Una gota de sangre para morir fantaseando

Santiago Alonso 


El hecho de que Bloomhouse haya conseguido ser con todo merecimiento la factoría estadounidense de género fantástico y de terror más preeminente de la actualidad, superando con mucho a competidoras como la Ghosthouse de Sam Raimi, no solo guarda relación con el nivel que alcanzan sus mejores producciones (véase la obra de Jordan Peele), sino también con el concepto que rige su actividad. Es decir, se debe además a la acogida de figuras de contrastada valía (M. Night Shyamalan, Rob Zombie, James Wan…), a la promoción de nuevos valores (Mike Flanagan, Leigh Whannell…) y, en general, a la diversidad de palos que toca con cada estreno, no solo en cuanto a la temática. Jason Blum, el fundador del sello, no desatiende ni mucho menos las películas de menor presupuesto, dentro de lo que ya es de por sí una productora de serie B, ni tampoco las que se orientan comercialmente a un público más amplio. Un ejemplo claro de esto último fue Verdad o trato (2018) de Jeff Wadlow, un extraño objeto cinematográfico para adolescentes la mar de sugerente, o la nueva película del mismo director, Fantasy Island, que está cortada por el mismo patrón.

Al responsable de Cry Wolf (2005) le gusta plantear argumentos en los que los juegos inocentes y los traumas individuales de un grupo de personas entran fatalmente en colisión. Hacer un remake de La isla de la fantasía (1978-1984), una serie estadounidense que llegó a emitirse en nuestra televisión a principios de los años ochenta, le ofrece una buena oportunidad de seguir la misma senda conceptual, máxime cuando se ha planteado reconvertir el planteamiento de esta idea ajena en una historia de terror. La serie original estaba protagonizada por el misterioso señor Roarke y su asistente Tatto, los anfitriones de un paraje perdido en el Pacífico adonde llegan personas que han pagado un dineral con el objetivo de vivir durante los pocos días de estancia una fantasía personal hecha realidad. La premisa general consistía en que, después, el deseo de cada pocas veces se cumplía como estaba previsto. Y Wadlow, al plantearse una nueva versión, considera que de la índole fantástica de dicha idea central al terreno de lo terrorífico, tan solo hay un paso. Y lo da, claro.

Filme de episodios, por tanto, Fantasy Island se concibe desde el principio hasta el final como una propuesta mejunje, un riesgo del que el director casi siempre sale airoso. Por un lado va contando en paralelo las distintas historietas que protagonizan los cinco invitados, hasta su confluencia durante la conclusión. Por otro, plantea cada drama psicológico según un subgénero diferente: tenemos una imitación descafeinada del torture porn, una parodia de las invasiones caseras, un reencuentro familiar imposible en medio de una guerra y hasta dos melodramas fantásticos. Aunque haya demasiado en la marmita y Wadlow, desgraciadamente, quiera hacer pasar por válida una trampa con la que no respeta al público ni a sí mismo como narrador —un giro final por el cual un personaje también fingía, ejem, su comportamiento ante el respetable que ocupa las butacas—, hay algo en su desparpajo y su espíritu festivo que sostiene el conjunto, dotando a las secuencias de un sentido bastante loco. Tocando sin complejos una serie de teclas, como la simplicidad de unos efectos especiales consistentes en un líquido negro que les brota de los ojos a los resucitados, la cinta activa unas sensaciones gozosas que resultan atemporales y, desde luego, funcionan mucho mejor que las vistas en casi todas las películas de terror engoladas y trascendentes de reciente hornada.



 

FANTASY ISLAND

Dirección: Jeff Wadlow

Intérpretes: Lucy Hale, Maggie Q, Charlotte McKinney, Michael Peña.

Género: terror. Estados Unidos, 2020.

Duración: 109 minutos.

 


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