De aquellos polvos estos lodos

Tomás Cuadrado Pescador


Hasta que es esnifada por el político de moda justo antes de su gran debate, o por el ciudadano que quizá le vaya a votar, esa raya de cocaína ha formado antes parte de un inmenso río de polvo blanco que ha viajado caudaloso por medio mundo desde su manantial en Centroamérica, para desaparecer en millones de narices. «Zerozerozero» es, al parecer, como se conoce en el mundillo a la cocaína de la mejor calidad; eso es al menos lo que afirmaba Roberto Saviano en el libro (ZeroZeroZero) en el que se basa esta serie. El libro tenía la ambición de trazar el panorama totalizador de lo que supone el flujo imparable de cocaína en el mundo: lo que une a quien cultiva la hoja de coca con quien consume el producto final; esa compleja red de la que forman parte los cárteles mexicanos que se encargan de su producción y distribución, y que renacen como las cabezas de la hidra; los clanes calabreses que monopolizan su importación en Europa; la mafia rusa que vende armas a unos y a otros, y todo el poder corrosivo, en suma, que la omnipresente cocaína ejerce allá por donde pasa, y cuyas consecuencias se sienten en todo el orbe.

Ese afán totalizador del libro a la hora de mostrar el papel que cumple la coca en el planeta se mantiene en la serie homónima. Dos son, sin embargo, las diferencias fundamentales: mientras el libro era un ensayo exhaustivo, la serie ha adaptado convenientemente la forma narrativa; mientras el ensayo de Saviano estaba poblado por multitud de organizaciones e individuos reales (inolvidable aquella Griselda Blanco, por ejemplo) aquí se han reducido enormemente, y son todos ficticios; los escenarios en los que se desenvuelve la historia también se han simplificado.

La serie muestra los mecanismos que se ponen en marcha desde que Don Minù, capo del clan reinante de la ‘Ndrangheta, encarga desde su agujero recóndito en el Aspromonte (Calabria) el envío de cinco toneladas de cocaína. Sus proveedores son los hermanos Leyra, del cártel de Monterrey (México), quienes para el transporte marítimo hasta Europa se valdrán de sus brokers (así los llaman en la serie) habituales: los Lynwood, respetable familia de navieros estadounidenses. Así planteados en esencia, los tres escenarios principales y las tres tramas respectivas se irán entretejiendo y complicando a lo largo de ocho episodios.

Los dos primeros, aunque llevan a querer seguir viendo más y ver cómo se desarrollará la historia, no logran seducir: se notan demasiado algunos recursos facilones para conmover al espectador, como el de la escena en que una niña se desangra en la calle hasta morir, víctima inocente de un tiroteo entre narcos, o incluso momentos directamente ridículos e inverosímiles como ese en el que unos mafiosos calabreses, tras eliminar a un rival, prenden fuego por puro odio a los millones de euros en billetes que llevaba la víctima. Pero por fortuna, a partir del tercer episodio Stefano Sollima no dirige ninguno más y lo peor de su factura (que convirtió igualmente a las series Romanzo criminale y Gomorra en productos un tanto infantilones y grandilocuentes) queda atrás de la mano de Janus Metz y Pablo Trapero, directores del resto de los episodios. Con ellos la serie alcanza una altura y unos niveles de excelencia que, no obstante algunos errores menores, será difícil que defraude incluso al más exigente.

Producida por Amazon Studios, en colaboración con Canal+ y Sky Atlantic, y maravillosamente interpretada, la historia plantea múltiples niveles de lectura del fenómeno: desde la problemática individual hasta la estructural que plantean los llamados Estados fallidos; pero ninguna solución al problema. ¿Legalizar las drogas? ¿Reforzar la lucha a nivel internacional? La tesis que se extraiga de la serie, si es que se puede extraer sólo una, dependerá del espectador una vez la haya visto.


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