Sacar lo que se lleva dentro

Santiago Alonso


Un diván en Túnez es una película que empieza con tonos cómicos y amables (¡con unos títulos de crédito inmejorablemente arropados por la voz de Mina y su Città vuota!), una característica que se sigue manifestando a lo largo del metraje, pero a los pocos minutos también hay una escena cuya resolución no contiene ningún elemento simpático, sino una carga de violencia soterrada (o no tan soterrada) que anuncia la auténtica y profunda dimensión del discurso que prepara la debutante Manele Labidi. Selma, la protagonista, una joven franco-tunecina como la directora, decide volver a su país de origen para abrir nada más y nada menos que un gabinete de psicoanálisis. Al poco de instalarse va a comprar un coche de segunda mano que le vende un viejo amigo del padre. El vehículo, una furgoneta en realidad, se cae a pedazos y el precio es abusivo. Ella protesta y dice que no se lo va a quedar; entonces, el hombre le arrebata el dinero de las manos contestando que es lo que hay: que se conforme y calle, es lo único que se le puede ofrecer a la hija de alguien que se marchó al extranjero.

Los sentimientos de impotencia y frustración acompañan constantemente a los hechos de un relato sobre el cambio en un país que inaugura una nueva época tras la revolución civil de 2011. Labidi refleja a través de las peripecias burocráticas e íntimas de Selma, con una galería de personajes algo tronados a modo de fondo humano, el panorama de una reconstrucción tan incierta como excitante, tan caótica como deseada. Los problemas están ahí (las sombras del islamismo radical, la crisis económica, la sociedad refractaría a ciertos aspectos de la modernidad, la dificilísima renovación de todo un estado anquilosado…) y lo que la narración propugna son los beneficios de que se dé a la población la oportunidad de exponerlos en voz alta, haciendo un paralelismo con una sesión de psicoterapia donde uno habla, saca lo que lleva dentro, cuestiona y se cuestiona, intenta analizar y quizás recomponer.

La directora consigue alejarse del tono y las perspectivas de un modelo dramático  que, en los últimos años, ha dado filmes al final poco satisfactorios, cuando no tramposos como Mustang de la turco-francesa Deniz Gamze Ergüven. Por un lado consigue, sencillamente y sin forzar la escritura, no instalarse en la comodidad de la formula fácil; por otro, que la doble perspectiva de alguien que vuelve a sus raíces carezca de la mirada altiva o el discurso predicante de quien se ha criado fuera. En ese sentido, ayuda que esto sea una comedia bien meditada y de corte tranquilo, pero también la honradez como narradora de Labidi. Aparte de algunos guiños y juegos que aportan una sal particular al conjunto (el imán amenazado por los integristas que parece un sosias… ¿¡de Woody Allen!?, ¿¡de Larry David!?), el acierto final lo encontramos en el balance entre lo que se cuenta y no se cuenta de Selma (Golshifteh Farahani derrocha en pantalla el magnetismo que ya vimos en A propósito de Elly y Paterson), una protagonista cuyas zonas de misterio la alejan felizmente de los estereotipos y, tal vez, parecen señalar que hay  caminos hacia un futuro mejor para los tunecinos, vengan de fuera o no.



 

UN DIVÁN EN TÚNEZ

Dirección: Manele Labidi.

Intérpretes: Golshifteh Farahani, Majd Mostoura, Hichem Yacoubi, Amen Arbi, Ramla Ayari.

Género: comedia. Francia, Túnez, 2019.

Duración: 88 minutos.

 


 

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