Aferrarse o soltar

Yago Paris


Resulta casi una obviedad señalar que la puesta en escena nunca ha sido el elemento más representativo del cine de Woody Allen. Incluso durante los años en que elaboró sus obras más reconocidas por la crítica, principalmente los años setenta y ochenta, —Annie Hall (1977), Manhattan (1979), La rosa púrpura de El Cairo (1985) o Hannah y sus hermanas (1986)—, el lenguaje visual nunca fue el centro de su obra, aunque llegara a crear notables ejercicios formales. Con el paso de los años sus propuestas han perdido brío, como se puede observar durante la década de los noventa, o, especialmente, tras la entrada en el siglo XXI. Al final, un cierto descuido en el acabado visual, cuando no directamente una mediocre planificación de las escenas de algunas películas —Encontrarás al hombre de tus sueños (2010) o Irrational Man (2015) son ejemplos paradigmáticos de esta tendencia—, ha caracterizado el cine de un director en el ocaso de su carrera, que ya no rueda pensando en crear grandes filmes sino por el placer de hacerlo.

Sin embargo, una nueva etapa se inició a partir de 2016, cuando comenzó su colaboración con el director de fotografía Vittorio Storaro, con quien ha filmado hasta la fecha tres cintas, más una cuarta que todavía está en fase de posproducción. Café Society fue la primera, y en ella se sustituían esas luminosas calles neoyorquinas tan habituales de su cine por una melancólica Los Ángeles. Otros cambios notorios fueron el uso de lentes, pasando a un intenso gran angular de textura preciosista; el alargamiento de la duración del plano, que se convertía en plano secuencia en muchas ocasiones; y una mayor atención a la planificación de las escenas, tanto los movimientos de cámara como los de los actores. El conjunto lucía mucho más trabajado, pero la propuesta visual cambiaba hasta tal punto que resultaba sencillo preguntarse si la autoría del filme pertenecía a Allen o a Storaro. Esta sensación se intensificó con Wonder Wheel, donde se apreciaba una cierta arbitrariedad en el uso de colores y encuadres, lo que jugaba en contra de una narración tan basada en el arco dramático de sus personajes. Puesta en escena y guion iban por caminos totalmente diferentes, sin que hubiera cohesión, dando la impresión de que no existía comunicación entre ambos creadores.

A pesar de los desbarajustes en la filmación de las escenas, la colaboración se ha mantenido firme, hasta llegar al filme que nos ocupa, Día de lluvia en Nueva York, y que acaba de llegar a diferentes plataformas de vídeo bajo demanda. En esta ocasión Woody Allen recupera su escenario predilecto, las radiantes calles de Manhattan; los personajes que mejor conoce, la sociedad de clase media-alta intelectual; y un género que domina la perfección, la comedia romántica. La historia narra la visita de una pareja de jóvenes a la Gran Manzana, donde Gatsby (Timothée Chalamet) planea un día perfecto para su novia Ashleigh (Elle Fanning). Por circunstancias y enredos varios, ambos personajes pasarán separados la práctica totalidad del metraje, lo que les permitirá poner su relación en perspectiva y cuestionarla. A partir de esta premisa, el realizador y guionista reflexiona en torno al sufrimiento innecesario que nos genera aferrarnos a que la vida sea como creemos que mejor sería para nosotros, y la consiguiente ceguera que impide ver la cantidad de posibilidades que tenemos a nuestro alrededor, muchas de ellas mejores todavía que aquello que nos empecinamos en alcanzar.

Como ocurre en el cine del autor estadounidense, la película es una nueva reformulación de toda una serie de lugares comunes de su obra: el amor y lo romántico, las relaciones humanas, las ilusiones, la esperanza y una mirada melancólica de la vida, etc. Al mismo tiempo, es un ejercicio que propone importantes variantes a sus pilares fundamentales. Uno de los puntos más llamativos de la propuesta consiste en que Allen ha elegido a universitarios como los protagonistas, algo atípico en su obra, más centrada en la edad adulta. Otro aspecto a destacar consiste en un cierto alejamiento de las dinámicas más habituales de su cine, como es el caso del uso del álter ego, encarnado por un Chalamet tan ultrarromántico como es habitual en el cineasta, pero nada neurótico y sí bastante engreído. Pero lo más significativo de esta obra es que se hayan podido combinar satisfactoriamente los talentos de Allen y Storaro. La fotografía y la planificación de las escenas siguen siendo igual de elaboradas, pero ya no son palos en las ruedas de la narración, sino motores de propulsión, probablemente porque en esta ocasión el director de fotografía se ha preocupado más por aportar al conjunto que por crear imágenes preciosas, o porque el realizador ha sabido dirigir adecuadamente a su colaborador. El resultado es una integración fructífera de forma y fondo que permite que estemos ante la que posiblemente sea una de las cintas más cohesionadas de Allen de las últimas dos décadas.


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DÍA DE LLUVIA EN NUEVA YORK

Dirección: Woody Allen.

Reparto: Timothée Chalamet, Elle Fanning, Selena Gomez, Jude Law, Diego Luna, Liev Schreiber, Annaleigh Ashford, Rebecca Hall, Cherry Jones, Will Rogers.

Género: comedia romántica. Estados Unidos, 2019.

Duración: 92 minutos.


 

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