Nueva caza de brujas en Salem

Santiago Alonso 


El estreno hace un año de El justiciero, el remake en tiempos de Trump de la famosa cinta setentera sobre el señor que resolvía a tiro limpio la inseguridad ciudadana, desveló muy claramente la existencia de las dificultades (¿de los límites?) que encuentra el cine peliculero y referencial cuando tiene entre manos ciertas cuestiones polémicas ante las que es imposible no apuntar un posicionamiento ético. Había sátira en la película de Eli Roth a cuenta de una sociedad obsesionada por las armas, aunque también muy poco atrevimiento para defender una opinión, fuera del signo que fuera. Ahora llega Sam Levinson e intenta demostrar que sí se puede hacer crítica abierta mientras se juega a la cinefilia. No se anda con subterfugios de ningún tipo desde el minuto uno de Nación salvaje, cuando realiza una declaración de principios casi en forma de tráiler a lo grindhouse tarantiniano —escuchamos incluso al infalible Ennio Morricone, con su mítica pieza Violenza inattesa— donde se resume el contenido de lo que se va a ver y se presenta, al mismo tiempo, un propósito político. Es un raudo montaje de escenas de la película y letreros con los colores de la bandera estadounidense. Avisan de que habrá sangre, agresiones, muerte, alcohol, consumo de drogas, contenido sexual…; pero también acoso, clasismo, homofobia, transfobia, sexismo en general, armas, nacionalismo y masculinidad tóxica y dominante.

Mostrándose muy brillante en el apartado formal, Levinson toma un celebre hecho histórico de intolerancia y furia de masas, los sucesos de Salem, y lo lleva al presente para situarlo en el marco de una sociedad cada vez más condicionada por internet. En vez de brujas tenemos a un grupo de chicas de instituto puestas en el punto de mira de la violencia machista y la hipocresía moralista de sus vecinos. El mensaje parece claro: la continua exposición pública que provoca el uso del móvil y las redes sociales se traduce en que, correlativamente, las identidades se vayan reduciendo poco a poco y, como consecuencia, se faciliten los abusos por parte de maltratadores e inquisidores. Es lo que le pasa, por ejemplo, a la protagonista, una joven a quien el novio y un admirador anónimo han convertido en objeto sexual valiéndose de cámaras y chats.

Nadie puede acusar al director de no cumplir con lo que promete. Ni cabe sorprenderse de la nula sutileza porque ya estaba anunciada. Aunque su discurso se construya casi siempre mediante una sucesión de retratos toscos y enunciados básicos, prácticamente soltando lemas sin más, sí hay que aplaudir lo consciente que es Levinson de estar haciendo una película de esta época. Refleja convulsiones actuales y advierte de peligros no muy lejanos. En ese sentido, resultan mucho más estimulantes las dos primeras partes, justo las que reformulan tópicos made in USA bajo una mirada indignada (las amiguísimas adolescentes, la vida de instituto, las animadoras, los barrios residenciales…), que la tercera, el festival sanguinolento y más abiertamente cinéfilo según los parámetros de la serie B, incluyendo un homenaje (sin mucho salero, la verdad sea dicha) a las producciones japonesas de los años setenta sobre bandas vengadoras de mujeres, tales como la saga Stray Cat Rock

Ahora bien, valorando el conjunto puede afirmarse que Nación salvaje evidencia las limitaciones de su modelo expresivo. ¿O tal vez son de discurso? Sin duda hay valentía cuando el filme se propone señalar el lado oscuro de las usanzas tecnológicas, pero la crítica que hace revela inconsistencias y contradicciones, algunas concentradas en la proclama final que se lanza vía pantalla digital. Asimismo se ha perdido la ocasión de tratar con profundidad y madurez la dependencia humana de los programas informáticos y los dispositivos electrónicos. O Levison, en realidad, no ha contemplado hacerlo.



 

NACIÓN SALVAJE

Dirección: Sam Levinson.

Intérpretes: Odessa Young, Abra, Suki Waterhouse, Hari Nef.

Género: acción, thriller. Estados Unidos, 2018.

Duración: 108 minutos.

 


 

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