Rockeros soviéticos

Santiago Alonso 


Hace pocos días el gran crítico Diego A. Manrique se hacía eco en las páginas del diario El País de las recientes palabras del músico Nick Cave sobre el no muy halagüeño presente del rock. Entre otras cuestiones, el australiano sostenía que este «ya no tiene el vigor necesario para pelear las grandes batallas» como sucedía antaño, que hay «poco nuevo o auténtico ya que se ha vuelto más previsible», y concluía diciendo que tal vez «deba morir durante un tiempo, para que algo poderoso y subversivo y verdaderamente monumental pueda surgir de ahí». Mientras esperamos la resurrección, el estreno de una película tan eminentemente emocional como Leto confirma lo que sienten quienes consideran el rock and roll parte fundamental de su existencia: es un sentimiento fortísimo, un latido de libertad que bombea la sangre con furor, una rendija de escape cuando la realidad del día a día aprisiona a los individuos. Lo vive así tanto el artista como el entusiasta musicómano.

Todo esto palpita de manera especial en el trabajo del director Kirill Serebrennikov debido al contexto sociopolítico donde se desarrolla la historia. El encantamiento en el que se ven inmersos los rockeros protagonistas acontece en Leningrado, a principios de los años ochenta, justo antes de la Perestroika. Es decir, el impulso de rebelión y vitalidad se encuentra encajonado entre las hostiles barreras de una dictadura. La descripción de la esforzada escena musical rusa, mediante una formidable reconstrucción cinematográfica (son sobresalientes la ambientación y la fotografía en blanco y negro), se centra en tres personajes concretos tomados de la realidad: el joven Victor Tsoï, quien poco después triunfó como cantante del grupo pospunk Kinó y que fue víctima de un accidente mortal en 1990; Mike Naumenko, una figura determinante respecto la introducción de la cultura rock en Rusia; y Natasha Naumenko, esposa y apoyo fundamental del segundo.

Aparte de la inserción de algún número musical intencionada y remarcadamente fantasioso (a cuenta de versiones de Lou Reed, David Bowie, Iggy Pop o Talking Heads) como contraste con la opresiva jaula del régimen soviético, el propósito principal de Serebrennikov no pasa tanto por ejercer de concienzudo narrador, sino por querer capturar el momento vibrante que impulsó a los miembros de una generación a elegir un estilo de vida muy diferente al de sus compatriotas. Es muy probable que, a menudo, durante la película no sepamos muy bien cuál es la finalidad de lo que el cineasta está contando, una sensación tal vez acrecentada por el hecho de que tampoco se le da al espectador mucha información contextualizadora acerca de los personajes y su importancia cultural. La clave, sin embargo, probablemente la dé Natasha (el guion está basado en sus memorias) durante una conversación con Viktor, y a ella pretende acogerse el director: su visión del hecho artístico se aproxima mucho al concepto del haiku japonés: el asombro y la emoción se genera con una sencilla flor; nada aporta el tupido bosque que hay alrededor.



LETO

Dirección: Kirill Serebrennikov.

Intérpretes: Teo Yoo, Irina Starshenbaum, Roman Bilyk, Aleksandr Kuznetsov.

Género: musical. Rusia, Francia, 2018.

Duración: 126 minutos.

 


 

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