¡Brujas, más que brujas!

Santiago Alonso 


Por fin, ya está aquí la nueva Suspiria, después de toda la expectación que ha generado desde el mismo momento que se anunció el proyecto y la perplejidad (y mucha desconfianza) que mostraron (mostramos) los entusiastas de la original, cumbre absoluta en la filmografía de Dario Argento. Una vez vista conviene dejar claro que queda muy lejos del fenómeno del remake como mera práctica comercial. La película de Luca Guadagnino no asume la dinámica de rehacer para un nuevo publico, sino que resulta una versión libérrima, donde se han tomado cuatro o cinco líneas maestras que definían el clásico de los setenta, con la finalidad de construir un discurso llevado a un terreno propio. ¿Ya apuntaba Argento algunas cuestiones temáticas que desarrolla el director de Cegados por el sol? Habría que debatirlo, pero, en cualquier caso, que a los quince o veinte minutos de la proyección se nos haya olvidado que estamos viendo una obra basada en otra previa constituye algo bastante positivo.

Guadagnino traslada la historia al Berlín Oeste de 1977. Tenemos otra vez a la estudiante estadounidense que llega a una prestigiosa academia de danza, otra vez una terrible casa del mal donde vive una comunidad oculta de brujas y otra vez un viaje hacia el horror sin red de seguridad, pero poco más. Se han añadido dos elementos ligados entre sí que sirven de fondo continuo al relato: primero, este transcurre durante las turbulentas semanas del otoño de aquel año, marcadas por las acciones de la Facción del Ejército Rojo; segundo, un escenario alemán de posguerra donde el pasado próximo no se ha resuelto y continúa latiendo. E igualmente determinante es el cambio del foco sobre los personajes, que ha pasado de centrarse, con Argento, sobre todo en la protagonista, a dividirse en cuatro, pues Guadagnino y David Kajganich, su guionista, reparten el peso narrativo entre la joven estadounidense (Dakota Johnson), la profesora Madame Blanc (Tilda Swinton), la primera estudiante que huye (Chloë Grace Moretz) y otro personaje totalmente nuevo y fundamental, el anciano psicoterapeuta (el misterioso actor Lutz Ebersdorf).

También hay magia cinematográfica en esta Suspiria. Tras la primera colaboración en Call me by Your Name, Guadagnino ha trabajado de nuevo con el director de fotografía Sayombhu Mukdeeprom, y parece que ambos hayan hecho un conjuro que les haya trasladado a la Alemania real de los setenta, metiéndose en los fotogramas de una película de Rainer Werner Fassbinder o Margarethe von Trotta. La textura y las imágenes son fascinantes se ha empleado solo una película Kodak de 35mm muy concreta (Vision3 503) y sin filtros, gracias a una operación diametralmente opuesta a la que hicieron Argento y Luciano Tovoli hace cuatro décadas, en lo que se refiere al tratamiento de la luz y los colores. En esta ocasión ninguno de ellos es primario. No se abandonan los tonos apagados ni hay pinceladas intensas que ataquen a la vista.

Así es el caldero. Después vienen los nuevos ingredientes que se añaden a la pócima. Son muchos, seguramente demasiados. También interesantes, muy interesantes, aunque la película termina y, he aquí el quizás insalvable problema, se tiene la sensación de que no han estado hilados. Juntos han perdido el sentido. O parece que se han quedado a medias. El matriarcado y su lucha por la supervivencia en un mundo de horror; las contrapuestas maneras de concebir dicho matriarcado; el universal conflicto madre-hija; el terror como opción revolucionaria clandestina; las expresiones radicales del cristianismo; el Holocausto y sus consecuencias; los impulsos por salvarse de la alienación… Tanta confusión provoca una gran dificultad para llegar a entender de veras la lucha entre brujas, el desarrollo de los personajes, las correspondencias de ideas que se intentan establecer o, incluso, la razón de que a todo el mejunje lo remate un chocante epílogo de tono melodramático. Resumiendo, llegar a entender qué se ha querido trasmitir. Guadagnino, perdido en su propio ensimismamiento, acaba ofreciendo un filme muy disperso, excesivamente cerebral. Y este último era un componente que de ninguna de las maneras contenía la simpar receta argentiniana.



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