Entrevista con el director de El Juez


Al inicio de El juez, la presentación del protagonista da a entender que esta película de juicios va a ser muy distinta. El magistrado de lo Penal a quien interpreta Fabrice Luchini, un papel que le dio la Copa Volpi en Venecia, se enfrenta a una mala noche, la previa al inicio de una vista oral que juzga la muerte de un bebé a manos del padre. El juez ante el espejo, ante los papeles del sumario, ante una manzana con gusano, ante una gripe. Sale a las tantas a la consulta de un amigo doctor. Sobre la camilla comenta el caso, nada menos que un infanticidio, y al galeno le entra por un oído y le sale por el otro mientras continúa la prescripción del remedio. Las siguientes escenas lo confirman: el objetivo será captar lo cotidiano del día a día en la justicia, una rutina dentro de contextos a menudo tremendos. Observar los procesos. Observar y después asistir a la llegada de alguien que introduce un cambio en el precario equilibrio del juez, una mujer perteneciente al jurado, magnífica la actriz danesa Sidse Babett Knudsen.

De Christian Vincent llego aquí tres temporadas atrás La cocinera del presidente, la primera presencia comercial en nuestras salas pese a contar con una carrera de nueve largometrajes, que inauguró La discreta, allá por 1990. Una circunstancia que comentamos, casi a modo de disculpa, al inicio de la charla con el director y guionista, mantenida al final de una jornada maratoniana de promoción. No demuestra Vincent cansancio al hablar de su película y el entusiasmo late intacto. Al saber que el periodista nada más ha visto las últimas dos, y que esta le ha gustado especialmente, suelta risueño: “¡A mí también me gusta más! La otra casi era una película de encargo, la menos personal que he hecho”. Se nota que El juez le ha dado muchas satisfacciones. Obtuvo también en Venecia el merecidísimo Premio a Mejor Guion, así que encarrilamos el dialogo por las circunstancias de la escritura. Sorprende saber que antes de emprenderla Vincent no sabía nada del mundo judicial. “Nada, es verdad. Nunca había pisado un tribunal. Bueno, miento. Una vez cuando tenía dieciocho años por una cuestión de los papeles de mi Vespa”, dice.

 

Lo que está claro es que El juez es una película de juicios que pretende alejar completamente al espectador de un género muy codificado.

No sabría decirte, no sé muy bien cómo se han enfocado los juicios en el cine. Tengo un vago recuerdo de ese género, muy lejano. En ningún momento me sirvió para plantearme la película. Lo que sí te puedo decir es que sabía que en el género la cámara entra de la misma manera que lo hace el público. Por delante, por la puerta grande. Se sienta con él y mira desde allí. En El juez entra por detrás, a través de las bambalinas. Por tanto, la perspectiva ya es muy diferente. Aquí pasamos por la entrada, el pasillo, el despacho del juez y el lavabo, porque los jueces tienen derecho a hacer pis. Luego la sala de liberaciones, donde todo el mundo se presenta, el abogado, el fiscal, los demás. Es distinto. Sabía que el hecho de pasar constantemente de la sala a lo que he llamado ‘bambalinas’ iba a reforzar un proceso y aportar más verdad, en cierto modo, a lo que ocurre. Descubres cosas, detalles que normalmente no ves.

Asistimos también a una especie de escenificación de un rito, una conversión hacia lo teatral. Parece que estás filmando la representación de una obra.  

Existía el riesgo de una excesiva teatralidad a todo lo que muestro. Era un riesgo que había que correr. Pero rodar así, ir de un espacio al otro, no solo recogía la teatralidad, sino que también buscaba captar el lado solemne, la formalidad.

La película es notoriamente didáctica. No lo digo como algo peyorativo. Didáctica en el mejor sentido de la palabra.

Sí, sí. Y lo asumo completamente. Tenía total interés en hacer eso. Yo quería que se aprendiera. También se debe a que antes de ponerme a escribir tuve que investigar mucho. Todo lo que aprendí, que fue un montón, quise trasmitírselo al público. Me sentía como un estudiante cuando aprende algo nuevo y quiere decírselo al mundo. Viví una experiencia increíble siguiendo unos cuantos procesos y los espectadores tenían que vivirla conmigo. Asistí a estos juicios de una forma muy peculiar. El magistrado, el presidente de la sala, me hizo asistir como si fuera un futuro juez. Es decir, no me senté entre el público, sino que lo hice en el estrado, sobre una mesita que tenía allí, aparte. Cuando se levantaba la sesión o había un receso de quince minutos, yo salía con el magistrado y los demás por la puerta de atrás. Oía todo lo que decían los magistrados, los miembros del jurado, etc. Comía incluso con ellos. A veces me preguntaban qué pensaba sobre el caso y yo podía dar mi opinión. Por la mañana llegaba un poco antes de que abriesen las puertas y veía cuando llegaba todo el mundo y cómo se tomaban un café en el bar. Vi la cotidianidad de un proceso. Jamás habría podido escribir la película sin esto. Fue un trabajo muy importante de observación, más que de documentación. Mientras escribía, y también al rodar, quería que todas la personas de profesión judicial me dijesen que sí, que era así.

Hablando de profesiones, aquí llegamos a uno de los motores de la historia. Los profesionales que necesitan blindarse ante el dolor ajeno. El cine lo ha tratado, muy poco desde perfectivas veristas, con las tres profesiones que ese respecto a cualquiera le vendrían primero a la mente. Doctores, gente de justicia y policías. De un modo bastante significativo, aquí reúnes las dos primeras en la pareja protagonista.

