Yago Paris


En uno de los momentos clave de Los desheredados —mejor cortometraje documental en la pasada edición de los Goya—, Pere, el conductor de un microbús, aprovecha que los impresentables viajeros, un grupo de borrachos que le faltan al respeto y le ensucian el interior del autocar, salen momentáneamente del vehículo para dejarlos tirados al grito de «¡malparidos!». El protagonista del relato, cuya empresa está a punto de cerrar, abandona a sus clientes a pesar de las penurias económicas que está sufriendo, y lo hace porque lo único que un ser humano nunca debe perder es su dignidad. Sobre esta idea se articula otra de las más destacadas creaciones del panorama actual español, en este caso en el terreno de la ficción televisiva: la segunda temporada de Paquita Salas (2016- ), que en su segunda entrega pasa de la plataforma de vídeo bajo demanda Flooxer, perteneciente a Atresmedia, al coloso del sector, Netflix.

En la primera temporada conocíamos que Paquita Salas (el actor Brays Efe) era una representante de actores que vivía anclada en los noventa, incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos y las nuevas tecnologías, lo que daba lugar a un sinfín de situaciones cómicas en las que resultaba determinante la despampanante naturalidad con la que sus actores sacaban adelante cada escena —especial mención a una soberbia Belén Cuesta, menos presente en la segunda temporada. La serie mantiene el estilo en los nuevos cinco episodios, que se estrenaron el pasado viernes 29 de junio, pero a la vez es completamente distinta, porque la aproximación al universo de ficción por parte de sus creadores, Javier Calvo y Javier Ambrossi (La llamada), ha cambiado. «Paquita se hace mayor», parecen decir los precoces directores con cada una de sus imágenes, en las que el tono cómico se mantiene en plena forma, pero esta vez tiene que convivir con la exploración en clave dramática de la psique de la protagonista.

La segunda temporada se convierte en un estudio de personaje que se cuece a fuego lento a lo largo de los cuatro primeros episodios, para germinar en un brillante quinto capítulo que cierra la temporada. Si el hecho de que Paquita siga anclada en los años noventa sirve como motor de la comedia, también funciona como excusa para explorar dicha década en clave nostálgica, y, a su vez, para reflexionar sobre cómo interactuamos con nuestro pasado, algo que urge en un panorama audiovisual que en los últimos años ha vivido una relación algo enfermiza con la nostalgia de los ochenta. Así, el último episodio viaja a la última década del siglo XX desde la forma y desde el fondo —la puesta en escena y las situaciones recuerdan a un capítulo de serie de televisión de aquella época—, lo que da lugar a un juego metatelevisivo que es tan estimulante como coherente con lo que propone la serie. Se produce de esta manera un clímax emocional en el interior de la protagonista, que da lugar a una necesaria ruptura final con el pasado para que el personaje pueda evolucionar. Con el «vete a la mierda» como bandera, Paquita Salas, otra desheredada más de la España poscrisis, sigue adelante por un sendero lleno de incertidumbres, pero protegida por su dignidad, el único escudo indestructible del ser humano.


Paquita Salas Temporada 2 crítica Insertos


Imágenes: Página oficial de fans de Facebook de Paquita Salas.


 

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