Irene Bullock


Curiosa paradoja: mientras su personaje, Esther Blodgett (futura Vicki Lester), se enfrentaba a la adicción al alcohol de su pareja y a la vez probaba las mieles del éxito, la actriz Judy Garland regresaba por la puerta grande a la pantalla de cine con Ha nacido una estrella (A star is born, Estados Unidos, 1954), tratando de recuperar el terreno perdido en Hollywood y además intentando no dejarse vencer por sus adicciones y desequilibrios emocionales. Ella, Judy Garland, conocía muy bien el mundo que se reflejaba en la película. Entendía perfectamente el proceso que vivía Blodgett hasta ser Lester; y también la caída, la fragilidad, el olvido y la decadencia de su amado, Norman Maine (James Mason). Había experimentado ambas situaciones.

La actriz tenía tan solo 32 años cuando se enfrentó a esta película. Había sido una niña y adolescente prodigio de la MGM y, durante toda su juventud, un valor seguro para el estudio. Su carrera simbolizaba las luces y las sombras del sistema de estudios. Por un lado, el éxito fulgurante con una filmografía inolvidable; por otro, la explotación de su talento hasta límites insospechados. En su caso, esto último la dejó exhausta, lo que propició que arrastrara una cadena de adicciones (barbitúricos, anfetaminas y alcohol) y una personalidad frágil. Garland fue despedida sin miramientos de la MGM en 1949, expulsada de la fábrica de los sueños, pues sus problemas eran cada vez más notorios y tenía que ser una y otra vez reemplazada de distintos proyectos cinematográficos. Solo tenía 28 años. Y además su matrimonio con el director Vincente Minnelli hacía aguas por todas partes.

Sin embargo, al poco tiempo inició una relación con Sidney Luft (y terminaría casándose con él), un hombre relacionado con el mundo del espectáculo. Y junto a él dio un giro a su carrera, centrándose en su trayectoria como cantante. Así Judy subió a distintos escenarios y sus conciertos se convirtieron en todo un acontecimiento. Su voz era esa herramienta de trabajo prodigiosa que no le falló. Cinco años después de su despido, prepararon cuidadosamente su regreso a la pantalla de cine con Ha nacido una estrella, una película para mayor gloria de la actriz. Sidney Luft ejerció como productor, pero detrás había un gran estudio: Warner. El director que se puso al frente del proyecto fue George Cukor, un hombre que tenía fama de ser sensible y cuidadoso con sus intérpretes femeninas, logrando de ellas actuaciones inolvidables. Pero George Cukor era además un director de la vieja escuela, elegante y eficaz, con ojo para la comedia sofisticada, el melodrama y el musical. Por cierto, también había grandes interpretaciones masculinas en sus películas: mismamente, James Mason en la película que nos ocupa.

Judy Garland fue de esas estrellas de cine que se convierten en leyenda. También es un icono gay (como Marlene Dietrich o Joan Crawford). Y continúa cosechando numerosos fans, bien por su voz, bien por sus películas míticas, como El mago de Oz o Cita en San Luis. No decae el interés por su carrera cinematográfica y por su vida, que no fue precisamente un camino de rosas, a pesar de que falleció hace cincuenta años. De hecho, en breve se estrenará Judy, la película sobre sus últimos días de vida, y donde está interpretada por Renée Zellweger.

Todo un musical

Con Ha nacido una estrella se retomaba un argumento que ya se había comprobado que funcionaba, y que recorría las luces y las sombras de Hollywood. Precisamente el germen de la historia lo había puesto una mujer de interesante trayectoria profesional, Adela Rogers St. Johns (periodista, escritora y guionista), en una película pre-code que dirigirió precisamente George Cukor, Hollywood al desnudo (1932). Cinco años después se rescataron algunos de los elementos de la historia de Rogers St. Johns, y William A. Wellman puso en pie todo un clásico: Ha nacido una estrella, con Janet Gaynor y Fredric March como protagonistas. Con estos precedentes, Judy Garland volvía con una historia potente, que además tenía todos los ingredientes para transformarse en un buen musical, el género donde ella era toda una maestra.

La película cuenta con un recital de canciones para el lucimiento continuo de una artista enorme. Algunas de ellas expresan el estado de ánimo del personaje y sirven para que la historia avance, otras son para su exclusivo lucimiento y, después, están las que se emplean como recurso narrativo especial.

