Animar los detalles

Yago Paris


En una escena de El viaje de Chihiro, la protagonista del relato, la propia Chihiro, debe bajar unas escaleras de madera en el exterior del templo donde transcurre la acción. El edificio se sitúa en lo alto de un acantilado, y las escaleras, aparte de ser viejas, ni siquiera cuentan con barandilla. La pobre niña está, por tanto, aterrorizada ante la necesidad de someterse a semejante experiencia. Esta situación, una mera escena de transición, en manos de un cineasta tan perfeccionista como Hayao Miyazaki se convierte en una mina de oro en lo que concierne a la animación. Su minuciosidad a la hora de representar el movimiento en dibujos se suma a su capacidad de observación de los pequeños detalles, de los matices, que otorgan vida a los trazos del lápiz. La conjunción de ambos factores permite que las personalidades de los personajes se expongan, principalmente, mediante un lenguaje gestual. Por tanto, escenas como esta no solo funcionan como laboratorios de experimentación formal, sino que también amplían la complejidad del relato. El fragmento descrito, de ínfima relevancia para la trama, se prolonga nada menos que durante más de dos minutos de metraje, lo que supone una declaración de intenciones del animador japonés, quien, a diferencia de lo que comentábamos acerca de otra de sus obras, La princesa Mononoke, aquí sí coloca la animación como eje central del filme.

La trama de El viaje de Chihiro es una cascada de acciones. La protagonista se somete a un sinfín de tareas y misiones que debe solventar, yendo de una habitación a otra del templo, relacionándose con múltiples personajes. Podría pensarse, por tanto, que en la cinta el peso del relato es equivalente a lo que sucedía en La princesa Mononoke. Sin embargo, la aproximación es en realidad muy diferente, puesto que, aunque la historia se articule como una concatenación infinita de eventos, el peso narrativo de los mismos es ínfimo. Cada nueva situación, lejos de aportar complejidad a la trama, funciona como una nueva oportunidad para jugar con la animación. Y es que en El viaje de Chihiro ocurren muchas cosas, pero la historia que se cuenta es, en realidad, escueta: una niña se introduce en un mundo mágico junto con sus padres, que se convierten en cerdos. A partir de entonces, la protagonista debe superar toda una serie de obstáculos para poder obtener la libertad de sus padres y la suya propia, un conflicto argumental con subtrama amorosa incluida. Por tanto, la propuesta no tiene nada que ver con la densidad de La princesa Mononoke, donde las escenas evolucionaban a base de diálogos, y donde la trama, repleta de puntos de giro y complejidades narrativas, era el aspecto con mayor peso en la obra. En resumidas cuentas, mientras aquella era un relato, esta es un ejercicio formal.

La escena descrita al comienzo del texto es solo un ejemplo de la manera que Hayao Miyazaki tiene de entender la animación, lo que en realidad supone un juego de tira y afloja con las características del medio. Desarrollar una escena animada requiere un gran trabajo, puesto que todo lo que aparece en escena debe ser creado desde cero —a diferencia del cine de acción real, donde grabar una escena puede llegar a ser una mera cuestión de poner la cámara a funcionar. Por tanto, es comprensible que, en general, las películas de animación suelan presentar una duración no superior a los noventa minutos —aparte de por el hecho de que suelen estar orientadas al público infantil, quien aparentemente se aburriría con metrajes más largos—, de ahí que tienda a irse más al grano. Por ello llama especialmente la atención la aproximación de Miyazaki a esta modalidad cinematográfica, no solo porque apuesta por una duración superior a la habitual —125 minutos, cercana a los 133 de La princesa Mononoke—, sino especialmente porque esto se debe a que le presta especial atención a detalles aparentemente irrelevantes.

El cineasta muestra en primeros planos cómo la protagonista se calza las zapatillas, expone las trayectorias erráticas de ciertos personajes secundarios —como los pequeños seres mágicos que transportan el carbón— o se recrea en la gestualidad en momentos que rozan lo grotesco —la cara arrugada de la antagonista o los movimientos lentos y pesados del monstruo de fango. Por supuesto, esta infinidad de detalles que copan el protagonismo de El viaje de Chihiro solo puede entenderse como irrelevante si lo que se toma como referencia es el relato, la voluntad de contar una historia. Ninguno de estos detalles ayuda en la elaboración del guion de la película, un libreto que, de hecho, no pasa de ser correcto. Se trata de una extraordinaria noticia, especialmente si lo que se ofrece a cambio es una portentosa animación, cuya minuciosidad transporta al espectador a un mundo mágico donde, a partir de una desbordante imaginación, en realidad se nos habla de comportamientos y emociones básicas del ser humano, en este caso principalmente las relacionadas con el miedo a crecer.


Puedes ver EL VIAJE DE CHIHIRO en la plataforma Netflix


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EL VIAJE DE CHIHIRO

Dirección: Hayao Miyazaki.

Reparto: Rumi Hiiragi, Miyu Irino, Mari Natsuki, Takashi Naitô, Yasuko Sawaguchi, Tatsuya Gashûin, Ryûnosuke Kamiki, Yumi Tamai.

Género: Aventuras. Japón, 2001.

Duración: 125 minutos.

 


 

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