Santiago Alonso 


 

Quiero que cuando la gente salga de la sala pueda reflexionar acerca del mundo de una manera un poco diferente.

 

Durante el último Festival de Cannes presentaron trabajo, en las distintas secciones, varios de los realizadores fundamentales de la actualidad (Jafar Panahi, Asghar Farhadi, Nuri Bilge Ceilan, Pawel Pawlikowski, Hirokazu Kore-eda, Wang Bing…), otros que parecen estar llamados a una merecida consagración (Alice Rohrwacher, David Robert Mitchell…) e incluso alguna figura totémica (Jean-Luc Godard). La prensa también se hizo eco, y los mentideros digitales lo ampliaron, de la ruidosa y calculadamente polémica vuelta al certamen de Lars von Trier, declarado allí desde hace tiempo persona non grata. Sin embargo, la sección oficial a concurso acogió un regreso muchísimo más estimulante y al que no se le dio tanta relevancia: después de ocho años sin dirigir, el gran Lee Chang-dong, un cineasta contemporáneo capital, presentaba Burning. Y para regocijo de quienes admiran profundamente la corta pero ejemplar obra del surcoreano, la larga espera no ha sido en vano. Aunque no recibió ningún premio del palmarés oficial, Burning obtuvo el reconocimiento a la mejor película de la sección oficial que otorga la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI) por tratarse de un título «visualmente impresionante, un complejo y emocionante comentario de la sociedad contemporánea».

Nacido en 1954 en la ciudad de Daegu, con formación en letras y una carrera consolidada como novelista antes de dedicarse a rodar películas, Lee Chang-dong constituye una figura singular dentro del fenomenal auge que ha vivido la cinematografía de su país en las últimas tres décadas y cuyo afianzamiento tanto ha entusiasmado, incluso fuera de Corea del Sur. Lo cierto es que parece moverse entre coordenadas diferentes a las de representantes del, por así decirlo, circuito concienzudamente más festivalero como son Kim Ki-duk o Hong Sang-soo, aunque también de las de aquellos que se han construido una fuerte personalidad autoral partiendo del thriller y otras manifestaciones genéricas afines: véase el caso de Park Chan-wook, Bong Joon-ho o Kim Jee-woon. Al mismo tiempo, este cineasta permanece a distancia de sendas más clásicas y enraizadas con la cultura coreana tradicional, las que encarna el veterano Im Kwon-taek, e incluso su muy heterodoxa filiación al melodrama lo aleja de Hur Jin-ho u otros exponentes destacados de un género que funciona en el país asiático casi como lenguaje artístico vehicular.

Secret Sunshine

Si debiéramos elegir solo una escena que nos permitiera entender por qué Lee Chang-dong hace cine, podríamos proponer el perturbador encuentro en la cárcel de Secret Sunshine (2007). En dicha escena la protagonista, un ser vapuleado por la tragedia y que ha encontrado el único consuelo en la religión, visita al criminal responsable de la herida más lacerante, la peor entre todas las que puede recibir una madre. Durante el diálogo, el preso cuenta que él también ha encontrado a Dios, una buena nueva que le está ayudando a sobrellevar el castigo. ¿Una misma salvación para víctima y verdugo? ¿Es eso justo? ¿Es humanamente admisible? ¿La religión se conforma con acabar situando en un mismo plano a quien sufre y a quien han hecho sufrir? ¿De verdad hay que darle gracias a Dios por ello?

Según ha contado el director, las películas pueden dividirse en tres tipos. Están las que no nos dejan ver lo que queremos ver. Después las que solo nos permiten ver lo que queremos ver. Y por último, aquellas que nos ayudan a ver el mundo bajo otra perspectiva. Sin duda, él apuesta por las terceras y su manera de hacerlo implica lanzar preguntas en contextos incómodos, el mejor modo de retar a los espectadores a pensar. ¿Cómo? Mostrando el abismo grande y profundo que se abre a los pies de protagonistas como la de Secret Sunshine o a los del resto de sus seis películas como director y guionista hasta la fecha. Son individuos frente a las embestidas de la vida. Para ellos todo pasa, entonces, por evitar que su voluntad acabe subyugada, por intentar no caer o, al menos, no dejarse arrastrar definitivamente. La lucha puede ser encarnizada. Y el único recurso que les queda, en cualquier caso, es reformularse a sí mismos como personas, como buenamente puedan y aunque sea in extremis.

Ya en Green Fish (1997), el debut del realizador, encontramos a un joven que, tras haber terminado el servicio militar, se encuentra ante la incompatibilidad trágica de pertenecer al mismo tiempo a dos clases de familia, la propia y la que representa el crimen organizado. El trágico protagonista de Peppermint Candy (2000) está a merced de la mismísima historia surcoreana reciente. El director cuenta así los efectos de una dictadura (1960-1988) que cayó a plomo sobre una juventud repleta de ideales, firmando la que resulta simple y llanamente una de las películas mejor concebidas y rodadas que ha podido ver quien teclea las presentes líneas. En Oasis (2002), una historia romántica como pocas, como muy pocas, los enamorados superan sus respectivas discapacidades mientras deben afrontar el rechazo social que suscita su relación.

Oasis

A partir de Secret Sunshine las tramas de Lee Chang-dong son más difíciles de explicar si queremos emplear pocas líneas. Se percibe claramente en Poesía (2010), una cinta que invita al espectador a cuestionarse, tal y como hacía la protagonista (una abuela que descubre que su nieto ha participado en una violación colectiva), qué es la poesía y si puede existir en la actualidad. Y la formidable Burning, un triángulo formado por tres jóvenes, que se levanta en torno a muchos misterios, se adentra por un camino similar, ahora con preguntas acerca de la naturaleza misma de los relatos y su capacidad efectiva o no de reflejar la realidad.

Las películas de Lee Chang-dong presentan, por tanto, una compleja estructura que abre sendas a niveles visibles y ocultos. Además, invitan al público a que no busque ciertas claves en la película, sino fuera de la sala, pensando y repensando lo visto horas y días después. Para armar dicha estructura y desarrollarla, el autor deja traslucir siempre su formación literaria. El aliento, el pulso narrativo (con sus pausas y acelerones) y la gran cantidad de elementos que debe engranarse dentro de un texto en imágenes son propios de un novelista; si bien, y he aquí la grandeza expresiva del coreano, él lo aplica a unos modos en absoluto contrarios al hecho fílmico. Posiblemente sea uno de los mejores novelistas que saben escribir con una cámara. Y es que, siendo alguien que se dedica a preguntar a los espectadores, con cada película parece que se ha preguntado a sí mismo para qué sirve el cine. También parece que ha empezado de cero cada vez (una nueva película como si fuera la primera), eso sí, siempre atento a los problemas generales de sus semejantes.


Crítica de BURNING en la Revista Insertos


Poesía

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.