Netflix, la mano que mece la cuna

Yago Paris


Qué reto más apasionante para la crítica ha propuesto Netflix al estrenar Al otro lado del viento. Más allá del mero hecho de enfrentarse a una nueva obra de uno de los directores más importantes de la historia del cine, Orson Welles, la maniobra de la plataforma de streaming acarrea una serie de debates éticos que no pueden eludirse a la hora de analizar la película que llega a nuestras manos. Por un lado, resulta complicado no sentirnos agradecidos porque por fin haya podido ver la luz para el gran público una titánica obra, que contaba con más de cien horas de metraje, y que Welles no pudo —hay quien argumenta que no quiso— terminar antes de morir. Por otro lado, precisamente por este motivo, ¿es ético que Netflix haya terminado la obra de otra persona, sin su consentimiento? Sobre todo si se tiene en cuenta que la compañía ha vendido el lanzamiento como una restauración, cuando en realidad lo que ha hecho ha sido tomar el material filmado y dárselo a alguien para que lo monte (Bob Murawski), alguien que no es Welles. Una decisión cuestionable de por sí, pero especialmente controvertida si se tiene en cuenta que el director era de los que consideraba que el proceso clave en la creación de un filme era el montaje. El cineasta había dejado preparados apenas cuarenta minutos de metraje, por lo que el mero hecho de haberle dado forma como película, con principio, nudo y desenlace, ya supone haber intervenido de manera determinante en un proceso que, simplemente, era imposible de acabar sin el responsable del filme. Por tanto, aparte de justo, lo más ético sería dejar claro que no se trata de una película de Orson Welles. Por todos estos motivos, Al otro lado del viento es un caramelo para cualquier crítico, a la vez que un auténtico reto, debido a la magnitud de semejante debate.

Nada de lo escrito por que este crítico habría sido igual si no hubiera escuchado previamente el apasionante podcast de Otros Cines Europa en el que Manu Yáñez entrevista a Esteve Rimbau, director de la Filmoteca de Catalunya y experto en la obra de Orson Welles. En el programa se realiza un amplio recorrido a la historia de Al otro lado del viento, cubriendo cómo el autor comenzó a idearla en los sesenta, la rodó durante los setenta y empezó a montarla durante los ochenta. A tenor de lo que puede verse en el producto final que Netflix nos ha entregado, la cinta narra el último día de vida de Jake Hannaford, un director de cine cuya personalidad podría entenderse como una mezcla de las de Orson Welles y Ernest Hemingway, y a quien interpreta el también realizador John Huston. Rodada con múltiples cámaras, que aportan diferentes formatos y texturas a la imagen, incluyendo un salto constante entre el color y el blanco y negro, la obra se convierte en un tour de force que se apoya en un montaje frenético y unos diálogos complejos que se enuncian a gran velocidad para crear una constante sensación de desorientación en el público.

El filme se encuadra dentro de la corriente del Nuevo Hollywood, que imperaba en el cine estadounidense de aquella época, y que consistía en transgredir todos los cánones de realización del modelo clásico, tanto en el plano visual como en el del guion. La narración se divide en dos partes. Por un lado, el último día de vida del director de cine, que transcurre mayoritariamente en su mansión, donde amigos, periodistas y miembros del rodaje acuden a la fiesta que el realizador ha organizado. El otro fragmento corresponde a la película dentro de la película, es decir, la obra que Hannaford está rodando y que, como habitualmente le ocurría al propio Welles, y específicamente en el caso que analizamos, no consigue terminar por falta de financiación. Este último es el que más destaca en el apartado formal, con una propuesta tan radical, cercana al cine experimental, que incluso podría interpretarse como una parodia. El director de Ciudadano Kane despliega un torrente de imaginación y crea un universo lleno de estímulos visuales, en el que destacan dos escenas sexuales, una que tiene lugar en el baño de un bar, y otra que acontece en el interior de un coche. El tratamiento del sexo en el filme es bastante explícito, especialmente si se tiene en cuenta que el autor siempre destacó por su pudor en dicha materia. Se cree que el cambio se debe a la influencia de Oja Kodar, por aquel entonces pareja del realizador, protagonista de la ficción dentro de la ficción y, según reconoció el propio Welles, coautora de la cinta.

Sin embargo, a pesar de que las escenas de sexo puede que sean las mejores escenas del filme, y a pesar de que corresponden a parte de lo que el autor dejó montado, resulta indispensable señalar que Netflix las ha modificado. Este crítico no considera que la plataforma de streaming sea el eje del mal de la producción audiovisual contemporánea, pero quizás habría que plantearse cuáles son las verdaderas intenciones de la empresa a la hora de poner dinero para financiar proyectos de grandes cineastas cuando, en un caso tan flagrante como este, en el que se han atrevido a modificar lo poco que Welles concluyó —se ha recortado parte de una escena e incluso se han insertado planos—, no se respeta ni siquiera la voluntad de una persona que, para más inri, ya no está viva para protestar. A pesar de que el deslumbrante poderío visual del cineasta sea determinante para que Al otro lado del viento sea probablemente lo mejor que se pueda ver en este 2018, resulta necesario aproximarse al filme siempre teniendo en mente la espléndida definición que ofrece Esteve Rimbau: «es una reconstrucción, hecha en nombre de Welles, pero sin Welles».


al otro lado del viento crítica insertos


Al otro lado del viento póster cartel

AL OTRO LADO DEL VIENTO

Dirección: Orson Welles.

Reparto: John Huston, Robert Random, Peter Bogdanovich, Susan Strasberg, Oja Kodar, Joseph McBride, Lilli Palmer, Edmond O’Brien, Mercedes McCambridge.

Género: Drama. Estados Unidos, 2018.

Duración: 122 minutos.

 


 

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