El callejón sin salida del siglo XX

Santiago Alonso 


Jack London (1876-1916), un autor que entrelazó de manera fecunda sus experiencias como aventurero con las historias que escribía,  fue ante todo un perfecto personaje de su tiempo. Como lector apasionado de Spencer, le obsesionaba la idea de la supervivencia del más fuerte (un tema omnipresente en su obra), pero a su vez, como lector también de Marx, no ocultaba una honda conciencia socialista, lo cual hacía de él una figura contradictoria, por no decir imposible, que reflejó mejor que otras muchas unos inicios de siglo XX cuyas proyecciones ideológicas habrían de convulsionar las décadas siguientes. Esta disyuntiva entre evolucionismo protofascista y socialismo, entre canto al individualismo y a la colectividad, aparecía en Martin Eden (1909), una devastadora novela semiautobiográfica en la que el protagonista, un marinero ambicioso que quiere convertirse en hombre instruido y ser escritor a toda costa —con lo que se establecía un paralelismo con los inicios del propio London—, emprende sin remedio el camino hacia la autodestrucción. Decía en un momento la voz narradora: «Había viajado por el vasto reino del intelecto hasta tal punto que ya no podría volver nunca a casa» (edición española de Akal; traducción de María José Martín Pinto).

Leyendo la novela cabe interpretar que Martin tomaba precisamente dicho camino por haber desechado los valores del socialismo, justo la lectura que parece haber hecho Pietro Marcello en la sorprendente y magnífica adaptación que ha filmado, trasladando con suma inteligencia no solo el argumento sino también la esencia de las páginas del libro a la Italia de los años veinte. Y esta decisión se revela de una consistencia abrumadora, porque el país transalpino ha sido casi siempre, para bien y para mal, un escenario privilegiado de revoluciones, tendencias y corrientes de toda índole que, después, tienen eco en Europa. Por eso, que la película Martin Eden transcurra en un periodo que se puede identificar con los años del biennio rosso y el advenimiento de Mussolini revela que su temática local (que, además, se sitúa muy concretamente en Nápoles) sirve como relato histórico universal.

Marcello es un cineasta napolitano que comenzó su carrera firmando documentales en una doble vertiente: por un lado, haciendo crónica social (La baracca, Il passaggio della línea); por otro, dotando de un nuevo sentido a antiguas imágenes de archivo (participó en el filme colectivo 9×10 Noventa, donde varios directores buceaban en el descomunal patrimonio fílmico del Istituto LUCE). Su gusto por un experimentalismo donde se concitaban la realidad y la ficción dio sus frutos con los premiados largometrajes La bocca del lupo y Bella e perduta, como parte de una filmografía en la que hay que sumar un muy significativo corto de homenaje, Marco Bellocchio, Venezia 2011. Todo este bagaje formal se ha conjugado de manera felicísima en Martin Eden, una cinta en la que Marcello no se ciñe a una representación convencional de lo narrado y donde consigue pulsar casi todas las teclas adecuadas para abordar con éxito la difícil tarea de adaptar un libro de London que no tiene mucha peripecia y sí mucha descripción de la evolución psicológica del protagonista.

Rodada con primor en 16 mm, lo que se traduce en un conjunto de imágenes nuevas que casan muy bien con los fragmentos de archivo, algunos antiquísimos, que de tanto en tanto refuerzan el viaje de vuelta al siglo XX, al relato filmado se le ha aplicado un filtro partenopeo que se manifiesta en lo cultural y lo lingüístico, además de lo ambiental, ya sea por las calles populares del centro de Nápoles, los ambientes burgueses, la línea de costa o el paisaje interior de la Campania que aparecen en pantalla. Además, la clara influencia bellocchiana se subraya con momentos como en el que Eden —muy bien interpretado como un torbellino por Luca Marinelli (Todo el santo día, Non essere cattivo)— y su amada Elena Orsini —que encarna actriz Jessica Cressy—, la Ruth Morse de la novela, van al cine. Lo sorprendente es que, pese a todos los cambios efectuados, en realidad se han mantenido o adaptado sin traicionar su espíritu original casi todos los episodios clave del libro. Y los añadidos están planteados con inteligencia y un asumido sentido del riesgo, como se comprueba con la abrupta elipsis que conduce al espectador hacia la resolución de las desventuras del protagonista.

Sin embargo, por encima de sus muchas bondades, si hay algo que termina por redondear el significativo carácter propio del trabajo de Marcello es, sin duda, la decisión escenográfica de situar la acción en un contexto temporal impreciso y hasta algo abstracto; o mejor dicho, de proponer una ambientación que compendia ropas, peinados y objetos pertenecientes a distintas décadas. La imagen reúne un arco temporal estilístico de varias décadas: a veces de manera imperceptible, los vestidos novecentistas y los clásicos sombreros Fedora coinciden con los vaqueros y los polos. Porque, al igual que en la vida de London, y al igual que Italia y su devenir histórico durante los últimos cien años, Martin Eden refleja un siglo XX impulsado por unas corrientes ideológicas profundamente enfrentadas. Y aún más: también deja clara su proyección en el XXI, tal y como se representa en la secuencia final de la playa. El protagonista mira a un lado y ve a un grupo de fascistas; mira al otro y encuentra un grupo de desheredados que bien podría pertenecer a las oleadas actuales de emigrantes que cruzan el Mediterráneo para llegar a Europa; y mientras, de frente, halla el punto de fuga al que se ve abocado, porque su ideal le ha encerrado en un callejón con una única salida. Marcello hace suya la advertencia de London y así nos la traslada a quienes nos adentramos por unos nuevos años veinte.



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