videoclip: la tortilla de patatas. No es importante por ser una comida típicamente española, sino por ser algo que representa la tradición. Es por eso que una señora mayor, que podría ser la abuela de todos, es la que sale haciéndola. Es el respeto por el puritanismo y los valores tradicionales, que, por supuesto, conllevan cierta censura contra las prácticas sexuales libres. Este galimatías de referencias y situaciones acaban derivando en un vídeo divertido, con momentos tan épicos como la chica en un universo paralelo jugando al Pollito Inglés con cuatro hombres que llevan consoladores en la cabeza. Ese mundo, más cercano al Dolan de Laurence Anyways, es el espacio para ejercer el castigo, la presión, la imposición social.


Beastie Boys – Body Movin’ (1998)

Por Jaime Lorite

 

 

No ha sido el único genio en abandonarnos prematuramente, pero revisando algunas (bastantes) de las cosas que dejó con los Beastie Boys, todavía cuesta no sentir la muerte de Adam Yauch –en adelante mejor con su nombre de guerra, MCA– como un golpe terriblemente injusto: imposible estimar cuánto y qué valioso es lo que nos habremos perdido para siempre, aparte de la primera entrega de su ambicioso álbum inacabado, Hot Sauce Committee.

En la revolución cultural que representó el rap fue clave su naturaleza popular, manifestada en un lenguaje que buscaba construir una identidad integradora y colectiva no solo mediante jerga urbana, sino con materiales preexistentes: ahí están los samples que tanto trabajo dieron a los abogados en los ochenta. MCA –que, al fin y al cabo, era un blanco neoyorkino universitario: ¡pocos ladrones culturales como él!– llevó esta fusión que tanto exploró en sus canciones al terreno del videoclip: buenos ejemplos son su homenaje al kaiju-eiga, los mad doctors y la serie B en Intergalactic (1998), la relectura de Lobos humanos (Michael Wadleigh, 1981) en So What’cha Want (1992) o la parodia de Star Trek en Ch-Check it out (2004).

En el vídeo de la magistral Body Movin’, MCA elige samplear la alucinante Danger: Diabolik (1968), thriller de acción de Mario Bava que adaptaba las aventuras del supercriminal Diabolik, un personaje de cómic italiano. Partiendo de situaciones reales de la cinta, el rapero reimagina la trama sustituyendo el aparatoso robo de unas esmeraldas… por una receta culinaria. Decapitaciones, caídas al vacío y encuentros fatales con aves son algunas de las incidencias registradas al final de la jornada, daños, sin duda, colaterales frente al placer de degustar un buen guiso. O el goce como misión a la que emplearse al máximo, posible resumen de un legado con todavía mucho que enseñarnos.


Amatria – Chinches (2015)

Por Laura Pavón

 

 

Amatria es proyecto musical del ciudadrealeño Joni Antequera. El tema de este vídeo lo escuché por primera vez en el programa Siglo XXI de Radio 3. La base es la música electrónica y la tendencia con la que se relaciona al creador es el indie. Antequera menciona en una entrevista que su principal influencia son los Crystal Castles. Es un moderno. A mí me interesa hablar de este vídeo principalmente por dos motivos: el primero, porque pienso que ilustra el mainstream ideológico de hoy referente a lo que se considera moderno, algo que está consistiendo en una remasterización de los años ochenta; y el segundo, que se inscribe en una segunda clase de videoclips, la de aquellos que no cuentan una historia sino que se construyen en base a una sucesión de planos que buscan el estímulo sensorial visual. Se pretende crear cierta sensación de homemade, así funciona el artificio de la estética naive que, siendo anacrónica, es la que nos transporta unas décadas atrás, al tiempo que llama nuestra atención con un trabajo de edición que nos devuelve a la era digital: el filtro HD matiza la imagen y potencia los colores, una gama de colores almodovaresca. En general, el trabajo de montaje desea producir extrañamiento, de manera similar a lo que hacían Dalí y Buñuel en Un perro andaluz (salvando las distancias, esa es la idea cinematográficamente hablando).

La tesis doctoral de un tal Jon E. Illescas se fundamenta en la premisa de que el videoclip como género es transmisor de cosmovisiones e ideologías entre los jóvenes. En este caso, me ha parecido un interesante testimonio de lo que está sucediendo ideológicamente en la movida madrileña de los 2010’s con la generación del shuffle, y no ha de pasar desapercibido.


The Rolling Stones – Undercover of the night (1983)

Por Santiago Alonso

 

 

Muy de higos a brevas, y por impulso casi siempre de Mick Jagger, los Rolling Stones introdujeron la política en algunas composiciones. Con Street Fighting Man fue la primera vez (¡1968!) y la más célebre, pero Undercover of the night dejó probablemente una huella particular en el sentimiento del aficionado a la banda gracias al videoclip que acompañó al lanzamiento del single en 1983. La canción es un aullido febril acerca de las represiones, tanto las sexuales como las políticas, a lomos de una sección rítmica apabullante y con evocaciones al imperio de la muerte en los regímenes militares de Argentina, Chile y cualquier otro país de la zona durante la época. Con estas palpitaciones no servía sacar tan solo a Jagger y al resto actuando, y la decisión de contar un relato policiaco de tierra caliente y militarizada, a la vez que se apelaba al estado emocional que un espectador concienciado pudiera experimentar ante los conflictos de la América Latina, tuvo como fruto el mejor vídeo del grupo hasta el día de hoy.

Dirige y escribe el especialista Julian Temple. El autor concibe la colisión entre Eros y Tánatos que plantea la letra entrelazando dos planos narrativos. Un encuentro de amor juvenil a la luz de un televisor. Mientras la chavala presta más atención a una película que muestra horrores, el chaval pretende profundizar el contacto carnal acompañándolo con un Jagger que, desde otro canal, menea el culete y mueve los labios hasta el límite físico. El ojo de ella mira: secuestros, un detective colonial de traje blanco y bigotillo, el ejército contra la gente, ejecuciones al amanecer, un tiroteo dentro de una iglesia y prostitutas que recorren la noche cuando los helicópteros sobrevuelan el cielo. El olor del sexo, el olor del suicidio. Tras las muertes que tienen lugar al otro lado de esa ventana al mundo que es la pantalla, la pareja se dispone a reemprender el acto de vida, pero les interrumpe sin remedio un individuo que representa la autoridad represiva por partida doble: el padre de la joven es, ¡sorpresa!, todo un oficial castrense. Ejemplar juego de cajas y vasos comunicantes, la pieza de Temple es una filigrana audiovisual que merece considerarse su obra maestra.

 


(Fotografía portada: David Bowie en el rodaje de ‘Let’s Dance’ / Fuente:’ Let’s Dance: Bowie Down Under’, Smoking Bear Productions)


 

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