Dentro del primer grupo podríamos incluir tres de las canciones. Esther Blodgett es la cantante de una banda y, después de un duro día de trabajo, los miembros de esta se reúnen en un bar para cantar y tocar los temas que les apasionan. Allí Blodgett interpreta improvisada y apasionadamente «The Man that Got Away», canción que funciona como premonición. Oculto en la penumbra, escucha un fascinado Norman Maine. Después, este habla con ella y le dice que tiene un talento especial, innato. En otro momento de la película, Esther hace esfuerzos, aunque vuelve cansada de un día intenso de trabajo en el estudio, por mostrarse alegre y feliz y contarle sus andanzas a Norman, ya su marido, con la canción «Someone at Last». Ella se sirve de todo el mobiliario de la casa para la representación de su nuevo proyecto, mientras él, que está al borde del abismo, trata de seguirla en su entusiasmo disimulando la fragilidad que lleva sobre sus hombros. Es un número doloroso, pues ambos tratan de fingir que todo está bien. Y, por último, Esther está llevando a cabo el rodaje de un número musical vitalista y alegre para su próxima película, «Lose That Long Face», pero sus sentimientos son todo lo contrario. Está a punto de perder los nervios y derrumbarse durante un descanso junto al productor del estudio, Oliver Niles (Charles Bickford), pues no puede soportar el deterioro de su esposo.

Dentro del segundo grupo, es decir, de aquellas canciones para su exclusivo lucimiento, y que son un paréntesis dentro de la historia, se encuentra un largo número musical a mitad de la película (más de quince minutos) donde canta, entre otras, «Born in a Trunk Medley» y «Swanee». En realidad, muestra parte de la película ficticia que supone el lanzamiento definitivo hacia el éxito de Vicki Lester. Es decir, el musical por el que alcanza la fama y que es el relato del largo camino de una artista hacia el éxito. Es una gozada de número, pero corta y frena el ritmo de la película.

Y en el tercer grupo, es decir, cuando la canción se utiliza como recurso narrativo, estaría la maravillosa «It’s a New World». Primero, la escuchan Esther y Norman en su noche de bodas. Está sonando en la radio, pero él la apaga. Entonces pide a su esposa que se la cante en exclusiva. Ella lo hace y al final se besan. Este instante es una celebración de un amor que les abre un nuevo mundo. Ambos protagonizan una secuencia de intimidad, sensualidad y dulzura. Justo esa canción es la que elige Esther al final de la película, cuando Norman le pide que le cante mientras va a hacer un poco de ejercicio en la playa. Y suena a pura ironía trágica. Esther está desolada y cansada, pero decidida a sacrificarse para que Norman salga de la oscuridad. Y Norman, escuchando la canción, se retira para que su mujer siga su camino, y se mete poco a poco en el mar para suicidarse.

Luz y oscuridad en el mundo del cine

Ha nacido una estrella es una crónica amarga sobre Hollywood. Se aprecia el difícil trayecto de Esther hasta llegar al éxito como Vicki Lester. Primero su entrada en la fábrica de los sueños es prácticamente imposible hasta que Norman no le abre una ventana. Pero una vez dentro del sistema de estudios, encuentra un camino sembrado de vaivenes. De pronto, entra en una maquinaria que la desprende de su identidad y que trata de transformarla, sin dejarla intervenir apenas. No puede hablar ni opinar. Va pasando de un departamento a otro como si fuera una muñeca. Todo el mundo decide no solo sobre su nombre, sino también sobre su físico, sin medir si algo de lo que dicen pueda herirla. Es tal el proceso de transformación física que sufre que se cruza por un pasillo con Norman y este no la reconoce. Su carrera se encauza adecuadamente gracias a que Maine conoce la industria: es perro viejo y sabe de sus sombras; tiene todavía contactos y «fuerza» que su amada entre por la puerta grande, sin permitir que la máquina la cambie, la devore o menosprecie su talento. Una vez que Esther consigue que las puertas se abran de par en par, el camino es vertiginoso, sin descanso. Pero tiene en casa a Norman Maine y descubre otra faceta más oscura todavía de Hollywood.

Norman aparece como un actor de éxito dentro de una industria que le permite todos sus caprichos y que oculta sus problemas con el alcohol, porque sus producciones y su fama todavía son rentables para el estudio. Norman no tiene ninguna estabilidad sentimental hasta que se cruza en su camino Esther. Durante su primer encuentro, esta lidia elegantemente con él e impide que haga el ridículo en una de sus impresionantes borracheras durante un acto benéfico de la industria cinematográfica (donde se deja ver toda la hipocresía de ese mundo). Pero poco a poco el alcoholismo le va creando enemigos, como el agente de prensa del estudio, Matt Libby (un Jack Carson brillante), que se alegrará de su hundimiento e incluso contribuirá más a su caída al reprocharle su pasado comportamiento. Además, el nacimiento de una estrella como Vicki Lester eclipsa de alguna manera a Maine, quien se da cuenta de cómo los responsables del estudio lo van relagando cada vez más, hasta que consideran que ya no aporta beneficios y lo despiden. Sin miramientos. Por lo menos se lo comunica un productor amigo. El actor vive el olvido no solo del estudio, sino también del público. No puede llevar las riendas de su vida ni soportar la situación, el amor de Esther no le basta. Su desesperación es cada vez mayor y esto le hace aparecer borracho en la ceremonia de los oscars, cuando le están entregando una estatuilla a su esposa. Norman sube al escenario tambaleante y pide a gritos un trabajo, mientras todos los presentes miran hacia otro lado. Cuando ha caído del todo, tan solo le sigue echando una mano su mujer y su antiguo productor y amigo: Oliver Niles. Este sí reconoce que, con su trabajo, Norman contribuyó al mantenimiento de la maquinaria, y siempre que puede trata de echarle un cable. Maine no encuentra un freno a su caída, pero no quiere arrastrar a Esther.

