La existencia esteparia

Santiago Alonso 


¿Cómo se puede filmar con ingenio una inmensidad compuesta solo de llanura y cielo? ¿Cómo se puede captar el tiempo en un lugar donde el mismo sentido del tiempo apenas se ajusta al concepto general que tenemos de él? ¿Cómo pueden explicarse unos personajes situados en un paisaje vacío si se los observa solo desde una larga distancia? ¿Cómo puede un cineasta, en definitiva, adaptarse a la estepa mongola para llevar la experiencia de estar allí (de construir la imagen y su tiempo partiendo de unas condiciones tan esenciales) a una pantalla? La respuesta a todas estas preguntas se halla en El huevo del dinosaurio (Öndög), el séptimo largometraje Wang Quan’an, con el que vuelve al ámbito geográfico y humano de La boda de Tuya (2006). Y es que, aun continuando con muchos de los presupuestos estéticos, emotivos y argumentales de aquella cinta, ganadora del Oso de Oro en Berlín, el director chino no ha pretendido esta vez confeccionar una historia a partir de la práctica neorrealista y de un lirismo tan limpio como vibrante, sino que el empleo de esos recursos tiene como finalidad alcanzar, ni más ni menos, algo parecido a una comunión fílmica con el espíritu milenario de Mongolia.

La película da comienzo con la vista del suelo que toma una cámara instalada en el parachoques de un todoterreno que recorre el campo, mientras se escucha una conversación entre el conductor y el acompañante cuya mayor función es informarnos de que ambos son policías. Es de noche y la superficie, sin ningún accidente topográfico o vegetal, parece infinita. Hierba y tierra, hierba y tierra, hierba y tierra… El plano dura dos o tres minutos, justo hasta que los faros alumbran el cuerpo desnudo de una mujer muerta y el coche se detiene. El agente más joven debe quedarse un día entero vigilando el lugar hasta que su jefe vuelva con las autoridades competentes para efectuar el levantamiento del cadáver. Como rondan los lobos por la zona, le piden ayuda a una aguerrida pastora.

Si con el sencillísimo plano inicial se ha expresado toda la vastedad del escenario, la puesta en escena que el realizador plantea a partir de ese momento y hasta la mitad del metraje ahonda en las mismas sensaciones: grandes planos generales en formato panorámico y con la línea del horizonte de fondo, acercamiento a los personajes casi siempre solo mediante la distancia focal, algún trávelin milimétrico para recoger desde la lejanía lo que se sale de encuadre, un par de zums también de acercamiento… Contamos con los dedos de una mano las ocasiones en las que la cámara reduce la distancia con los individuos, por lo que el inmenso logro de Wang Quan’an consiste en haber conseguido caracterizar de esta manera, sin ni siquiera mostrar de cerca sus caras o sus gestos, a los protagonistas. Más adelante, la aproximación visual a la pastora y el policía empieza a efectuarse durante el grupo de secuencias que separan las dos partes de El huevo del dinosaurio, reformulando narrativa y estilísticamente (aunque no del todo) la segunda.

Por entonces, cualquier indicio de que la película fuera a ser un peculiar policiaco ya se ha esfumado. Igual cabe decir del hipotético tremendismo cuando la acción se traslada a la morgue y el recuerdo de Érase una vez en Anatolia (2011) de Nuri Bilge Ceylan, un título con el que comparte ciertos aires, se intensifica. Pero el director chino es muy diferente al turco, pues muestra un carácter mucho menos grave, en absoluto doliente. A lo largo de todo el relato, valiéndose, además, de toda una serie de técnicas que incorpora sin prejuicios a la gramática cinematográfica (momentos a cámara lenta y a cámara rápida, desenfoques, disolvencias, transiciones sin cortes de una música diegética a otra extradiegética…), pretende capturar el ciclo natural según lo concibe la cultura mongola. Por un lado, Wang Quan’an encuentra en un öndög, literalmente «huevo fosilizado de dinosaurio» en mongol, el símbolo perfecto: como resto del pasado, representa la muerte; como resultado de una unión carnal, el amor; y como proyección futura, la vida. Y por otro, sobre todo, consigue crear junto con Dulamjav Enkhtaivan, una actriz no profesional (se dedica también al pastoreo), la figura central donde adquiere sentido el sorprendente contraste entre tradición y modernidad que se verifica en muchas imágenes. Dinosaurio, que así la llaman, es un personaje tan poderoso como lo era Tuya. Una mujer libre y fuerte, que se vale por sí misma en las contingencias de un día a día cortado, según se nos cuenta, por unos patrones vitales muy particulares que siempre han emanado, y se espera que sigan haciéndolo, de la existencia esteparia. Su independencia la lleva, incluso, a hacer las correcciones necesarias para que el ciclo se perpetúe.



 

EL HUEVO DEL DINOSAURIO (ÖNDÖG)

Dirección: Wang Quan’an

Intérpretes: Dulamjav Enkhtaivan, Norovsambuu, Aorigeleto.

Género: drama. Mongolia, China, 2019.

Duración: 100 minutos.

 


 

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