Toques de violencia rusa


El primer episodio de la magnífica Un toque de violencia (2014), película en la que Zhang-ke Jia reflexionaba sobre degradación y crueldad en la sociedad de la China contemporánea, tenía por protagonista a un minero honrado que, cual rebelde solitario, se enfrentaba a los corruptos dirigentes de su pueblo. Los de arriba abusaban de los de abajo y, entonces, los estados de ánimo se descomponían. La hostilidad del entorno era inclemente hasta que en el minero se producía el estallido, una salvaje respuesta escopeta en mano, ¡pum!, ante quienes se pusieran por delante.

Muy similar violencia ejercida sobre los ciudadanos nos la encontramos en la rusa Leviatán. Iguales son el desolado pasaje – en este caso una triste población costera a orillas del mar de Barents – y los individuos al desamparo de un sistema en plena readaptación y que tienen muy pocas opciones de defensa ante el rodillo, la corrupción y el pacto social pervertido. Semejante es la salida, pues aquí los humillados también tienen la opción de coger los rifles. Eso sí, el tope del desahogo lo marca una última confianza, flotando entre los vapores interminables del vodka, en la separación de poderes. Como máximo, los lugareños se dedican a disparar contra los viejos retratos oficiales de los mandatarios que gobernaron Rusia durante el siglo XX. Ojo, hasta Yeltsin. A él ya no se le dispara. Y desde luego, a Vladimir Putin nadie osa tocarlo. Ahora cuelga muy arriba de las LEVIATHAN_25 (1280x763)
paredes en espacio públicos y certifica los chanchullos del alcalde del lugar.

Dicha última confianza de creerse dentro de una democracia a la manera occidental es la que hace que Kolya (Aleksey Serebryakov), el propietario de una casa y un pequeño taller situados en una parcela con una ubicación que despierta la codicia especulativa, contrate a Dimitri (Vladimir Vdovichenkov), amigo y abogado moscovita, para detener al alcalde en sus pretensiones de expropiación. Dimitri, Kolya y su famila, el hijo Roma y la segunda esposa Lilya (Elena Lyadova), tendrán que enfrentarse a un sistema que de democrático y laico seguramente tenga poco.

Andrei Zvyagintsev, el celebrado autor de El regreso (2003) y la más reciente Elena (2011), vuelve a la carga en su empeño de contar con precisión de cirujano la sociedad rusa actual, un mundo tan a medio camino entre modernidad y pasado que el naufragio moral de la nación parece contagiar cualquier ámbito. Otra vez se habla y describe la familia, pero a diferencia de Elena, en la que el grupo de convivencia domestico servía de muestrario donde reflejar la comunidad, Zvyagintesev entra de lleno en la observación de cómo se organiza esta última. Desde el mismo título, el cineasta ya anuncia que la base sobre la cual montar la reflexión del Aquí y Ahora de su país, será la teoría política con pedigrí: trae a la palestra a Hobbes, el  primer teorizador moderno del origen y los propósitos del Estado, cuya obra  se considera, por otro lado, la justificación filosófica del Absolutismo.

LEVIATHAN_23 (1280x850)El tradicional conflicto ruso entre Hombre y Estado viene de lejos. Según la interpretación de Zvyagintesev, el sistema actual se hallaría más cercano a la idea de poder propugnada por el pensador inglés. Entonces, hablaríamos de un sistema que, en esa renuncia del derecho natural y del individual a cambio de (una falsa) protección, engendra el dolor y la injusticia. Por el contrario, el ruso sí parece alinearse con Hobbes en la conveniencia de un papel subordinado de la Iglesia respecto al gobernante, algo que no sucede en la Rusia de Putin y cuenta muy bien en la película.

En algunos aspectos, Leviatán posiblemente tenga un aire a declaración de intenciones un poco arcaica, a planteamiento algo contradictorio y diríase que, ante tanto pesimismo que destila, parece dejar un brillo de esperanza espiritual que al espectador ateo le traerá lógicamente sin cuidado. Respecto a su construcción narrativa, al filme no le beneficia siempre el sometimiento total a su demoledor desenlace, resuelto en los tres últimos minutos, circunstancia esta que a veces genera un efecto de dispersión, pues con tantas situaciones dejadas a medias se duda un poco sobre qué y sobre quiénes se les está contando a los espectadores. Todo se articula en torno a ese final – poco a poco avanza hacia allí la historia -, y el impacto resulta fortísimo, haciendo que el espectador no pueda dejar de sentirse turbado ni de admirar la manera en que el director ha ido sembrando las pistas, los pasos de danza que coreografían la crueldad. Para  Zvyagintesev, su Rusia es, a las claras, un lugar terrible donde vivir, prácticamente en nada mejor comparado con la China de Zhang-ke Jia.


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LEVIATÁN

Dirección: Andrei Zvyagintsev.

Intérpretes: Elena Lyadova, Vladimir Vdovichenkov, Roman Madyanov, Aleksey Serebryakov.

Género: drama. Rusia, 2014.

Duración: 140 minutos.

 


 

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