Una historia de amor

Pero sobre todo Ha nacido una estrella es una historia de amor. La película recorre todas las sendas de una relación íntima. Todo empieza con ese corazón que dibuja en una columna un alcoholizado Maine con el pintalabios de Esther el día que la conoce en la gala benéfica, entre bambalinas. Un corazón que nadie borra y que Esther se vuelve a encontrar en otra gala a la que acude, en su primera aparición pública después de la muerte de su marido, y en la que se presenta como la esposa de Norman Maine, para que no haya olvido.

Los momentos en que están juntos son los más hermosos y emotivos de la película. Surge la química entre Judy Garland y James Mason. Sus miradas y sus gestos de cariño traspasan la pantalla. Además de alguna de las secuencias que ya hemos mencionado, hay otras como la petición de matrimonio que queda grabada en el estudio y de la que son testigos un montón de compañeros. O el amargo momento en el que él descubre avergonzado en una sala de un juzgado, después de que lo hayan detenido por una borrachera, la presencia de su esposa, pero la mirada entre ambos se transforma en cariño y comprensión. O el momento que se repite a lo largo de la película, como un leitmotiv: cada vez que Esther entra en una casa o en una habitación, Norman le pide: «¿Puedo mirarte otra vez?», y esta se asoma de nuevo antes de desaparecer.

Las sombras del montaje

La película era una obra cinematográfica tan ambiciosa que quedó excesivamente larga. En un principio había una copia de más de 180 minutos, pero Warner intervino y cortó hasta que se quedó en unos 150 minutos. Lo más grave es que mucho del material cortado se destruyó. Esto afectó desgraciadamente al ritmo de la historia y a la construcción lógica de la relación entre Esther y Norman (sobre todo a sus inicios). En 1983 se realizó una restauración (que ha sido la obra revisada para este texto) para acercarse al montaje original de Cukor. En algunos casos solo pudo recuperarse la banda sonora, así que para aquellas partes en las que no existía el material original, se incluyeron fotogramas. Aunque esta solución queda extraña, y puede molestar en un primer momento, en los siguientes visionados permite descubrir cómo esas secuencias eran necesarias para llegar más al fondo de los personajes y de la historia que se nos cuenta.

Ha nacido una estrella ha tenido dos versiones más, pero la historia se ha traspasado al universo de las discográficas. En 1976 la historia se repetía con Barbra Streisand y Kris Kristofferson, bajo la dirección de Frank Pierson. Y el año pasado se estrenó el remake de Bradley Cooper, protagonizada por él mismo y Lady Gaga. Sin embargo, al revisar todas las versiones, es inevitable recordar la vulnerabilidad y sensibilidad de Judy Garland frente un mundo que conocía bien. Su Ha nacido una estrella duele, con esa actriz que canta y llega a lo más hondo, que es capaz de entonar una letra optimista y alegre con unos pasos de baile llenos de vida y, a continuación, derrumbarse, a punto de tener un ataque de nervios, y expresar todo su dolor por ver cómo se hunde la persona amada… O quizá por ser consciente de cómo la que se está hundiendo es ella misma.



 

2 Comentarios »

  1. Leyendo tu texto, querida Irene, pienso que esta película me gusta aún más de lo que me gusta. No es que no me guste, no quiero expresarme mal, pero no es de aquellas a las que pienso volver una y otra vez. Y sin embargo está llena de escenas imborrables, como bien decís. “The man that got away” es de una potencia incomparable y las escenas íntimas entre Garland y Mason son maravillosas. Garland tenía la virtud de lograr química con todo el que se le pusiera al lado. Lo único que sigue pareciéndome pesado es ese montaje con fotografías, tal vez me falten más visionados para acostumbrarme a él.-
    En cuanto pueda le echaré una nueva mirada. Sin dudas es mi favorita de las dos que conozco (la de 1937 y esta). Sigo resistiéndome prolijamente a ver la de los años ’70 y en cuanto la última, me gusta Cooper pero el cine contemporáneo me da pereza, qué querés que te diga…
    Un beso enorme, Bet.-

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  2. Mi buena amiga Bet, me pasó lo mismo la primera vez que vi la restauración con los fotogramas no me convenció en absoluto, pero luego mi visión ha ido cambiando poco a poco. Sí, tienes razón, es una película con momentos imborrables. Y los dos, Garland y Mason, están brillantes. Algunas de las canciones que nombro en el texto son las que más me gustan. Sobre todo “The man that got away” y “«It’s a New World”.
    Jajajaja, yo como me chifla esta historia, me las he visto todas. Pero quizá mi favorita sea también la de Cukor. Pero en cada una de ellas me quedo con algo.

    Beso con gotas de champán burbujeante
    Irene Bullock

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