Vuelve el Sitges Tour A Contracorriente, el carrusel cinematográfico que nació el año pasado con la muy loable intención de devolver el cine de género a las salas, un espacio natural donde siempre merecerá verse. Cuatro estrenos en bloque, durante un tiempo limitado y las entradas a precio reducido. La propuesta nació como un impulso frente a dos circunstancias, el cambio de paradigma en el consumo de estas películas y la falta de salidas de algunos de los títulos que destacan en cada cita anual del festival de Sitges, escaparate con una amplia variedad de tendencias en el fantástico, el terror, el thriller y otros territorios afines o que ahora quedan lejos de las carteleras convencionales.

Para este segundo año el programa cuádruple lo forman un policiaco francés, un western de temática clásica bajo el auspicio de Zentropa, la compañía danesa que fundó Lars von Trier, y un par de ejercicios de cachondeo sanguinolento, entre la parodia y la nostalgia. A falta de poder dejar algún comentario crítico sobre La próxima vez apuntaré al corazón, pues los medios no pudieron ver la obra de Cédric Anger cuando se les convocó al pase de prensa, urge señalar que la nueva selección no resulta la más acertada una vez vistas las tres restantes y pese al interés que despiertan a priori. Hasta el estreno no sabremos si la crónica basada en los hechos reales que tuvieron como protagonista al psicópata Alan Lamare en la Francia rural de los años sesenta, y que le ha valido al actor Guillaume Canet la nominación a los Cesar 2015, constituye el plato fuerte de un menú tan flojo.

En la pasada edición, Zombeavers cumplió la cuota de homenaje a la serie Z, un cine que tanto hacía disfrutar al público de antaño y tuviera en la Troma el mejor (y nunca lo suficientemente ponderado) exponente. Si aquella iba de castores zombis, Bloodsucking bastards trae ahora a oficinistas vampiro, dispuestos a chuparle la sangre a los compañeros, dentro de una peculiar empresa por donde pululan holgazanes, empleados en busca del ascenso y un jefe a quien sólo le preocupan la optimización y la productividad. Con un ojo puesto en el modelo de película de Edgar Wright, el director Brian James O’Connell intenta reproducir una formula, aquella de (muy) exiguo presupuesto más altas dosis de locura e imaginación. Y lo hace sin conseguirlo: aunque la idea entre manos sea sugerente, O’Connell no pulsa teclas cómicas que funcionen de veras. Tampoco muestra una personalidad propia, ni una marca de distinción.

Un poco más resultona en su ejercicio paródico y sanguinolento, a cuenta de Mad Max y otros títulos de explotación apocalípticos, es la coproducción canadiense y neozelandesa Turbo Kid. El mundo se ha ido a pique, el paisaje es árido y los supervivientes, aparte de haberse reunido en clanes, viajan en bicicleta. El adolescente protagonista vive solo y alejado de todos, con la única guía de conducta en la vida que le proporcionan los viejos cómic de un héroe ochentero. Hasta que lleguen los malos y una alocada chica se cruce en medio: llegará su turno y el traje del héroe deberá vestirlo él.

Turbo Kid
Turbo Kid

La han ideado a seis manos François Simard, Anouk Whissell y Yoann-Karl Whissell, y no deja de tener la apariencia a fan film bien afinado. Pero poco más. Aquí el homenaje de los devotos, más que a los títulos referidos anteriormente, se rinde a una época, sí, esa Década Prodigiosa, esos años ochenta, que parecen no acabar nunca en los sentimientos de propios y ajenos. No sabemos si estos tres directores conocieron aquellos años o lo suyo es ya pasión de segunda mano, pero el fenómeno, el viaje emocional hacia los clichés y las superficialidades de aquel tiempo, comienza ya a dar pereza y aburrir a quienes sí nos tocó vivirlos.

Y hablando de otros tiempos y añoranzas, el western. Nunca ha dejado de estar vivo, pues se infiltra o transmuta en varios estrenos de cada año, pero es cierto que muchos espectadores sienten un poso de nostalgia y echan de menos la vuelta a los territorios originales del Salvaje Oeste. Aun estando rodada en Sudáfrica, la historia de The Salvation vuelve allí, al desierto y a la fundación de Norteamérica, con sus europeos en busca de la Tierra Prometida, con los cuatreros y los revólveres como imprescindibles en cualquier polvorienta ciudad sin ley. La dirige el danés Kristian Levring y cuenta con el reclamo de su reparto, Mads Mikkelsen y Mikael Persbrandt a la cabeza y como representación escandinava, más los nombres internacionales de Eva Green, Jonathan Pryce, Jeffrey Dean Morgan y Douglas Henshall.

Característico western del buen hombre que ve asesinados a los suyos y la venganza que desata contra los malos, ésta quiere ser una película de 2015 y al mismo tiempo permanecer dentro de los parámetros reconocibles, si acaso mirando más hacia las derivaciones del spaghetti. Ambos propósitos no se contraponen, y Levring logra que sea así, pero el problema acaba revelándose otro. Hubo westerns (y spaghetti) de todo tipo: parcos, excesivos, comedidos, salvajes, ultraviolentos, simpáticos, desagradables, paródicos, filosóficos, políticos, alucinados y alucinatorios, que se tomaban a sí mismos muy en serio o se tomaban poco. Y muchos funcionaron. Pero al ver The Salvation se comprobará lo mal que le sienta al género lo solemne, la continua ampulosidad que destila cada intervención de los personajes y cada escena. Eso y la abundancia de imagen digital. Menudo empacho de ambas. Al final, la presente edición del Sitges Tour A contracorriente termina alimentando la nostalgia por las carencias de la selección, y apenas por sus suficiencias.


 

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