Efectivamente. Los dos personajes deben protegerse de lo que ocurre en su profesión. Se enfrentan a lo peor que puede ocurrir en la sociedad, por un lado los crímenes, por otro la muerte y la enfermedad. De hecho lo dice Fabrice en un momento, que está blindado. Pero no lo está tanto. Yo pienso que ella lo está mucho más. La forma que tienen de protegerse es totalmente diferente.

Probablemente sea una de las cosas que a él le atraen de ella.

Él desconecta cuando se va a casa, se acabó. Ella se lleva la profesión a casa.

Christian Vincent durante el encuentro con la Revista Insertos
Christian Vincent durante el encuentro con la Revista Insertos

Y llegamos a la fantástica escena del primer encuentro entre el magistrado Racine y Ditte. Dos personas, juez y doctora, y una incipiente historia de amor que no fue y tal vez puede iniciarse ahora por casualidad. Llevamos cincuenta y pico minutos de metraje y ¡es la primera vez que aparecen en pantalla sin compañía! ¡La primera que intercambian la palabra! Además, solo los veremos juntos otra vez más en lo que resta. Cuéntanos un poco cómo ideaste y filmaste este momento capital, estupendas la escritura y la interpretación a mi entender.

El primer día, cuando a ella la elijen miembro del jurado, no era factible que se vieran solos. No habría funcionado. Solo pueden verse después y fuera. Él le manda un sms, ella lo lee. No sabemos muy bien. Yo era consciente que esa escena en la que la película iba a tomar otro rumbo. En esa parte surge lo novelesco. Cuando ella aparece, el espectador empieza a pensar. Algo hay entre los dos, pero ¿el qué? La cámara no se concentra en esto. Seguimos todavía interesados en lo que es el juicio. La elección del jurado, el almuerzo de sus miembros, etc. Se ha planteado un interrogante. Por fin están los dos solos y la cosa más o menos parece quedar clara. Entonces él le hace una pregunta, una pregunta muy sencilla en medio de la conversación. “¿Por qué no contestaste a mi carta?” ¡Ahí hay algo más! Al estar escribiéndola, sabía que la escena sería clave y la película haría ¡‘clack’!. La rodamos y… no estaba enteramente satisfecho. No me acababa de convencer. Le faltaba algo. Tuve entonces una idea: ella en un momento dado le empieza a tutear. Hasta ahí se hablan de usted. Se lo dije a Sidse. Mira, a partir de tal momento, dale del tú. Un cambio también desestabiliza a los actores. Y funcionó, llegó ese cambio crucial. De pronto, fue increíble, había una intimidad total e inesperada. Muchas veces cuando una escena no funciona al rodarla, el problema viene del guion. No es de los actores o del rodaje. Hay que pulsar algo diferente, hacer un pequeño cambio. El tuteo, por ejemplo. O invertir las réplicas. Cualquier cosa que sacuda un poco.

Fabrice Luchini y Sidse Babett-Knudsen, qué dos estupendos intérpretes de escuelas y trayectorias muy distintas. ¿Cómo fue el trabajo para combinar esas dos fuerzas?

¡No sé cómo lo he hecho! (Ríe) ¡No tengo la menor idea! Diría que es algo habitual en mí, incluso. Siempre escojo actores procedentes de universos muy diversos. En principio es algo que me interesa. Si hay algo que no me gusta nada son las compañías, actores que están acostumbrados a trabajar juntos. No sé si te habrás fijado, pero en todas las escenas cada grupo de actores son muy dispares entre sí. Hay actores profesionales, de teatro o cine, y actores no profesionales, gente que nunca había estado antes delante de una cámara. Lo que les pedí a los profesionales fue que se adaptasen al trabajo de los otros. Ese juego a mí me gusta mucho. Me parece productivo.

Los preceptos neorrealistas siguen operativos aún a día de hoy. Se ve en tu película.

Sí, sí ¡Estoy de acuerdo! ¡Me alegra mucho que me lo hayas dicho! (Ríe). A veces al ver películas de otros me parece todo tan falso… Es verdad que muy a menudo, a fin de conseguir financiación, tenemos que contar con intérpretes muy conocidos. Te cuento: yo tengo una admiración muy fuerte por los Dardenne, pero claro, cuando tienen a Marion Cotillard, el personaje no es ya tan creíble. Cuidado, hablo de gente que admiro. Me encanta su cine, pero Cotillard en esos papeles… Y es muy buena actriz, que conste. Haciendo de Édith Piaf está fenomenal, pero no funciona al verla trabajar en una cadena de producción de una fábrica, como en Dos días, una noche. Prefiero El silencio de Lorna, La promesa o Rosetta.


 

Filmar una mesa, filmar un tribunal

Habla Christian Vincent:

En cualquier película de ficción hay una parte documental. Y si logro dicha parte, creo que estoy haciendo una buena película. En el caso de El juez, esto permite que aguante su duración. En cierto modo, la distinción que se hace entre documental y ficción es ilusoria, porque los dos filman la realidad. Por ejemplo, si un documentalista filma esta mesa, sigue siendo una mesa. Yo en la ficción reinvento la realidad, pero sigo filmando la misma mesa. Cuando filmas una institución como la que apareceré en El juez, y tampoco es que la haya filmado entera, ya que solo filmo un tribunal de lo Penal, creo que mi deber es ser fiel a lo que ocurre, mostrar algo tal como es

 


Fabrice Luchini y Christian Vincent en el rodaje de 'El juez / Surtsey
Fabrice Luchini y Christian Vincent en el rodaje de ‘El juez / Surtsey

Agradecimientos a Christian Vincent y Surtsey Films

Fotografías: María Sofía Mur


CRITICA de EL JUEZ en la REVISTA INSERTOS


ent.sa

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