Los espacios entre las notas


Con la mirada puesta en Movida del 76 (1993), la película en la que Richard Linklater –tras su fundacional Slacker (1991), tan subestimada y, sin embargo, tan ideal para entender su tiempo– se propuso hacer un retrato generacional a partir de sus propias memorias de adolescente (el director, nacido en 1960, efectivamente debió de terminar la secundaria en el ’76), Todos queremos algo es el regreso del autor de Boyhood al terreno de la comedia juvenil con componente nostálgico, cambiando en esta ocasión el instituto por la universidad. Es 1980, estamos en Austin, Texas, y el protagonista, recién llegado a la residencia de jugadores del equipo de béisbol, se prepara para zambullirse en toda una nueva vida: ya no se trata tanto de despedir una época y partir rumbo a lo desconocido, como anunciaba el plano final de la película de 1993 con esa carretera de horizonte incierto, sino de recorrer en su plenitud la experiencia del momento, a ser posible de punta a punta, porque, como descubriremos en otro instante de este nuevo trabajo de Linklater, las fronteras solo están donde uno se las encuentra.

En una escena de epifanía tóxica, uno de los personajes de Todos queremos algo reflexiona a propósito de un momento instrumental en una canción de rock progresivo, explicando la grandeza no de transitar por la escala pentatónica –algo que, afirma, puede aprender cualquiera–, sino de encontrar los espacios correctos entre las notas y resguardarse en ellos. Abstracción que remacha con una observación de Carl Sagan: la belleza no depende de los átomos que la componen, sino de cómo se relacionan. Linklater, uno de los directores más vitalistas y anticínicos de su tiempo, lleva realmente toda una carrera enarbolando un mismo evangelio, que bien podría parecer impopular en los circuitos del cine de autor: el de que la vida está para disfrutar, idea afirmada desde, además (¡por si no era ya lo bastante transgresora!), una posición profundamente reacia a toda forma de épica y sermoneo. Habrá quien señale indignado, como ocurrió especialmente con el éxito de Boyhood, que el cineasta no tiene absolutamente nada que contar, pero es que sus películas defienden con firmeza que no hay nada menos importante que las cosas importantes.

Haciendo gala de su habitual química con unos intérpretes en los que siempre confía ciegamente y de los que siempre saca petróleo, el realizador texano vuelve a dejar una galería memorable de personajes sensacionales, todos brillantemente trabajados por poco que salgan en pantalla, y deja que la película eche a andar sobre la base única de sus relaciones. Nada argumentalmente relevante ocurre en sus casi dos horas, sino que, como lleva haciendo Linklater desde el principio y cada vez mejor, Todos queremos algo es un sucesión casi natural de momentos, tan fresca como la realidad misma, de la que cuesta extraer razones concretas o puntuales para recomendarla más allá de la propia, euforizante experiencia: se trata de una película hecha para vivirla. 


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TODOS QUEREMOS ALGO

Dirección y guion: Richard Linklater

Intérpretes: Blake Jenner, Ryan Guzman, Zoey Deutch, Tyler Hoechlin, Wyatt Russell, Adriene Mishler

Género: comedia. Estados Unidos, 2016

Duración: 116 minutos

 


 

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